Bajo el cielo infernal (Petra Delicado 15) 8 #2
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Un estiramiento facial a modo de sonrisa fue la reacción del rector.

Era frío como un témpano, o quizá aún conservaba la actitud de hierático respeto que había mantenido en la reunión virtual con su jefe.

No parecía que fuera a iniciar ningún tipo de conversación, ni siquiera a darnos la entrada para que la iniciáramos nosotros.

Con las largas piernas cruzadas, se miraba la punta del zapato mientras entrelazaba las manos llevándose ambos índices a la boca.

Yo me preguntaba con qué miembro de la familia habría que dirigirse a él: ¿padre, hermano? Opté por su cargo oficial.

—Ya sabe por qué estamos aquí, ¿cierto, rector?

—Supongo que tiene que ver con el asesinato del hermano Santos, pero desconozco por qué están justamente en el seminario. No veo ningún lazo entre nosotros y ese desdichado asunto.

Ya me había dado información más allá de su aspecto y talante, era puntilloso en el hablar. Deseé que mi compañero no tuviera una nueva intervención.

—Recabamos datos sobre la víctima, es lo habitual.

—¿Qué datos necesitan exactamente?

—Verá, no se trata de saber a qué hora salió el hermano la última vez de estas instalaciones ni nada de lo que la gente suele relacionar con un interrogatorio de la policía. Es más bien tener una impresión general sobre su comportamiento y modo de ser.

—¿Y eso ayuda en una investigación?

—Enormemente, aunque no lo parezca.

—Bien, debo decir que mi contacto con el hermano no fue muy profundo, pero sí puedo hablarles de su cometido pastoral.

La palabra que lo define es intachable .

Como ya deben de saber, el hermano daba algunas clases a los seminaristas.

No estaban oficialmente registradas en el programa de estudios eclesiásticos, pero se consideró en su día que, dada su probada experiencia en las labores sociales, sería interesante que ilustrara a los alumnos sobre esa parte importante de los cometidos de la Iglesia: cómo tratar con personas marginadas, de escasos recursos económicos, chicos conflictivos o adictos a las drogas.

Sus clases estaban muy bien valoradas por nuestros estudiantes, todos las considerábamos de extrema utilidad.

Él las impartía con conocimiento de causa y vocación de servicio.

Para el clero moderno la vocación de servicio es esencial.

El hermano Santos era humilde, amable, didáctico y empático con los jóvenes.

Llegó a hacerse muy popular entre el alumnado.

Creo que con estas explicaciones queda bastante claro su modo de ser, al menos como profesor, cualidad que es la única sobre la que yo me veo capacitado para opinar.

Era certero en la expresión, como si hablara a través de un ordenador, y se hubiera dicho que otra máquina dictaba su falta de emociones al comunicarse.

—¿Nunca tuvo problemas con ningún estudiante o su familia, o quizá con algún otro profesor?

—De lo que acabo de contarles ya se infiere que no.

—¿No se presentaron quejas sobre él ni incurrió en faltas de disciplina? Me refiero al funcionamiento interno de su institución.

—Obviamente, no.

Me miraba, sobre Garzón no posó los ojos ni un instante, como si lo que había declarado constituyera un resumen universal y cualquier detalle humano fuera una simple pérdida de tiempo. Decidí que era el momento de clavar el puñal sobre aquella figura presuntuosa.

—Verá, rector, le hago ese tipo de preguntas porque la autopsia del cadáver ha revelado que el hermano bebía.

Acusó con levedad el aguijonazo frunciendo los ojos hasta convertirlos en dos rendijas imposibles de escrutar.

—No entiendo a qué se refiere.

El silente Garzón, sin duda tan harto como yo de semejante altivez, sumada a su propio ninguneo, saltó sin que yo pudiera atajarlo.

—Pues que le pegaba a la botella, que se empinfonaba, que tenía una cirrosis de mil pares de narices por culpa del alcohol.

—El hallazgo médico post mortem indica que hacía tiempo que abusaba de la bebida —añadí, más académica.

La reacción no fue la que esperaba. Sin duda el enfado que sentía superaba a la sorpresa. Ahora sí miraba al subinspector con la tez un poco enrojecida.

—Le ruego que muestre usted el debido respeto en sus expresiones. Hablamos de una persona fallecida y que era además un hombre al servicio del Señor.

—Lo siento —dijo Garzón—, use las expresiones que use, el resultado queda igual: el hermano Lorenzo bebía, era alcohólico.

No abrí la boca. La salida de Garzón no había sido demasiado grave y, en cierto modo, aquel tipo tan empingorotado se la merecía. Se volvió hacia mí, ya dominada su innegable rabia.

—Inspectora, como usted habrá oído decir mil veces: «Los designios de Dios son inescrutables». En cualquier caso, según lo veo yo, el hermano es la víctima, no el perpetrador de ningún asesinato. ¿Qué pueden importar los hábitos quizá a veces poco deseables que pudiera tener?

—En estado de embriaguez se pueden decir cosas que no lleven necesariamente a cometer delitos, pero sí a que otras personas los cometan sobre nosotros. El hermano pudo ofender a alguien que después decidió vengarse o amenazar con hacer público algún secreto del que era conocedor.

El rector se tensó visiblemente y de nuevo su rostro se cubrió de niebla rojiza.

—De verdad le digo, inspectora Delicado, que sólo el hecho de que pronuncie esas palabras tan extrañas en este lugar me causa un profundo desagrado. Amenazas, venganzas..., nada de eso tiene que ver con este seminario.

—No estoy diciendo que las amenazas o las venganzas provinieran de aquí, sino mucho más probablemente del barrio donde fue asesinado el hermano Lorenzo.

—En tal caso no comprendo por qué motivo han venido.