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Ninguna de las pruebas caligráficas efectuadas por los jóvenes resultó definitiva, y de la multiplicidad de huellas dactilares que aparecían en la nota original, mejor no hablar.
A decir verdad, sabíamos que, como prueba judicial, los análisis de escritura resultan siempre más indicativos que concluyentes.
Nuestra esperanza, sobre todo la mía, radicaba más en la observación de las reacciones de los muchachos durante su actuación.
Tampoco ahí llegábamos a un mínimo dictamen que pudiera ponernos de acuerdo.
Garzón opinaba que todos eran una panda de asesinos en potencia, y lo único que le sorprendía se centraba en que supieran escribir.
Descartamos en primera instancia a Donoso, porque nos parecía demasiado estúpido como para llevar a cabo cualquier estrategia encubierta, incluso la redacción de un anónimo.
Le pasamos las grabaciones a Juan Luis, el grafólogo.
Fue del mismo criterio, la escritura de aquel grandullón sin sustancia denotaba un temperamento casi infantil.
Excluirlo de los sospechosos no fue, sin embargo, una ayuda crucial, ya que el resto del informe del perito sobre todos los chicos resultaba desalentador a fuerza de impreciso.
Cuando hablé con él, se me quedó grabado el movimiento de sus hombros subiendo y bajando, indicación clara de que cualquier evidencia quedaba al margen.
Sin embargo, en una conversación existen flecos que no se incluyen en un informe de tipo formal, y cuando no se tiene nada con lo que abrigarse, con un fleco se puede tejer un mantón.
—¡Qué quieres que te diga, Petra! Lo que he escrito oficialmente es lo que puede presentarse ante un juez. Luego están las impresiones más o menos subjetivas, las que da la experiencia, por decirlo así. No tengo ni idea de si pueden servirte para algo o sólo van a liarte más.
—Ardo por oírlas, Juan Luis, olvídate del plano oficial.
—En primer lugar te diré que, en mi fuero interno, ninguna de las grafías tiene las características necesarias para convencerme de haber sido escrita por la misma persona que escribió el original.
¿Puedo equivocarme? ¡Sin duda! En un texto tan corto y con letra de imprenta el que no pueda equivocarse que levante la mano. Quizá si las repetimos varias veces...
—No hay tiempo, se trata de un asesinato y como prueba tampoco sería incriminatoria al cien por cien. Sigue, por favor, tu fuero interno va gustándome cada vez más.
—Luego, y ahí sí que me la juego por completo, yo diría que, si hemos de dar por bueno que uno de los mensajes que he analizado ha sido escrito por el mismo tipo que el original, sólo si lo damos por bueno, que ya te digo que no es la impresión...
—¿Quieres arrancar de una vez?
—La grafía más parecida es la del papel marcado con la letra S. Insisto en que se trata de pura especulación.
—Está muy claro, no lo digas más veces.
—¡Es que no quiero hacerte incurrir en el error policial!
¡El error policial, alabados fueran los cielos, qué pronto se interioriza el lenguaje periodístico también dentro de la profesión!
«Debido a un error policial, un inocente es condenado a cadena perpetua.
» Como si no estuviera probado que ese tipo de cosas sólo pasan en Estados Unidos y siempre sobre individuos de raza negra.
En España la desconfianza de los jueces en la poli es tal que un juez nunca condenaría a un acusado por simples pruebas periciales.
Y si llegara a condenársele, no se sabría jamás. No había gran cosa que temer.
Informé a Garzón punto por punto sobre mi conversación con el grafólogo.
Reaccionó diciendo que le parecía un dictamen bastante insatisfactorio y que esperaba más de él.
Le respondí que ya éramos dos, pero que nuestras opiniones quedaban en un segundo lugar, y debíamos sacar algún partido de los datos que nos había dado.
—¿Sarmiento, inspectora, la S es de Sarmiento? Si quiere que le confiese la verdad, a mí me pareció el más normal de todos. No creo que sirva de mucho ir a por él. ¿Con qué argumentos le entramos, mentimos afirmando que la prueba de escritura le da como autor seguro de la nota?
—Es arriesgado, lo sé, pero no debemos olvidarnos de la agresión.
—Pero en su momento desestimamos el dato, ¿lo incorporamos ahora?
—No sé qué pensar. Guardémoslo, quizá más adelante cobre sentido.
—¿Por qué no llamamos al psicólogo y que vea la grabación, por lo menos la parte de Sarmiento? Eso podría ayudar.
—Ya sabe que los psicólogos con los que contamos no están para eso, sino para el uso interno del cuerpo.
—Bueno, pero usted es amiga de Pepe Valdés. Un favorcillo bien podría hacernos. Si se lo pide personalmente, lo hará.
—Si eso le deja más tranquilo...
Aunque pareciera que mi subalterno se andaba con miramientos excesivos, en el fondo llevaba razón.
Lanzar una andanada agresiva contra Sarmiento era arriesgado sin pruebas concretas.
