Bajo el cielo infernal (Petra Delicado 15) 10
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La primera providencia antes de meternos en acción fue una charla con mi subalterno.

—Fermín, ¿recuerda el interrogatorio que llevamos a cabo con el hermano Luis? Pues se da la circunstancia de que no me quedé nada contenta con su actuación.

—Se refiere a la mía, claro.

—En efecto, hubiera debido decírselo antes, pero ya que vamos a actuar de nuevo aprovecho la ocasión.

Veamos, no puede usted dejarse llevar por salidas temperamentales que tienden a la grosería.

Justamente al hermano Luis yo le había llamado la atención por su vocabulario descuidado y va usted y le endilga una serie de tacos extemporáneos que me dejaron de piedra.

—Lamento haber herido su sensibilidad y la del hermano —dijo con cara de malas pulgas.

—Le advierto de que mi sensibilidad está todavía enchufada a la red cerebral; de manera que dentro de un rato, cuando nos enfrentemos a los..., ¿cómo los llamó, villanos?, haga el favor de comportarse. Al tratarse de menores, puede meternos en un buen lío si se desmadra.

—¡Eso, deme caña, inspectora, sin piedad, sin tregua! Yo no tengo sensibilidad, soy como una bestia parda, a mí se me puede decir lo que a uno le pase por la cabeza, arrearme duro, yo soy clase de tropa, pura chusma.

Salió dando un portazo, fue inútil que le gritara: «¡Fermín, haga el favor de volver!

». Creo que era la vez en que lo había visto más enfadado desde que lo conocía.

Concluí que aquel arrebato provenía de la acumulación.

No había sido amable con él en casi ningún momento y ese proceder ya duraba demasiado.

Lo que le había dicho era una bagatela a la que normalmente hubiera respondido con una ironía o con uno de sus «No me joda, inspectora», así que la cosa venía de atrás y, como un montón de broza caída en un torrente, entorpecía el curso normal del agua al fluir.

Intentaría que no le hiciera desbordarse.

Pasada media hora reapareció, digno y serio.

—Inspectora Delicado, el hermano Tomás y sus acompañantes acaban de llegar. ¿Cómo los distribuyo?

—Lo dejo en sus manos, subinspector.

Sólo me faltaba ir buscando acomodo para los muchachos.

En aquellos momentos me sentía profundamente arrepentida de haber ido relegando sus interrogatorios individuales.

Sólo conocía a Natalia López, y fue el mal rato que pasé hablando con ella la auténtica razón por la que remoloneé con los demás.

Repasé sus nombres: Jorge Donoso, Ignacio Sarmiento y Óscar Montes.

En mi lista también figuraba Iván González, con un añadido de RIP que me recordó su accidente de moto.

Bueno, no era tan grave, tampoco se trataba de un número excesivo de villanos.

Esperé media hora hasta que Garzón vino a llamarme. Curiosamente, su talante había variado por completo. Estaba casi eufórico.

—Ya los he colocado, inspectora. Están separados, cada uno en un lugar distinto, pero siempre rodeados de nuestros hombres en pleno trabajo.

¡Si les hubiera visto las caras, están acojonados!

Dudo mucho de que vayan a ponerse impertinentes o machitos.

¡Ah, qué poco les dura la bravuconería a esos cabrones!

¿A quién le traigo primero? ¿Qué le parece si hago pasar a la chica, que ya la tenemos por la mano?

He dado orden de que, a medida que vayan acabando la prueba, los lleven junto con el hermano Tomás.

Asentí, y al poco rato llegó Natalia acompañada de mi subalterno.

Contrariamente a lo que él pensaba, no advertí en su actitud ningún tipo de acojonamiento.

Me miraba con su indiferencia característica y su boca dibujaba un rictus burlón.

La saludé y no respondió. Puse en sus manos una cuartilla idéntica a la utilizada en el anónimo y un bolígrafo que se había escogido del grosor exacto del detectado.

—¿Y eso? —preguntó con desprecio.

—Escribe lo que voy a dictarte, con letra de palo.

Se encogió de hombros, se dispuso a empezar.

—Calladito estás más guapo. Te va la vida —dije.

Volvió la cara hacia mí con un gesto impetuoso.

—Oye, ¿esto qué coño es?

—Una prueba caligráfica.

—¿Y si me niego a hacerla?

—Te meterás en un lío porque la ha ordenado un juez.

—¿Sabe el juez que soy menor?

—El juez sabe todo lo que tiene que saber.

—Pues a mí me da en la nariz que...

—¡Escribe inmediatamente y cierra el pico! —chillé.

Me llegó la voz dulcificada del subinspector.

—Escribe, chica, escribe tranquilamente, es lo mejor para ti.

Habíamos intercambiado los papeles de manera imprevista. Ahora yo era agresiva y él, comprensivo. Cogió el bolígrafo y escribió la frase que le había dictado. Lo hizo a toda prisa, de malos modos.

—Vuelve a escribirla en esta otra hoja, esta vez más despacio.

Obedeció. Su rostro ya no manifestaba desprecio, tampoco miedo, sólo una ira que domeñaba a duras penas.

—Ya me explicará Tomás de qué va esta historia, pero yo no estoy para jueguecitos.

—Aquí nadie juega, Natalia. Estamos investigando un asesinato. Puedes irte. El subinspector te llevará hasta donde está el hermano Tomás.

