Bajo el cielo infernal (Petra Delicado 15) 8 #3
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Vi sin mirar cómo Garzón convertía sus manos en puños e hice algo muy conveniente para donde estábamos: me santigüé mentalmente. Si a mi subalterno le daba un ataque de arrojo samurái, estábamos listos. El rector me sostenía la mirada.

—¿Quiere que volvamos a empezar, rector? Creo que ya le he dado cumplidas explicaciones sobre los motivos por los que estamos aquí.

—Disculpe, pero tolero mejor los golpes directos que las insinuaciones.

—Yo tolero mal a los que obstruyen la labor de la justicia.

—En ningún momento ha sido mi intención. He respondido a todas sus preguntas con respeto y con la verdad por delante.

—Pero si lo que le gusta más son los golpes directos, yo me puedo ofrecer a propinarle alguno —dijo mi compañero ante mi completo estupor.

En la cara del rector apareció una sonrisa conmiserativa y, aumentando mi estado estupefacto, respondió:

—Le advierto que soy cinturón negro de judo.

Acto seguido, y dejándome ya en estado de pasmo absoluto, se echó a reír a carcajada limpia. Añadió, atajando de cuajo su ataque de hilaridad:

—Supongo que piensan que he sido descortés con ustedes.

Si es así, les presento mis disculpas. Deben comprender lo que significa esta muerte para nosotros.

Estamos consternados y deseamos que den ustedes pronto con el culpable para que se haga justicia, justicia humana, quiero decir, la justicia del Altísimo sin duda llegará, aunque no sepamos de qué manera.

—No se inquiete, rector, todo está bien. Volveremos si surgen más preguntas.

—Serán muy bienvenidos.

Abrió la puerta principal de la estancia y llamó al guía turístico, que debía de estar esperando nuestra salida. Nos acompañó de vuelta a la calle, el rector no podía rebajarse a una tarea semejante.

Con un solo pie en el asfalto, Fermín Garzón estalló.

—Pero ¿usted ha visto? ¿Quién se ha creído que es este tío?

¿El rey de España, el mismísimo papa de Roma?

¡Valiente capullo! Desde luego, inspectora, le juro que no la entiendo.

Lleva usted una temporada cabreada como una mona con todo el que se le pone por delante y luego llega este curapio mamón y no le suelta nada, una balsa de aceite.

—Eso es sinceridad, Fermín, y se la agradezco. Con la misma sinceridad le diré que ha estado usted a punto de estropear el interrogatorio con sus salidas barriobajeras. ¿Qué pretendía, darle una hostia?

—Hubiera sido lo mejor. ¿Los curas no dan hostias en la misa? ¡Pues que las reciban de vez en cuando al estilo policial!

Me eché a reír. Él me miró con sorpresa y, milagrosamente, se aplacó.

—¡Vaya, ha vuelto a reírse! Mire, por lo menos ha servido para algo este mal rato.

—¿Qué le parece si comentamos las respuestas del curapio mamón? En plan profesional, quiero decir.

—No veo gran cosa que comentar. El hermano era intachable, un santo varón. Si le daba por el alcohol, ¿qué importancia tiene eso para la investigación del crimen? Dios sabe lo que se hace y punto final.

—Hilemos más fino. ¿Cree que se ha sorprendido cuando le hemos mencionado el alcoholismo del hermano?

—¿Y quién lo puede saber? Tenía la cara como una madera, nunca cambiaba de expresión.

—A mí me ha dado la sensación de que le sorprendía un poco, o al menos le ha sorprendido que yo lo supiera o lo citara como punto importante.

—Es posible, aunque si estaba al tanto de los hábitos de Santos, bien sabría también que en la autopsia aparecerían las pruebas.

—Quizá no sabe desde cuándo bebía el hermano, de modo que enterarse de que tenía el hígado hecho cisco sí ha sido una sorpresa para él.

—¡Vaya usted a saber!

—Sin embargo, no es eso lo más inquietante.

Hay algo que no me quito de la cabeza. Ha dicho que lo único que no tolera es la insinuación.

De todo lo que le he soltado, ¿qué ha considerado él como una insinuación ofensiva?

¿La venganza, quizá que mataron al hermano porque guardaba un secreto? ¿Qué secreto sería ese, Fermín?

—Es pronto para martirizarse con conjeturas, inspectora. Estamos todavía a dos velas.

—Las velas que se les ponen a los santos.

—¡Y a los muertos! ¿Sabe lo que le digo? Que por hoy ya está bien. Yo me largo a tomar un par de birras a La Jarra de Oro. Si usted sigue en plan sobrio no me acompañe, pero yo necesito paz espiritual.

Dudé un momento. Le tiré de la manga cuando iba a subir al coche.

—A mí una cervecita me vendría bien, pero no en La Jarra de Oro. Estará lleno de compañeros, me hablarán, me preguntarán qué tal me encuentro. Aún no estoy preparada para lidiar con la gente, Garzón.

—A ver si acaba como el capullo del rector, despreciando a la chusma.

—No, no se trata de eso, es sólo que no me veo con ánimos de dar explicaciones.

—¿Ha pedido información sobre los grupos de duelo? ¡Seguro que no!

—Afirmación equivocada. Mañana tengo la primera sesión.

Se puso serio, asintió.

—Muy bien, Petra, muy bien. Pues ahora mismito nos arreamos una cerveza donde usted quiera, que por falta de bares no va a quedar. Abandonamos La Jarra de Oro por un ratito, ya volveremos en otra ocasión.

Pensé que, para mí, quizá aquel ratito duraría hasta el final de mis días y, fingiendo una sonrisa, lo seguí.