Bajo el cielo infernal (Petra Delicado 15) 9 #2
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Como había apagado mi teléfono para la ocasión, al reiniciarlo vi varias llamadas de Garzón.

Abrí su mensaje final. «Comuníquese conmigo, Petra.

Es importante.» ¡Vaya por Dios! Mi tiempo libre no era tal.

Un policía no tiene derecho ni a organizar su duelo, la vida privada carece de valor cuando se está en ejercicio.

La mía tampoco era una maravilla sin trabajar, pero conservaba cierta esperanza de tranquilidad intermitente. Pues ni eso. Telefoneé al subinspector.

—¡Joder, inspectora, menos mal!

—¿Qué demonio ha pasado?

—Se trata del hermano Luisito.

—¿Ha confesado el crimen?

—¡Pero ¿qué dice?! Ha venido hace casi dos horas, quiere hablar con nosotros. Está esperando en la salita. Lo he hinchado a café, pero debería venir enseguida, parece importante.

A pesar de la ingesta de cafeína, el hermano Luis no se mostraba nervioso, más bien compungido. Nos miró con cara de circunstancias.

—Soy un impresentable, ya lo sé. Pero no lo pensé, no me vino a la mente, no caí.

—¿Puede decirnos de qué está hablando, hermano?

—Al abrir un cuaderno que suelo usar de vez en cuando, encontré una nota anónima que le habían dejado al hermano Lorenzo. Aquí está.

Sacó una carterita que llevaba en el bolsillo y, de ella, un pequeño papel cuadriculado. Con torpes mayúsculas alguien había escrito: « CALLADITO ESTÁS MÁS GUAPO. TE VA LA VIDA ». Nos miró con consternación.

—Un día el hermano Lorenzo lo trajo a mi habitación para enseñármelo. Lo dejó encima de mi mesa y ahí se quedó. Supongo que lo metí entre las páginas de la libreta sin darme cuenta.

—¿Cuánto hace de eso?

—No sé decirles con exactitud, más o menos un mes. Como no era la primera vez que pasaba, no le dimos ninguna importancia, ni él ni yo.

—¿Dónde lo había encontrado?

—En el interior del aula de reuniones, sobre una mesa.

—¿Y dice que no era la primera vez? ¿Ha comentado con alguien más la existencia de este anónimo?

—No recuerdo haberlo comentado con nadie. Verán, en ocasiones los chicos escriben anónimos amenazantes. Al principio nos inquietábamos, pero luego ya nos dimos cuenta de que nunca pasaba nada. Es una especie de juego sin más consecuencias.

—Sus chicos tienen una idea del juego bastante particular.

—¡Bah, bobadas! Les gusta ir de machitos, pero no pasan de ahí.

—Un par de hostias les daba yo —intervino inopinadamente el subinspector.

Le lancé una mirada reprobatoria y proseguí:

—¿Los otros anónimos a los que se refiere tenían algo en común con este, un mensaje parecido, el mismo tipo de papel?

—Ni me acuerdo. Tampoco es que estuviéramos recibiendo amenazas escritas cada semana. ¿El tipo de papel? Sí, eso sí, todos solían tener aspecto escolar.

—¿Siempre iban dirigidos al hermano Lorenzo?

—¡No, qué va! A mí también me tocó alguno.

—¿Y qué le decían?

—¡Bah, bravuconadas! «Si me das más consejos, te rajo», cosas así. Pero si hasta hubo alguna notita dirigida al párroco.

—¿Parecida a las otras?

—Bastante más groseras. —Un amago de sonrisa fugaz pasó por sus labios—. Ya sabe, lo comparaban con animales poco agraciados. Naturalmente, como el buzón solíamos recogerlo el hermano Lorenzo o yo, las tirábamos a la basura sin que él pudiera verlas para evitarle el disgusto.

—¡Y el cabreo de mucho cuidado! —volvió a meter baza el subinspector.

—Sí —musitó el joven monje estrangulando una nueva sonrisa.

—Hay algo que no entiendo —continué sin más inútiles advertencias visuales a mi compañero—. Si recibir esas notas era algo, digamos, normal, ¿por qué el hermano Lorenzo se molestó en llevar esta hasta casa y enseñársela a usted?

—El hermano no era como yo, les daba mayor importancia a las cosas, las tomaba más a pecho.

De todas maneras, recuerdo que cuando trajo esta última la tiró sobre la mesa diciendo: «Mira, otro mensaje de amor fraterno, y esta vez lo han dejado en el aula».

Yo contesté que no se preocupara y pensara en que había muchos chicos que sí nos querían.

—Comprendo. Y en el mismo orden de cosas, ¿por qué se ha preocupado usted tanto al encontrarse con el anónimo olvidado?

—Inspectora, al hermano lo han asesinado. Pensé: «¿Y si esta vez...?». En fin, ¡yo qué sé! Igual he hecho una gilipollez viniendo hasta aquí —afirmó regresando a su antiguo registro verbal.

—No, ha hecho usted bien. Sin duda alguna, ha hecho bien.

Cuando el hermano se marchó, metimos el papelito en una bolsa de pruebas, aunque con la idea de que pocas pruebas se encontrarían en él. Garzón me miró interrogativamente, le contesté usando la voz con suavidad.