Al levantarse, estuvo a punto de tirar la silla al suelo. Ni mi compañero ni yo nos alteramos lo más mínimo. Garzón, con ademanes casi dulces, le indicó el camino y fue tras ella.

Cinco minutos más tarde entró Óscar Montes.

Era pequeño de talla y con pinta patibularia.

Llevaba tatuajes, indescifrables para mí, en el cuello y los antebrazos.

Una simple mirada me indicó que él sí estaba asustado.

Lo saludé someramente mientras el subinspector preparaba los elementos de la prueba.

El chico observaba sin comprender nada. No había dicho ni una palabra, pero cuando le di las indicaciones y dicté el texto, soltó el bolígrafo sobre la mesa como si le quemara en las manos.

—Oigan, ya me imagino de qué va este asunto, pero yo no he escrito eso, ¿me oyen? Ni eso ni nada parecido.

—Bien, pues ahora vas a escribirlo exactamente con las palabras que te he dicho. ¿Te repito la frase?

Se enfrentó al papel y me di cuenta de que había empezado a escribir con letra ligada. Lo paré en seco.

—Escribe con letra de imprenta, sabes lo que es, ¿no?

—Sí, es que no me he dado cuenta. ¿Cómo era la frase? Se me ha olvidado.

Se lo veía muy nervioso, aunque también podía tratarse de un intento teatral de demostrar que nada tenía que ver con el anónimo. Repetí el texto con santa paciencia. Lo escribió correctamente y me miró. Estaba muy pálido.

—Puedes marcharte, el subinspector Garzón te...

—¡Yo no he escrito eso en mi vida! No sé en qué lío quieren meterme, pero yo...

Interrumpí su interrupción.

—Nosotros no vamos a meterte en ningún lío en el que no te hayas metido tú antes, así que puedes irte tranquilo... si es que es verdad que no andas en nada feo, claro.

Negó con la cabeza varias veces con la vista fija en el suelo. No era un signo de refutación, sino de amargura, como si la fatalidad estuviera cebándose con él. Salió cabizbajo.

Cinco minutos más y aquella especie de chambelán en la que se había convertido mi compañero me trajo al tercer ilustre visitante: Jorge Donoso.

Hacía poco honor a su apellido. Lejos de ser saleroso y ocurrente, parecía un saco de arroz con patas.

Gordo y fondón, muy gordo y muy fondón para su edad, tampoco respondió a mi saludo.

La falta de expresión en su cara sólo podía compararse a la de Buster Keaton.

Tras oír mis explicaciones pareció no comprender, pero comprendió.

Con toda naturalidad, siguió las indicaciones como si se hubiera dedicado a ello toda la vida.

Tampoco demostró la menor inquietud al oír el texto que le dicté.

Al final del proceso, se puso en pie y siguió al subinspector.

La inexpresividad no era su única similitud con el gran cómico del cine mudo, tampoco oímos su voz.

Agradecí a los cielos que fuéramos a enfrentarnos al último de la lista negra.

Empezaba a estar harta de aquel protocolo presuntamente esclarecedor.

Con Garzón llegó Ignacio Sarmiento. A primera vista, se me antojó el más normal.

No era obeso ni llevaba la piel plagada de tatuajes, y su actitud no presagiaba tensiones ni indiferencia forzada. Saludó, se sentó, escuchó y preguntó.

—Es una prueba caligráfica, ¿verdad?

Asentí y él cumplió con su parte sin equivocaciones. No apresuró ni ralentizó la escritura. Después hizo una pregunta bastante pertinente.

—Si les digo que yo no he escrito nunca nada que se parezca a eso, ¿servirá para algo?

—Todo sirve cuando es verdad —contesté en plan confuciano.

Su sonrisa fue tan enigmática como mi respuesta. Se despidió educadamente y se dispuso a marcharse. Añadí, interrumpiendo su movimiento:

—Sabemos que le pegaste al hermano Lorenzo, quiero saber la razón.

—No me acuerdo de eso, deben de haberla informado mal. ¿Puedo irme?

—Espera un momento al otro lado de la puerta; y usted quédese un segundo, subinspector.

Desaparecido el joven, le di órdenes a Garzón.

—Haga venir al hermano Tomás. Quiero que los chicos se queden un rato juntos y solos. Póngales un hombre en la salida del cuarto de los trastos, son capaces de querer largarse sin más.

Tras cumplir mi orden, entró en tromba el subinspector. Se frotaba las manos de pura excitación, sonreía. Había olvidado mi afrenta personal; en realidad yo tampoco recordaba en qué había consistido, pero yo era la ofensora y él, el ofendido, lo cual demostraba que tenía mucha mejor pasta que yo.

—Aquí traigo las grabaciones, Petra. Prepárese, seguro que nos vamos a divertir.

Las imágenes eran claras y el audio, perfecto.

En el inicio vimos al hermano Tomás solo con cara de circunstancias, carraspeaba.

Constatación importante: no hizo uso en ningún momento de su teléfono móvil.

Mi compañero llevó las imágenes hacia delante hasta que apareció Natalia.

La vimos colocarse junto al hermano, que enseguida le preguntó:

—¿Qué tal?

—¿Qué tal qué? —Tono desabrido, muy en su estilo.

—¿Cómo ha ido la prueba?