11 #2
—Eres psicólogo, ¿verdad? Pues espero que te des cuenta de que no es el momento indicado para hablar de este tema. Sigamos con lo nuestro, ¿OK?
Confundido por mi reacción, tardó un instante en recomponerse. Luego continuó aparentando normalidad.
—Por supuesto, Petra, por supuesto. Verás, como ya le he comentado al subinspector, hacer un dictamen claro de las características de esos chicos, de si mentían o no, es muy arriesgado partiendo de una grabación.
Sin embargo, la impresión que he tenido es que todos presentaban cierto desequilibrio y animadversión al someterse a la prueba.
Todos menos uno, el que se apellida Sarmiento.
A ese chico se lo veía seguro, dominando el medio y con un discurso bien elaborado.
—No se trataría de descartar, sino de señalar —aduje.
—No estoy descartando. Cuando un individuo, sobre todo joven, tiene una personalidad bien cimentada, se muestra especialmente seguro al mentir.
Digamos que es capaz de improvisar con una capacidad superior a la media.
Me dio la impresión, al observar a ese chico, de que estaba completamente concentrado en su labor, con un índice de interés superior al que hubiera necesitado.
No se limitaba a seguir las indicaciones de la prueba, elaboraba una táctica.
—¡Maldito cabrón! —se arrebató mi compañero.
—¡Un momento, un momento! Lo que acabo de decir es lo bastante impreciso como para no considerarlo fiable. Doy por descontado que ningún juez lo admitiría como prueba incriminatoria.
—Pero puede ayudarnos, Valdés. Te lo agradezco mucho —concluí.
Como no hizo falta acompañarlo a la salida, los comentarios del subinspector fueron inmediatos, en la propia mesa que ocupábamos.
—Ya tenemos dos indicios de especialistas sobre ese tiparraco. No sé a qué estamos esperando para apretarle las tuercas.
—Precipitarnos ahora sería un error garrafal.
—¡Es usted quien anda diciendo cada dos por tres que se nos va el tiempo entre las manos!
—Lleva toda la razón, pero ya sabe lo que dijo el cardenal Richelieu a su ayuda de cámara: «Vísteme despacio que tengo prisa».
—Pues qué quiere que le diga, inspectora, a mí un tipo que necesita que lo ayuden a vestirse siempre me parecerá un mamarracho, por más cardenal que sea. Así que la frasecita...
—En realidad tampoco está claro que fuera Richelieu quien lo dijo, otros afirman que fue Napoleón o incluso Fernando VII.
—Con todos los respetos, Petra, me la sopla de quién es la frase.
—Pero tiene su enjundia, y se aplica perfectamente a nuestra situación. Hemos dejado cosas en el tintero, he estado pensándolo y me ha parecido grave no haberlas hecho a su debido tiempo.
—¿Cómo por ejemplo?
—Interrogar a los vecinos, preguntar a diestro y siniestro.
—Se consideró inútil desde el principio dadas las características del barrio.
—Ni siquiera hemos convocado a los padres de los chicos que asistían al centro parroquial, y no me refiero sólo al grupito selecto, sino a todos.
—¿Se ha vuelto loca, Petra?
—Tampoco son tantos. Tendremos que ponernos a la labor.
—En ese caso habrá que pedir ayuda, y si reclamamos más agentes, el comisario torcerá el morro, el juez saldrá de esa especie de sopor en el que vive y todo eso nos complicará la vida.
—La mía ya es complicada. Pero aún no he terminado, el propio hermano Tomás nos dijo que sería conveniente pedirle parecer sobre las actitudes de los chicos en la prueba caligráfica al hermano Luis. Es quien mejor los conoce, ¿recuerda?
—¡No me jorobe! He visto más veces esa grabación que Lo que el viento se llevó .
—Pues lo deja solo durante la proyección y en paz. Póngase en marcha, Fermín.
—¿Y qué va a hacer usted?
—No me encuentro muy fina. Voy a perder un poco más de tiempo.
—¿Y eso?
—Me sumaré a una reunión de ayuda para el duelo.
—Es por lo de La Jarra de Oro, ¿verdad? Le han venido recuerdos. Quizá sea mejor que no volvamos.
—Le digo lo mismo que al psicólogo. Dejemos esa historia, Garzón, dejémosla.
Mi nueva aparición en el grupo de apoyo causó una cierta sorpresa.
Enseguida advertí que debía de haberme saltado algunas sesiones.