Podía darse el caso de que, siendo él culpable al menos del anónimo, se replegara sobre sí mismo, y todo intento de cazarlo desprevenido resultara baldío.
Llamé a Pepe Valdés, que enseguida mostró su disposición a colaborar, si bien, cuando le expliqué detalladamente lo que pretendíamos de él, mostró una lógica cabal.
—Lo suyo es que vea la grabación completa de todos los chicos, Petra. El tema no se puede descontextualizar. La comparación con los otros es lo que puede darme pistas de cuál era la situación.
Sí, también Valdés llevaba razón, todos llevaban razón, pero yo veía cómo el tiempo iba pasando y temía que el caso se enrocara.
Estábamos intentando pescar siempre entre los mismos peces, con la misma caña, el mismo anzuelo e idéntico cebo.
Lo normal es que un caso se divida en varios caminos, que el avance de la investigación posibilite nuevas líneas por las que transitar.
Pero no, la pesca se situaba en un lago fangoso.
Llegué a pensar que habíamos cometido errores imperdonables.
Por ejemplo, ¿por qué no habíamos iniciado una batida buscando testimonios entre los vecinos?
La premisa de que La Mina era un barrio conflictivo nos había paralizado.
Pero ¿la omertá de los habitantes debía darse por sabida, tan seguros estábamos de que nadie querría hablar?
¿No contaba el barrio con ningún ciudadano capaz de ayudar a desenmascarar a un asesino?
Y yendo un poco más lejos, el hermano Lorenzo, que finalmente sólo pretendía echar una mano en aquella desdichada comunidad, ¿no había cosechado el agradecimiento de uno solo de aquellos padres, que, según la versión de sus propios hijos, los obligaban a ir al centro parroquial?
Quizá nadie había visto nada, quizá el miedo atenaza cualquier voluntad, pero debíamos intentar al menos remover alguna conciencia, hurgar en algún corazón. La pregunta era: ¿por dónde empezar?
Valdés y Garzón me miraban esperando una reacción. Interpretaron mi ensimismamiento como dudas que me pasaban por la mente.
—¿Estás de acuerdo, Petra?
—Sí, claro. Adelante. El subinspector te acompañará y te mostrará las grabaciones. Yo iré avanzando trabajo por otro lado.
Mientras salían del despacho, me senté frente al ordenador.
Un masaje en las sienes suele aclararme las ideas.
Organizar una batida general empezando por los vecinos más cercanos al lugar de los hechos quedaba descartado.
Demasiado complejo y demasiado tarde. El resultado sería alarmar a la gente, perpetuando el silencio.
Debía centrarme en los más accesibles y tirar del hilo poco a poco, suponiendo que existiera algún hilo del que tirar.
Los padres de los muchachos conflictivos, ahí se encontraba la opción más factible.
Iniciar los interrogatorios por uno u otro carecía de importancia, si bien la cita con los padres de Sarmiento quedaría pospuesta al final.
Había motivos suficientes como para pensar que aquella nueva estrategia podía no resultar inútil.
Los padres estarían sin duda muy poco motivados para colaborar, ya fuera por el deseo de exonerar a sus hijos de toda culpa, ya por el de cazar al asesino del hermano, que no parecía importar en sí mismo.
Valdés regresó con gesto animado, Garzón con una cara de aburrimiento fácil de identificar.
—Una advertencia previa, mi querida Petra —dijo el psicólogo—. No pienso abrir la boca si antes no pasa por ella una buena cerveza. ¿Vamos a La Jarra de Oro? Y, por supuesto, invitas tú.
Me levanté sin dudarlo y, al ir en busca de mi gabardina, me di cuenta de que el subinspector me observaba con cierta estupefacción.
¿Por fin accedía a entrar en el bar vetado hasta el momento?
¿Significaba eso que me encontraba en el camino de superación de mi duelo?
A lo mejor así era, no había pensado ni un momento en negarme si un compañero me lo pedía.
Afortunadamente, a aquella hora no había muchos colegas en el establecimiento. Al tratarse de una conversación de trabajo, desechamos la opción de la barra y buscamos una mesa apartada. No todos los riesgos estaban abolidos: al plantarse ante nosotros, el camarero me saludó como era de esperar.
—¡Cuánto tiempo sin verla, inspectora! Ya me enteré de lo de su esposo. Todos aquí en el bar lo hemos sentido mucho. La acompañamos en el sentimiento.
Hizo un gesto hacia la barra señalando al propietario y vi cómo este ejecutaba una pequeña reverencia de respeto y aceptación. La fatalidad quiso que Valdés fuera quizá el único de mis compañeros que no se había enterado de la muerte de Marcos. Reaccionó en consecuencia.
—Petra, por Dios, no sabía nada. Discúlpame, por favor.
Le lancé a Garzón una mirada de odio que lo hacía injustamente responsable de la situación. Luego me dirigí a Valdés seria, como si hubiera recibido una ofensa.