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No voy a citar el nombre de la organización que ponía en práctica los grupos de duelo, ¿para qué?
No tenía sesgo político ni religioso. La escogí casi al azar entre las muchas que se anunciaban en internet.
Nunca hubiera imaginado que tanta gente estuviera necesitada de solución comunitaria para combatir su dolor privado.
Siempre pensé que los problemas personales se solventan desde la intimidad.
Sin embargo, no dejaba de darme cuenta de que semejante apreciación contenía cierto aire elitista e incluso retrógrado.
Nadie puede negar la importancia del grupo como fuente de energía y fuerza.
El equipo como ente colaborativo goza hoy en día de excelente reputación.
En grupo se levanta el pueblo para rebelarse y en equipo se ganan campeonatos o se descubren remedios médicos.
En fin, ni yo misma creía demasiado en mis comparaciones, consciente de que no eran sino falacias que intentaban paliar mi falta de confianza en aquel formato de ayuda mutua.
Falacias ridículas. De entrada, la organización no me gustó.
El grupo debía constar de un mínimo de ocho personas y un máximo de diez.
Las reuniones se desarrollaban una vez a la semana y el luto de los asistentes, es decir, la defunción del ser querido, debía datar más o menos de la misma fecha.
Las sesiones estaban monitorizadas por un psicólogo profesional.
Todo perfectamente cuadriculado. ¿Dónde estaban ahí las revoluciones?
, ¿y las grandezas del equipo? Aquellos eran equipos cuya cohesión radicaba sólo en su punto flaco: el dolor de la pérdida.
¿Cómo se ganan torneos o se descubren fármacos con semejante moral?
En fin, como me había comprometido con Garzón, hice la vista gorda frente a todas las dudas que me asaltaban y me inscribí.
Dos días después recibí un email informativo.
Entre la mucha paja que contenía hubo cosas que me llenaron de espanto.
Por ejemplo, la clasificación de los lutos en orden de importancia.
El más grave, según el documento, era la pérdida de un hijo, el segundo lugar lo ocupaba la muerte de la pareja amorosa o de padres no demasiado viejos, el tercero correspondía a la defunción de familiares menos allegados —tíos, primos y demás— o a la de los propios padres de edad avanzada.
En el furgón de cola iban los amigos, sin ninguna especificación.
Las mascotas no estaban incluidas. Estuve a punto de borrarme de la lista aun habiendo obtenido medalla de plata en el podio del dolor.
¿Cómo demonio se puede saber de qué manera afecta una pérdida al ser humano?
¿Los hijos son igualmente amados por todo el mundo?
¿Un padre, aun siendo viejo, provoca igual índice de congoja que un primo al que quizá hemos visto una vez en la vida?
Sinceramente, aquello me pareció una broma con tintes macabros, un comentario de sobremesa amistosa después de muchas copas, un chiste de humor negro español.
Sólo una cosa me disuadió de dimitir como doliente antes de haber empezado a ejercer.
El texto hablaba del talante eminentemente práctico que se perseguía con las reuniones.
No se trataba pues de lamerse las heridas, sino de encontrar entre todos los miembros del grupo recursos prácticos que lograran cicatrizarlas.
Y bien, aun siendo escéptica también en ese punto, ¿no se rebaja la hinchazón de una picadura de avispa restregando un ajo sobre la zona afectada?
España es el país de los remedios caseros por excelencia, y no sería yo quien negara la sabiduría popular. Asistí a la primera reunión.
Éramos diez, exactamente diez, en aquella sesión inicial.
Sólo cuatro varones; el resto, mujeres. También el psicólogo era un hombre.
Me pregunté si sería viudo o no. La puesta en escena difería poco de lo que había imaginado: una estancia grande, a media luz, con once sillas tipo pupitre colocadas en círculo.
Fuimos entrando todos a la vez porque nadie se retrasó.
Primero se autopresentó el director del cotarro.
Se llamaba Julio, tenía cuarenta y dos años y había estudiado en la Universidad de Barcelona.
Nos indicó que dijéramos sólo nuestros nombres propios, la edad y el parentesco de la persona a quien habíamos perdido.
Hubo un silencio muy adecuado a la situación, es decir: sepulcral.
Como nadie parecía dispuesto a empezar, Julio señaló al chico que tenía a su derecha, el más visiblemente joven del grupo.
Su nombre fue el único que fui capaz de retener: Guillermo.
Su pareja acababa de fallecer en un accidente de moto.
En ese momento, el psicólogo aclaró que, si no lo deseábamos, no era necesario especificar la causa de la muerte.
A mí me daba igual. Los nombres propios se desgranaron sin que nadie prestara mucha atención.
Obviamente, lo que a la mayor parte nos interesaba era conocer el parentesco con el fallecido.
Abundaban los esposos, después venían los padres, y sólo dos hijos eran objeto de luto.