No todas las miradas que me dirigieron eran amistosas, tampoco hostiles.
Sin duda pensaban que mi dolor era tan relativo que podía permitirme el lujo de no aparecer en las citas fijadas o, por el contrario, que experimentaba tal sufrimiento que me impedía acudir a cualquier acto comunitario.
No me hizo maldita gracia cuando Julio empezó la ronda por mí, y encima con una pregunta muy directa.
—¿Cómo lo llevas? Cuéntanos cómo has estado durante estos días.
Me vi en la obligación de autojustificarme.
—Lo cierto es que he estado tan absorbida por mi trabajo que no he dedicado mucho tiempo a pensar.
—¿La razón de eso es que has buscado esa intensidad o que realmente no has tenido más remedio que seguir ese ritmo?
—Ambas cosas. Estoy en un momento que demanda mucha atención, pero me he alegrado de que fuera así.
—Está muy claro. ¿Alguien tiene algo que comentar sobre la afirmación de nuestra compañera?
Un sesentón de aspecto mustio levantó un dedo como si nos encontráramos en la escuela.
—A mí me pasó casi igual. No me daba cuenta del todo, pero empecé a trabajar a destajo aunque no me lo pidieran.
Iba a la oficina, me ofrecía voluntario para cualquier tarea extra, me llevaba a casa lo que no había podido terminar.
Y en mi vida privada hice algo parecido.
Cuando vivía mi esposa teníamos una asistenta que venía una vez a la semana para limpiar y planchar la ropa.
Pues bueno, la llamé por teléfono y le dije que ya no necesitaba sus servicios.
Una mujer de mediana edad lo interrumpió con aire festivo.
—Debe de haber sido el único hombre en el mundo que ha hecho eso.
Todos rieron bajito, incluso el interrumpido, que enseguida prosiguió.
—El caso es que cuando regresaba del trabajo me enzarzaba en las tareas domésticas como un loco.
¡Hasta aprendí a planchar las camisas! Cansado y medio muerto, me preparaba la cena y me derrumbaba en la cama.
¿Conseguía dormir bien? Ni siquiera con semejante trote tenía un sueño tranquilo.
Pero bueno, iban pasando los días. Lo malo es que al cabo de poco tiempo cumplí la edad de jubilación.
Quedarme en casa me resultó un suplicio.
La gran cantidad de pensamientos dolorosos que creía haberme ahorrado salieron todos juntos y con más fuerza.
Estuve pensando en acabar con mi vida, pero no tuve el valor de matarme.
—Y lo superaste, superaste esa fase descorazonadora —intervino el psicólogo.
—Ya sabemos que cada persona es un mundo, pero no aconsejo a nadie que se refugie en el trabajo, a mí no me sirvió.
Un silencio respetuoso se extendió en la asamblea. Estaba convencida de que mi turno había pasado, pero el alivio duró poco. Nuestro director de sesiones volvió a mí.
—¿Qué opinas de eso, Petra?
—Que el compañero lleva razón: cada persona es un mundo.
—Una gran verdad. Te haré una última pregunta. ¿Todavía sigues cabreada con todos y con todo?
En aquel momento tuve que olvidar que era policía, que aquello no era una sala de interrogatorios y que estaba allí por propia voluntad.
De otro modo, lo que me pedía el cuerpo era arrearle un buen mamporro a aquel tío o pegarle un corte monumental.
Opté por el corte. Arrear mamporros está prohibido por la ley incluso con un detenido.
—Supongo que me preguntas eso porque coincide con las bien conocidas fases del duelo.
Sinceramente, a mí lo de las fases me parece psicología propia de suplemento dominical.
En otras palabras, una absoluta gilipollez.
¿Todos los que hemos perdido a un ser querido tenemos que reaccionar de la misma manera escalonada y en un orden concreto?
¡Por favor! O sea, que después de convertirnos en deudos, nos comportamos como una escuadrilla de robots.
¿Y cuál es la siguiente fase? La negociación, creo recordar.
Uno negocia consigo mismo a ver qué es lo que le conviene hacer.
¿Negociación? ¡Hasta el nombre me parece ofensivo dadas las circunstancias!
El silencio que se produjo duró un poco más que el anterior. Sorprendentemente, el jefe de pista estaba sonriendo. Él dio continuidad a la situación.
—¡Bien, tenemos la polémica servida! ¿Nadie tiene nada que objetar?