10 #2
—Así que tú sabías a qué veníamos.
—Sí, lo sabía. La policía me pidió que no os anticipara nada.
—Muchas gracias.
—Natalia, este es un asunto serio. Todos, empezando por mí mismo, tenemos que hacer lo que nos digan. ¿Qué tal ha ido la prueba?
—No tengo ganas de hablar.
Sacó su móvil y se puso a teclear. El hermano suspiró y volvió a su posición anterior. Tras un tiempo, vimos entrar a Óscar Montes hecho un basilisco. Se dirigió directamente al fraile.
—¿Se puede saber qué cojones buscan esos subnormales? Y tú, ¿es que estás conchabado con ellos o qué?
—Si no quieres meterte en un lío, mejor no digas nada. Estamos en una comisaría, igual nos están grabando.
El subinspector y yo nos miramos atónitos. Él no pudo por menos que hablar.
—Pero ¿ha visto eso, inspectora? ¡Será cabronazo!
Lo hice callar con el índice sobre mi labio, instándolo a que siguiéramos las imágenes con atención.
—A mí me da igual que me graben o no. Yo no he hecho nada malo.
—Sí, pero probablemente a los agentes de policía no les haga ninguna gracia que los llames por según qué nombres.
Montes se encogió de hombros e hizo exactamente la misma acción que su compañera, tomó el móvil en las manos y se puso a teclear. Apareció Donoso con paso lento y arrastrado. Sus gruesas piernas, embutidas en pantalones estrechos, parecían no tener fuerza para tirar de él. Montes lo interpeló:
—¡Eh, tío! ¿Tú también has tenido que escribir la frasecita?
Asintió con la cabeza. Sin una palabra ni una ojeada a los demás, dejó caer pesadamente la espalda contra la pared.
Ya sabíamos cuál sería la siguiente acción.
En efecto, sacó su teléfono del bolsillo con cierta dificultad, por lo ajustado de su ropa y lo abundante de sus carnes.
No tecleó, pero miró la pantalla sin demostrar interés.
—Este tío es de traca —comentó Garzón—. Me sale un hijo así y me suicido; después de cargármelo a él, naturalmente.
No le pedí que dejara de hacer comentarios porque no había gran cosa en lo que fijarse. Imágenes estáticas, silencio total. Ignacio Sarmiento aportó cierto movimiento con su entrada.
—Hola. Así que quieren saber cómo escribimos. Ha sido fácil, ¿no?
Óscar Montes lo miró con mala cara.
—No digas nada, tío. Aquí el hermano dice que a lo mejor nos están grabando.
—Bueno, ¿y qué? Si no tienes nada que ocultar...
—Lo dice para que no llames capullos o cabrones a los polis, que es lo que se merecen.
Intervino el hermano Tomás, llamando a un orden inconcreto.
—Por favor, por favor..., un poco de calma.
Como no sucedía nada más, Sarmiento también se había provisto de su móvil, pedí a Garzón que trajera al hermano mientras las cámaras seguían grabando a los chicos. Venía un tanto trastornado.
—¡Caramba, inspectora, la prueba ha durado muchísimo!
—La prueba es corta, pero hay que añadirle el elemento humano: reacciones, errores, demanda de explicaciones... En cuanto a eso, necesito algunas precisiones sobre cada uno de esos chicos. Su carácter, su historial concreto en la casa parroquial...
—No sé si soy yo el más indicado para darles esa información. Los conozco a todos, eso desde luego, pero era más bien el hermano Alvarado el que compartía la brega diaria con el pobre hermano Lorenzo.
—¿El hermano Alvarado?
—Ya sabe, Luisito.
—¡Claro! Disculpe, con ese apelativo tan familiar se me había olvidado su nombre completo.
La respuesta que iba a darme la conocía desde el principio, pero lo había retenido en mi despacho el tiempo que quería. Lo dejé marchar. Fue a por sus polluelos y, de modo autorizado, salieron de comisaría.
Nos dispusimos a contemplar a los nuevos protagonistas de la cinta en solitario. Sarmiento preguntó.
—¿Alguno de vosotros escribió eso? Es un anónimo, estoy seguro y bien seguro de que se lo enviaron al hermano Lorenzo; por eso este follón.
Natalia, sin despegar la vista de su teléfono, respondió:
—Sí, se lo envié yo y escribí, además: «Te voy a reventar y te saldrán las tripas por la oreja», pero eso no les ha gustado porque no han dicho nada...
El único que rio la bromita macabra fue Donoso. Abrió una boca grande y pudimos ver sus dientes putrefactos. Las carcajadas pararon de golpe, tal y como habían comenzado. Montes, alarmado, avisó.
—¿Queréis cerrar la puta boca de una vez? El Tomás dice que fijo nos están grabando. Ya no lo digo más veces. Allá cada cual con las venganzas.
—Sois una panda de tarados —exclamó Sarmiento con suficiencia.
Entró el hermano Tomás y los exhortó, casi con dulzura:
—Vámonos, chicos. En orden y sin hablar.
La película de suspense acababa allí. Garzón y yo nos miramos como dos espectadores de cine que han asistido al desenlace abierto de un filme experimental. Pasó más de un minuto antes de que uno de nosotros dijera algo. Fui yo, y fue una pregunta lo que planteé.
—¿Qué le parece?
—De las actitudes de los chicos no sabría decirle, me despistan todos.
Cualquiera de ellos podría estar disimulando haber escrito el anónimo.
Queda descartado que lo hicieran todos en comandita.
Sólo estoy seguro de una cosa: el tal hermano Tomás es un cabrón con pintas.
¿Cree que podríamos acusarlo de obstruir nuestra labor?
—No, no lo creo. Es bastante lógico que avise a sus pupilos de que no nos insulten ante una posible grabación.
—Pues, aunque no parezca que estén todos en el ajo, el aviso del hermano me cuadra con la teoría que yo había elaborado, por más descartada que esté. He llegado a pensar que el hermano Tomás es quien ha incitado por lo menos a uno de ellos para que matara a Lorenzo.
—¡Por Dios, Fermín, contenga su imaginación! ¿Qué móvil podría tener?
—No sé, celos profesionales porque era mejor tratando a los chicos, o incluso puede que estuviera enamorado de Lorenzo y él lo rechazara. Ya sabe lo extendida que está la mariconería entre el clero.
—Demasiado complicado y demasiado simple a la vez.
—No se puede dejar de lado. Tomás sabe quién odia especialmente a Lorenzo y empieza a comerle el coco para que se lo lleve por delante. Así, si se descubre al culpable material, él queda fuera de la cuestión.
—¿Alguno de esos chavales le ha dado la impresión de que Tomás podía confiar en él hasta el punto de convertirlo en cómplice de algo tan grave?
—Vale, pero si al cómplice le diera por cantar, ¿usted a quién daría más crédito, a la palabra de un adolescente con problemas o a la de un eclesiástico de conducta ejemplar?
—Dependería de mi humor el día de la cantata.
—Estoy hablando en serio, inspectora. ¿Por qué no investigamos los antecedentes del hermano Tomás?
—Si hubiera algo sospechoso en su vida la congregación a la que pertenece ya lo habría fulminado.
—¿Y si fuera en su vida anterior?
—Entonces no estaba Lorenzo.
—¿Está segura?
—Está bien, Garzón, deje de darme el turre. Investigaremos las tropelías adolescentes de Tomás. Mientras tanto lleve los trozos de papel escrito a Huellas y a Grafología cuando pueda. Como suele decirse en estos casos: no hay tiempo que perder.