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—A mí me lo comentó Beatriz cuando le dije que estaba usted muy borde con la gente, incluyéndome a mí.
Lo siento, no me dedico a cotillear sobre su vida, pero Beatriz es mi mujer y tenemos plena confianza.
Dijo que hay cinco fases en el duelo y, centrándose en cada fase, había buscado un libro, casi todos escritos por psiquiatras, para que me lo leyera y se lo recomendara a usted.
Yo hacía como que apuntaba, pero comprenderá que, después del coñazo de Cicerón, no hice ni caso y me metí en internet, donde estaba la información concreta y clara. ¿Quiere saberla?
—Adelante, soy toda oídos.
—Primera: la negación. Ya sabe, no se acaba usted de creer que su ser querido haya muerto y, si es inesperadamente, esa sensación aumenta.
Segunda: ira. Me ahorro comentarios porque esa la sabe muy bien.
Tercera: negociación. Intentas ir convenciéndote de que no hay más narices y vas pensando cómo puedes sobrellevar la cosa.
Cuarta: depresión. Pues eso, aun habiéndote dado por enterado, y después cabreado y después negociado contigo mismo, igualmente te entra una depresión de caballo, que tiene cojones la cosa.
Quinta y última: aceptación. Al final no es que dejes de lamentar que tu ser querido ya no exista, pero te has adaptado a la nueva situación. Y eso es todo.
—Yo estoy, según esas fases, en plena ira, ¿cierto?
—Me temo que sí.
—Es verdad, una ira de la hostia. Lo curioso es que no hay razón aparente, no me da por pensar «Los otros siguen vivos y él murió, ¡qué injusticia!
» o cosas por el estilo. No, simplemente la gente, toda la gente, incluso la que me cruzo por la calle, me parece una recua de imbéciles llenos de vulgaridad, de mal gusto, de bobaliconería.
En una palabra: son innecesarios. Podrían desaparecer del planeta en un segundo sin que pasara nada trascendente, o, yendo más lejos, su desaparición sería un beneficio para la humanidad.
—Eso es en el fondo lo que ha pensado siempre, con duelo o sin duelo. Sólo que se lo tomaba con más tranquilidad.
Me eché a reír de buen grado, a carcajada limpia, notando el bien que me hacía mi propia reacción. Garzón se puso en pie.
—¡Alabados sean los Cielos! ¡Se ha reído! ¡Le he hecho gracia! Yo creo que se ha saltado de golpe un montón de esas jodidas fases.
—No esté tan seguro. ¿Quiere que le demuestre que sigo en la fase iracunda?
—¡Y encima vuelve a ser corrosiva, igualita que el ácido sulfúrico, con una mala leche del copón! Vamos bien, vamos bien.
Volvió a sentarse y se sirvió whisky de nuevo.
Lo observé detenidamente. Su figura oronda, los dedos de las manos, cortos y recios, la mirada limpia y un poco perdida en el espacio, la voz potente, el gesto desacomplejado.
Fermín Garzón era la persona más buena que había conocido jamás.
Químicamente bueno, metafísicamente bueno, la bondad vestida con traje y corbata.
La Bondad. No tenía el menor derecho a tratarlo mal, y ni siquiera sentía el menor deseo de contrariarlo.
Animado por el éxito de mi risa, continuó.
—Yo no pretendo que se salte las fases como si fueran los obstáculos de una carrera, pero Beatriz, ya ve que Beatriz está hoy muy presente, siguiendo el otro día con nuestra conversación, me informó de que hay una cosa que se llama Grupo de Duelo.
Se ve que, sólo en Barcelona, están activos un montón de esos grupos.
Allí la gente que ha perdido a un ser amado y lo lleva fatal se reúne y, bajo la supervisión de un profesional, se cuentan experiencias, se dan trucos y consejos para superar malos momentos...
, se ayudan. Dice Beatriz que todo el mundo coincide en que es mucho más efectivo de lo que aparenta.
—Algo así como Alcohólicos Anónimos.
—¡Mucho mejor! Los alcohólicos siempre pueden recaer, pero que se te muera otro ser querido durante el duelo ya sería una mala potra de la leche.
Volví a reír. No era el efecto reconfortante del alcohol. Mi cerveza se recalentaba casi intocada en la copa donde el subinspector la había servido. El consuelo que sentía, la pequeña liberación de la punzada siempre presente en mi pecho, provenía de Garzón y su visita, de nada más.
—Según usted, mi característica principal es la racionalidad. ¿Sabe cuál es la suya?
—No. Como soy tan inculto no debo de tener ni características.
—A mí se me ocurre una: es usted más bruto que la madre que lo parió.
—Que en gloria esté y allí se quede. Petra, si me promete que se informará y considerará lo de los grupos de duelo, me iré contento.
—Con tal de que se largue ya, soy capaz de prometerle que bailaré sevillanas.
Se levantó, apuró el dedito de licor que le quedaba y se dirigió a la salida.
Me pidió que no lo acompañase, pero lo hice.
En el recibidor nos miramos y el impulso imprevisto surgió de los dos al mismo tiempo.
Nos abrazamos. Él tenía lágrimas en los ojos y a mí ya me corrían pequeños regueros por la cara.
—La última promesa que le pido —dijo—. No llore más, Petra, se lo ruego. Por lo menos esta noche, no llore más.
Asentí sin decir ni una palabra. Garzón se alejó hacia la puerta del jardín sin mirar atrás. Él llevaba mucha razón, si me metía en el mundo de los sentimientos abandonando la razón, no sabría cómo salir. Me aclaré la cara con agua fría y no lloré más.