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No me veía con capacidad física, moral ni de cualquier otro tipo como para interrogar de nuevo a uno de aquellos muchachos de la lista negra.
El sabor de boca que me había quedado después de hablar con Natalia López era amargo como uno de esos atroces licores monacales que les encanta beber a los italianos como aperitivo.
Y la comparación no es casual, porque parecía obvio que a los curas de la casa parroquial les gustaba tratar con aquellos chicos, aunque fuera una experiencia atroz.
De lo contrario, ¿todo era vocacional, el sacrificio les compensaba de aquel contacto tan duro, creían que de verdad lo que hacían ayudaba a sus pupilos o simplemente se aseguraban un lugar en el reino de los justos?
Mi labor de policía nada tenía que ver con aquella empresa espiritual.
Yo perseguía a los malhechores sin pensar jamás en que su ingreso carcelario podía beneficiarlos humanamente propiciando cambios positivos en sus conductas.
No, mi propósito era únicamente el castigo.
«El que la hace la paga», ahí se contenía toda la filosofía policial.
Poco cristiano, escasamente misericordioso.
Y, sin embargo, yo me consideraba una profesional de las que sienten cierta piedad por el culpable de un crimen.
A menudo los veía como seres desorientados que obraban bajo el peso de la incultura, la insania mental o una existencia desgraciada.
Claro que mi cometido consistía en encontrarlos, desenmascararlos y ponerlos en manos de la justicia.
Después de eso, no volvía a saber más de ellos.
Si el trabajo de un detective contemplara una segunda fase en la que debiera regenerar al convicto viéndolo con asiduidad, hablando con él, intentando devolverlo al camino de la normalidad...
, ¡ah, querida amiga Petra! Estoy convencida de que me hubiera convertido en algo que me horripila: partidaria de la pena de muerte.
Se puede soportar un interrogatorio en el que un sospechoso te trata como a una basura únicamente porque tienes la esperanza de vengarte mandándolo a chirona.
Pero ¿cómo reaccionar cuando sabes que estás intentando su bien y recibiendo a cambio sólo coces?
No, todos aquellos curitas o eran santos o eran imbéciles, aunque en ambos casos merecían una discreta admiración.
Cuando le dije al subinspector que se preparara para hacer una visita al Seminario Diocesano no puso muy buena cara. En ese punto volvió por fin a sus antecedentes anticlericales.
—¡Es como entrar en la cueva de Alí Babá y los cuarenta ladrones!
—La Iglesia no roba más que otras instituciones.
—Vale, pues sustituya ladrones por cabrones. El caso es que ir me da pena por aquellos chavales. Ahí es donde les comen el coco, donde los machacan con la pureza, la castidad y todas esas barbaridades. ¡Es como si los castraran!
—¡Ah, ya veo por dónde va! O sea, que la tragedia no es que los adoctrinen ideológicamente, sino que no puedan usar la polla.
—¡No, si ya sabía yo que iba a meterme en algún jardín!
Qué pasa, que eso le parece machista, ¿cierto?
Pues para que lo sepa, sobre las monjas pienso exactamente igual.
Eso de no follar, de mantenerse puro y casto, es una aberración, va contra la naturaleza de los seres humanos.
Los hombres y las mujeres están hechos para vivir, para disfrutar, para reproducirse. Lo contrario no es sano, no es normal.
—¡Joder, Fermín, no me maree! Escriba un tratado y me pasa una copia. No estoy para soflamas en este momento. Sólo le he dicho que vamos al seminario. La víctima daba clases allí y quiero saber cómo era considerado, cómo se lo montaba, si había tenido algún problema que nos pudiera orientar.
—¿Y lo de la polla?
—Un comentario sin importancia, en el fondo las pollas siempre son secundarias.
Oí cómo rugía por lo bajini, y aquel rugido sofocado equivalía a un montón de imprecaciones: «¿Por qué tiene que tocarme siempre a mí?», «todavía a estas alturas hubiera preferido tener un varón como jefe, no hay manera de acertar».
Al jefe de un seminario diocesano se lo llama rector , y, según leía Garzón de una chuleta que llevaba en el móvil, su cometido es velar por el funcionamiento de la casa, tutelar a los alumnos, escoger concienzudamente las candidaturas de los jóvenes al sacerdocio y presentar información puntual al obispo.
Tras la lectura vinieron sus comentarios.
—De todo esto hay una cosa que no entiendo. ¿Escoger concienzudamente a los jóvenes candidatos al sacerdocio? ¡Pero si ya ningún joven se mete a cura! ¿Encima se permiten andarse con remilgos? ¡Ni hablar!, seguro que al primero que se acerca le dan el visto bueno.
—No crea —respondí—, seguro que buscan chicos preparados y despiertos con verdadera vocación. La Iglesia no puede permitirse más desprestigios después de todo el asunto de los abusos sexuales.