«¡Menudo panorama!», pensé. Quizá se suponía que el hecho de ser conscientes de que la gente se moría a mansalva y nuestro caso no representaba una excepción debía proporcionarnos una primera oleada de consuelo.
Yo no lo experimenté. Sí es cierto que ver las consecuencias de una desaparición de modo tan cercano añadía una viva sensación de realidad al tema.
Nada que ver con las estadísticas ni con las imágenes que puedan contemplarse en televisión sobre tragedias colectivas.
Inevitablemente, tras las presentaciones llegó el discurso inaugural.
La muerte, el final de la convivencia, el amor, los recuerdos, la imposibilidad de regresar al pasado, la vida debe continuar...
, una ristra de tópicos más desgastados que las botas de un recluta.
Escuché con resignación y dejé de escuchar con calma.
Tampoco me dediqué a observar las reacciones de mis compañeros de infortunio.
Como no pensaba volver a verlos, preferí que mi curiosidad no se despertara.
La programación acababa en aquella primera toma de contacto.
Me quedé rezagada en espera de que todos hubieran salido. Entonces saludé al psicólogo.
—Hola, Julio. Creo que he cambiado de opinión sobre mi asistencia al grupo. Supongo que es mejor que se lo diga ahora para que otra persona pueda ocupar mi lugar. Espero que eso no les cause demasiados trastornos.
Sonrió y me indicó una de las sillas que acabábamos de desocupar.
—¿No quiere sentarse cinco minutos?
Ser descortés no me pareció correcto, pero lo sería si se ponía pelmazo. Me senté. Hablé yo primero.
—Imagino que va a preguntarme las razones por las que quiero darme de baja. Le aseguro que no se trata de nada personal. Sólo me doy cuenta de que no es lo indicado para mí, simplemente.
—¿Quién la ha convencido para que viniera? —dijo, dejándome sorprendida.
—Un amigo, un compañero de trabajo, en realidad.
—¿Puedo saber a qué se dedica?
—Soy inspectora de policía, destinada al cuerpo de Homicidios.
—Y en su profesión ha visto tantas cosas que se ha vuelto escéptica.
—Ya era escéptica con anterioridad, aunque es posible que se me haya acrecentado el escepticismo con la práctica diaria de mi ocupación.
—Lo comprendo muy bien. Sin embargo, ahora se enfrenta usted a la muerte no desde fuera, sino desde dentro, como protagonista, si se pudiera expresar así. Su marido ha muerto y esa es una verdad incontestable en la que no hay más remedio que creer, imposible ser escéptica.
Sentí como si me hubiera arreado una pequeña bofetada, un capón profesoral de la época en que semejantes métodos se utilizaban. No sabía qué camino tomar, pero me decanté por el habitual en mí: la agresión soterrada.
—Si dudara de la desaparición total de mi marido no estaría aquí, sino en una sesión de espiritismo.
Se echó a reír de buena gana, sin atisbo de burla o tensión.
—¡Bien contestado! No deje el grupo, Petra, intuyo que me aburriré sin su asistencia.
—O sea, que escucha usted a los diez deudos una vez a la semana aburriéndose como una ostra y deseando que alguien cuente algo ameno para no dormirse. Yo, al menos, tengo piedad de los asesinos que persigo.
No se ofendió en absoluto.
—¿Sabe lo que siento yo por mis deudos, como usted los llama? Solidaridad. Mi mujer se suicidó hace ya casi cinco años. Padecía depresiones y un mal día se tiró por el balcón.
Como había visto hacer a otras personas, musité:
—Lo siento.
—Gracias —correspondió a la fórmula establecida. Luego continuó—: Pues bien, después de tanto tiempo, sigo reconociendo en lo que me dicen los asistentes sentimientos y detalles de lo que yo viví. Sigo comprendiéndolos, emocionándome con ellos, reconociendo cuántos puntos tenemos en común.
—Entonces es que su propia fórmula ha fracasado. No consigue superar el suicidio de su mujer.
—Si olvidar es lo que busca, hará bien en marcharse. Eso no se consigue nunca, jamás, aunque vuelvas a casarte, aunque recuperes una vida plena y normal. Es una cicatriz que duele como si fuera una herida abierta.
Se me hizo un nudo en la garganta. Tiendo a creer que todos los psicólogos son torpes, pero quizá me encontraba ante una excepción. Había bajado la voz y estaba ligeramente cariacontecido, pero de pronto volvió a animarse.
—Hagamos una cosa, Petra. Vuelva un día más y si, definitivamente, no le encuentra utilidad a nuestro invento, lo deja. La organización no tendrá problema en buscarle un sustituto, estamos al principio de la terapia. Y conste que no me bajan el sueldo si un inscrito se borra —bromeó.
—¿Cobra mucho dinero por este trabajo?
—Un pastón.
Me reí y acepté el trato. ¿Qué otra cosa podía hacer?