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Yo no tenía intención de caer en ese deporte, un policía no puede permitírselo.
Y, sin embargo, en el aire flotaba un tufillo de falsedad, una sensación de desinterés, como si a nadie le importara saber en realidad quién se había cargado a aquel pobre hombre.
Un posible razonamiento era pensar que sólo los lazos familiares de cualquier tipo generan dolor auténtico tras una muerte.
El hermano no los tenía, su tía ya se había distanciado mucho de él y sus compañeros eran sólo eso, compañeros.
Como sentencia muy bien el idioma español: «Vete a saber».
Los primeros informes grafológicos no eran muy alentadores. La letra de imprenta había sido forzada de tal manera que reconocer rasgos específicos en un texto de tan poca longitud sería una labor ardua. El especialista encargado me informó.
—Una de las pocas posibilidades con las que contamos es que, en las pruebas que hagáis con el sospechoso, este intente forzar también la letra y ahí aparezcan similitudes o todo lo contrario, que no aparezca ninguna porque sabe perfectamente cómo escribió el anónimo la primera vez.
En cualquier caso, Delicado, dudo de que las pruebas sean lo suficientemente concluyentes como para presentarlas en un juicio con valor incriminatorio.
Me encogí de hombros y le di las gracias.
La historia se complicaba porque los sospechosos eran varios, pero tratándose de jóvenes con personalidades tan particulares había otros factores, esta vez positivos, con los que podríamos jugar: el nerviosismo, las reacciones concretas ante una prueba de escritura que no esperaban o incluso una delación.
El factor sorpresa me pareció crucial, y para que no se perdiera su efecto sólo había dos maneras de organizar la logística: o reunirlos a todos y que realizaran el protocolo al unísono, o que lo hicieran uno a uno y los aisláramos cuando hubiera concluido para que no pudieran comunicarse entre sí.
Estuvimos dilucidándolo el subinspector y yo.
—Si los metemos en una sala separados cada uno en un pupitre acabamos antes —dijo Garzón.
—Eso es evidente, pero puede darse el caso de que perdamos gestos, miradas, reacciones. No seremos capaces de estar atentos a los pequeños detalles. Además, si alguno de ellos quiere acusar a un compañero, estando separados podría hacerlo con facilidad; juntos, lo dudo.
—No se haga muchas ilusiones en cuanto a eso. Los villanos detestan las delaciones, y en este grupito selecto todos lo son. ¿Ha pensado en la posibilidad de que se lo hayan cepillado todos en comandita?
—Es una opción muy cinematográfica, pero de momento no vamos a contemplarla. Ya tenemos bastante con lo que tenemos.
Hablé personalmente con nuestro juez y no puso ningún inconveniente a que los menores pasaran la prueba caligráfica.
Ignoro si Riaza estaba decidido a facilitarnos las cosas o es que llevaba un montón de asuntos más.
Vista la rapidez con la que me despachó, me inclino por la segunda razón.
Pero no acaban ahí las barreras de protección de los villanos (según Garzón).
Teníamos que hablar con el hermano Tomás.
No podía negarse después de la aceptación judicial y nos resultaba imprescindible para los temas de organización.
A pesar de haberse mostrado especialmente colaborador en las primeras instancias de la investigación, hubiera jurado que el simple hecho de volver a vernos lo contrarió de verdad.
Nos escuchó con una sonrisa de amabilidad impostada e hizo la pregunta que me demostró hasta qué punto hubiera sido feliz librándose de nuestra presencia.
—No quiero parecer cicatero, pero supongo que tiene un permiso del juez.
—Lo tenemos, ¿quiere que se lo muestre?
—¡No, por favor! Sólo pretendía cumplir con la legalidad.
«¡Ah, la hipócrita diplomacia de la Iglesia!», pensé. Le hubiera contestado con alguna impertinencia bien elaborada, pero no me interesaba malquistarme con él cuando lo necesitábamos. Me limité a replicar su estilo.
—Eso es muy de agradecer. Todos estamos igualmente interesados en la tutela de los menores.
El plan que le propuse le pareció complicado y, de modo sutil pero evidente, puso todas las pegas que se le ocurrieron hasta que llegó un punto en el que una nueva dificultad hubiera podido ser interpretada como poca predisposición a cooperar.
Yo aguanté hasta el máximo las ganas de mandarlo al cuerno dándole una orden sumarísima, y Garzón estaba amenazado de muerte si abría el pico.
Finalmente aceptó, no le quedaba otra. Él llevaría a todos sus chicos en grupo hasta la comisaría sin decirles para qué eran requeridos y, una vez allí, serían separados uno a uno en diversas estancias.
Luego, entrarían en Interrogatorios, donde estaríamos el subinspector y yo.
Una vez finalizada la prueba, se reunirían en una habitación en la que estaría el hermano Tomás. No parecía muy complicado.
Ni que decir tiene que nuestra comisaría no es el palacete de la Pompadour, de modo que carecemos de salas y salitas para tomar el té.
Cuando separáramos a los chicos, estarían distribuidos entre los lugares de trabajo de nuestros hombres.
En cuanto a la reunión progresiva y espera final, no los enviaríamos a los bancos de la entrada, utilizaríamos una habitación vacía en la que solíamos arrinconar trastos.
Me encargué de que llevaran una silla para el hermano Tomás.
Sus pupilos, dada su juventud, podían perfectamente permanecer de pie.
También me encargué de que se colocaran micrófonos y cámaras ocultas para la ocasión.
Poco me importaba que fuera legal o no. Sabía muy bien que lo grabado no sería válido en un juicio, pero necesitaba orientarme, saber a ciencia cierta quién era quién.
El subinspector subrayó con dos preguntas el riesgo que corríamos.
—¿Se fía del hermano Tomás? ¿Y si les canta lo que vienen a hacer aquí?
—En este maldito caso no me fío ni de mi sombra, pero el hermano no es tonto. Si los chicos supieran algo de la prueba se notaría al kilómetro. No creo que hayan estudiado el método Stanislavski.
—No sé qué método es ese, pero si consiste en estudiar, no lo habrán ni olido en su maldita vida.