—Vale, pero ¿dónde los encuentran? En mis tiempos los padres pobres mandaban a sus hijos al seminario porque no podían pagarles los estudios, «darles carrera», como se decía entonces. Allí los instruían y encima estaban mantenidos. Pero hoy en día eso ha cambiado.
—Cierto, ahora incluso a los ricos la instrucción les importa una mierda.
—Ha dicho una verdad como una casa, inspectora.
Y no sólo son los curas los que andan escasos de relevos.
Pasa lo mismo con las monjas. Cada vez que sale en televisión un reportaje de conventos, las únicas monjas españolas que aparecen tienen de cien años para arriba.
Las jóvenes son todas sudamericanas o negras.
Supongo que en sus países de origen no hay mucho que comer.
—Es una manera de verlo, aunque le advierto que en muchos de esos países la religión sigue siendo importante. La gente tiene fe.
—Porque de lo demás no andan sobrados.
—Eso es una visión reduccionista.
Era yo quien conducía el coche, pero aun así pude advertir perfectamente su gesto de extrañeza teñido de fastidio. No me equivoqué.
—¡Vaya, ya me ha jodido! ¿Y eso qué significa?
—Pues que no se puede dar una explicación obvia y simple a cosas que tienen componentes complejos.
—O sea, que no se puede decir: «Un hombre come porque tiene hambre».
—Incluso en esa frase tan evidente podríamos meternos en honduras. El hombre tiene hambre porque no deja de ser un animal, aunque esté más evolucionado que el resto de las especies. Eso nos llevaría al antropocentrismo o a cuestiones filosóficas y teológicas.
—¡Ay, la hostia! En resumen, que no se puede afirmar nada porque enseguida eres un reduccionista de cojones.
—Algo así.
—¡Pues vaya! ¿Y si en vez de un hombre digo un gato? Un gato come porque tiene hambre.
—Garzón, me está poniendo la cabeza como un bombo. Además, estamos llegando, voy a entrar en un parking. ¿Quiere quedarse en la calle y me espera?
—Bueno, así podré ver las colas de chicos que esperan para meterse a curas.
El seminario de Barcelona es una inmensa construcción neorrománica en pleno centro de la ciudad.
Todos los barceloneses estamos acostumbrados a pasar por delante sin que nos llame la atención.
Pocos han visitado el interior, yo no había estado dentro jamás.
Los jardines, más o menos bien cuidados, eran un remanso de paz, sólo se oía algún bocinazo intempestivo de vez en cuando y el fragor impreciso del tráfico.
Nos recibió un cura bastante mayor que, como habíamos advertido de nuestra llegada, conocía perfectamente nuestra condición de policías.
Era cordial y hablador. Fue toda una sorpresa comprobar que se disponía a acompañarnos en una especie de visita turística.
Vimos el claustro, la capilla, la torre, y cuando se disponía a enseñarnos las perspectivas desde diferentes ángulos, me vi obligada a ser maleducada.
En mi defensa diré que el seminario ocupa una manzana entera del Eixample, con lo que la visita hubiera podido prolongarse indefinidamente.
—Tendrá que disculparnos, pero hemos venido en misión oficial y no tenemos mucho más tiempo para la visita.
—Por supuesto, naturalmente. El rector estaba en una reunión y quería darle margen para acabar. Son asuntos importantes, ustedes saben. Se comunicaba con el señor obispo por vía Zoom, pero me da la impresión de que ya debe de estar listo. Acompáñenme, por favor.
Nos llevó hasta una salita alicatada donde había sillas arrimadas a la pared y allí nos dejó. El subinspector enseguida hizo uno de sus comentarios característicos.
—Seguro que el rector está destruyendo documentos comprometedores.
No contesté. Pasaron diez minutos y, como Garzón se aburría, siguió con sus apreciaciones lanzadas al viento.
—Hay que joderse. Los pisos escasean en Barcelona y los alquileres andan por las nubes mientras estos tíos tienen semejante caserón. ¿No podían cederlo para viviendas sociales? Total, para cuatro matados que deben de vivir aquí...
—Calle un momento, Fermín. No me deja pensar.
—Pues esas cosas sociales a usted le gustan mucho.
Por fortuna, en aquel momento se abrió una puerta disimulada en un rincón y apareció nuestro hombre.
Alto y delgado, embutido en un clériman impecable, pero con un rostro anodino de cobrador de autobús.
Le calculé más de sesenta años, aunque el cálculo de edades a puro ojo nunca ha sido mi especialidad.
No sonrió ni nos alargó la mano para que se la estrecháramos.
Como nos habíamos puesto en pie, se limitó a hacernos un gesto para que volviéramos a sentarnos. Lo hizo él también.
—Lamento mucho haberles hecho esperar.
—No se preocupe —dije en el mismo tono neutro y cortés que él había empleado. Por desgracia, el subinspector consideró oportuno añadir:
—Su ayudante nos ha hecho un tour por todo el seminario. No viven ustedes nada mal.