—No sé qué me parece. El relato suena verosímil, pero ¿por qué nadie mencionó esos anónimos si eran más o menos habituales?

—Justamente por eso, porque eran habituales. Yo creo, inspectora, que si nos contaran todas las gracias que esas tiernas criaturas suelen poner en práctica... Estoy seguro de que los curas tienen miedo de que les cerremos el garito por proteger a delincuentes, por eso se callan la mitad.

—Tiene usted poca caridad cristiana.

—Y aún me sobra.

—Pediremos un análisis grafológico y las criaturitas tendrán que pasar la prueba. Es lo que marca el protocolo.

—¿Tiene fe en que el protocolo funcione?

—La fe mueve montañas y nos interesa que algo se mueva, aunque sea un montoncito de tierra. ¿Qué le ha parecido el mensaje del anónimo? «Calladito estás más guapo.» ¿Una amenaza para no revelar un secreto?

—He interpretado que la criatura está harta de que le suelten sermones.

—Lo que la ha llevado a pensar eso es el ejemplo que ha puesto Luisito: «Si me das más consejos, te rajo». ¿Ya estamos todos de acuerdo en que la nota la ha escrito uno de los chicos? También ha dicho «aspecto escolar». Es como si estuviera dirigiéndonos en esa dirección.

—Porque realmente piensa que el anónimo proviene de uno de esos muchachos. ¡Ya había recibido otros! A mí me parece bastante normal.

—Un poco misterioso.

—¡Bah, tratándose de curas, los misterios están a la orden del día! ¡Toda la religión está llena de misterios! El misterio de la eucaristía, el de la Santísima Trinidad, el de los panes y los peces...

—El último es un milagro, no un misterio.

—¿Y le parece poco misterio un milagro? Va Jesucristo y se monta una barra libre con panes y peces donde no había ni cuatro sardinas en guerrilla. ¡Aquí lo quisiera ver yo! Sobre todo, porque tengo hambre, inspectora. ¿Vamos a tomar algo?

—Vaya usted, Garzón. Yo me ocuparé de llevar esto a Grafología.

Dio un cabezazo afirmativo y una media vuelta airosa. Cuando ya iba a alcanzar la puerta, se detuvo en seco y me miró.

—Por cierto, inspectora, ¿qué tal le ha ido en el grupo de duelo? Me da la impresión de que la veo más animada.

Fijé los ojos en él achinándolos un poco.

—¡Naturalmente, Fermín, exulto de gozo, soy feliz, una mujer nueva! ¿Marcos, quién era Marcos, acaso mi marido? Ni siquiera soy capaz de recordarlo.

—No hace falta que sea sarcástica conmigo.

—Lo siento, lleva razón. En el grupo me ha ido bien.

Reinició la salida abortada sin abrir boca.

No me arrepentí ni un ápice de mis palabras.

La gente no sólo quiere que te animes, sino que lo hagas rápido.

«¡Venga, ya está bien de monsergas, vuelve a ser la que eras!

» Llegué a pensar que lo único que deseaban los buenos amigos era que te recompusieras pronto por su propia comodidad.

Una vez que has sistematizado un tipo de relación con alguien cambiarla es un coñazo, en especial si debes poner cara triste para quedar bien.

Me prometieron que los resultados del estudio grafológico y del análisis de las posibles huellas dejadas en el papel no tardarían mucho en estar listos.

Claro que esa era una promesa que había oído más de una vez.

Encerrada en mi despacho, me puse a pensar.

¿Sabía el hermano Lorenzo algo comprometedor que había pensado revelar?

Quizá, pero ¿comprometedor para quién? ¿Todos los que lo rodeaban estaban, de algún modo, encubriendo al asesino temiendo que hablara demasiado?

No, esa hipótesis resultaba excesiva. Hay un riesgo elevado cuando se investiga un caso que tiende a complicarse cada vez más: subirse al carro de las conspiraciones.

Haberlas, haylas, eso es innegable, pero nuestra época se ha convertido en un terreno abonado para que la gente busque explicación a cualquier cosa echando mano de la conspiración.

¡Es como un pasatiempo, una auténtica diversión!

El fenómeno comenzó en las redes sociales con unos cuantos pirados que inventaban historias.

Los encartados en las conspiraciones siempre eran potentes, por supuesto, a nadie se le ocurre tejer una conspiración con los vecinos de una calle o los clientes de un bar cutre.

La CIA, el KGB..., esos eran unos clásicos ya pasados de moda.

Ahora se llevaban conceptos más modernos, más abstractos también: la banca, la política, los servicios secretos de cualquier país, la Iglesia, los grandes magnates...

En un lugar como España, donde el escepticismo forma parte del ADN de la población desde tiempo inmemorial, las teorías conspirativas a la carta han sido un éxito absoluto.

Aun la gente sencilla, que no maneja conocimientos como para imaginar una conspiración muy florida, acaba sus conversaciones sobre temas públicos con afirmaciones categóricas del tipo: «Vete a saber qué ha pasado en realidad» o «Hacen con nosotros lo que quieren».

Todo el mundo anda de acuerdo en esos puntos, hay un ente superior coaligado con otros tantos entes no menos superiores, y todos ellos nos ocultan cosas, juegan con nosotros, nos llevan y nos traen como muñecos en un guiñol.