7 #2
—Y usted, inspectora, ¿ha hecho algún esfuerzo por salir del dolor y la rabia que siente desde la muerte de Marcos?
Noté un puñal que se me clavaba en el pecho. La sangre se me agolpó en la cara. Iba conduciendo él. Tras reunir la fuerza para volver a responder, dije:
—¿Cómo se atreve a meterse en mi vida privada? ¿Le he dado yo permiso para dirigírseme de esa manera? Pare el coche, voy a bajar.
—Inspectora, escúcheme, por favor. No pretendía...
—¡Le he dicho que pare el coche! —berreé.
Paró. Yo salté del vehículo sin volverme a mirarlo.
Caminé a paso rápido no sabiendo dónde estaba.
Vi pasar un taxi y alcé la mano. Regresé a mi casa.
Telefoneé a comisaría para avisar de que me encontraba mal y esa tarde no acudiría al trabajo.
¿Qué haría a continuación?, ¿servirme una copa, poner música, leer un libro?
No pude escoger. Empecé a llorar con un desconsuelo que no había sentido jamás.
Lloré y lloré y lloré. Me desangré en lágrimas, me rompí, me desgarré.
Los jirones de mi alma escapaban por los ojos.
Me vaciaba, me moría, o, mejor dicho, quería morirme, no pronto, ni mañana ni pasado, sino ya, en aquel instante, de repente.
Era el modo más fácil de dejar de sentir dolor.
Como el tiempo se había detenido, no sabía a qué demonio de hora llamaron a la puerta.
Notaba la cara entumecida por el llanto y mis ojos debían de haberse convertido en dos estrechas rendijas hinchadas, porque no conseguía ver bien.
Miré por la pantallita conectada con el timbre y distinguí al subinspector.
¿Le abría, no le abría, permitía que me descubriera con aquella pinta de Madalena terminal?
Abrí la puerta y nos quedamos frente a frente.
—Supongo que quiere pasar.
—Sí.
Entró y dio una ojeada general.
—¿Puede encender la luz, Petra? Está muy oscuro.
En efecto, la noche era cerrada y absoluta la oscuridad. Encendí todos los interruptores del salón y el impacto eléctrico me deslumbró. Al despejarse las brumas apareció ante mí la cara de Garzón. Escrutaba la mía desde tan cerca que di un instintivo paso atrás.
—Ni se asuste ni me eche. Estoy aquí a título personal, de modo que no pienso obedecer ninguna orden. ¿Estaba bebiendo algo?
—No.
—Pues traiga un par de copas y ofrézcame un whisky, la otra copa es para usted.
Seguí sus instrucciones. Dos copas, una botella de whisky y una cerveza para mí.
—¿Y esa cerveza?
—Ya no bebo whisky. Ahora es una bebida que detesto.
—Mejor para usted. ¡Vaya llorada que se ha pegado! Tiene los ojos hinchados.
—Ya lo sé, pero me da igual.
Rellenó él mismo las copas. Estaba tranquilo, seguro. Yo, sin saber cómo, estaba tranquila también.
—¿Qué me cuenta, Petra?
—¿Qué quiere que le cuente, Garzón? Estoy jodida, jodida de verdad. Se acaba pronto de contar eso.
—Sí, es verdad. No he venido para darle consejitos.
Estimo mi vida en lo que vale y sé que sería usted capaz de estrangularme si se los doy.
Está jodida porque Marcos murió y la muerte no tiene vuelta atrás.
No hay solución, nunca la ha habido y nunca la habrá.
Murió de manera accidental y eso es mucho peor para el que queda vivo.
Todo eso ya lo sabe, lo sabemos los dos.
—Habíamos discutido y vaciado una botella de whisky mano a mano.
Eso lo mató. Además, en aquella discusión me planteó que nuestro matrimonio fuera abierto.
Salía con una chica y quería seguir viéndola sin romper conmigo.
Eso sólo durante un tiempo corto, luego todo continuaría como siempre entre nosotros.
—Y usted saltó como una fiera herida.
—Sí. Hubiera podido conversar tranquilamente, intentar comprenderlo, rebatirle su idea con argumentos, pero no, la fiera herida, como usted dice, saltó sobre él.
La mujer progresista, adelantada, con larga experiencia sentimental, reaccionó como una esposa convencional, de las de toda la vida, de las más pestilentes. ¿Qué le parece?
—Hizo usted bien. A ciertas alturas de la vida hay que plantearse las cosas con seriedad y dejarse de relaciones simultáneas que nunca salen bien.
Ahí Marcos la cagó. Pero no he venido aquí para poner a parir a su difunto.
Lo que pasó, pasado está. Además, la discusión de la que me habla es de lo más normal y, desde luego, no tiene nada que ver con su muerte, y mucho menos con la influencia que usted pudiera tener en ella.
—¿Se ha preparado el discurso?
—Sí, de modo que deje que lo acabe, no tiene que aplaudir al final.
Inspectora, después de tantos años de colaboración, y me atrevo a decir de amistad a nuestra manera, creo conocerla un poco.
Lo que destaca en su persona, aparte de la cultura, el humor, la inteligencia, el encanto y la clara tendencia a tocar los cojones en general, es lo siguiente: es usted práctica, resolutiva, escéptica y racional, racional hasta decir basta. ¿Está de acuerdo conmigo?
—No sé, pero cada día habla usted mejor.
—Beatriz me obligó a leerme los discursos de Cicerón.
Pero sigamos. Puede usted permitirse llorar su pérdida, cabrearse con el mundo, culparse por sus fallos...
, lo que quiera menos dejar de ser la que es.
No puede dejar de ser racional. Eso no vale, perderse en los sentimientos la sacará de su mundo, la desconcertará, la dejará sin defensas; en definitiva, la joderá viva.
Tiene que analizar las cosas como hace siempre y buscar una solución.
No le digo que de aquí a mañana amanezca fresca como una rosa, seguirá sufriendo mucho, pero al menos intente salir del agujero, inténtelo.
Me quedé callada un momento, él también. Eché un trago de cerveza y pregunté:
—¿Ha pensado en algún método que me convenga?
—¿Conoce cuáles son las fases del duelo?
—Algo he oído, pero nunca me fijé.