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El hermano Tomás nos aconsejó que, psicológicamente hablando, era preferible interrogar a los muchachos en las dependencias sociales de la parroquia en vez de en comisaría.
Según él, que conocía el paño bastante mejor que nosotros, en su hábitat normal los chicos se mostrarían menos intimidados y más proclives a llevar una conversación.
Se preocupaba tanto por el bienestar de sus pupilos —y su desconfianza en los métodos policiales era tan grande, debo añadir— que me pidió permiso para asistir a las sesiones.
Naturalmente se lo negué. Ni Garzón ni yo éramos especialistas en la idiosincrasia de los adolescentes con problemas, pero tampoco oficiábamos de bestias pardas, y sin duda encontraríamos la manera de entendernos con ellos sin ningún intermediario.
Habíamos decidido empezar por Natalia López, la única chica en la lista negra de Santos.
Tenía diecisiete años, era huérfana de madre y vivía con su padre (metalúrgico) y con su hermano mayor (repartidor de mercancías) en aquel mismo barrio.
Me chocó su aspecto cuando entró. Delgada, alta y muy bella, a pesar de los muchos esfuerzos que había hecho para afearse: piercings en la nariz, tatuajes en los brazos, trencitas puntiagudas en el pelo y ropa chillona.
Cuando entramos en el despacho del hermano ella ya nos esperaba, sentada en una silla.
Tenía el móvil agarrado con ambas manos, de uñas rojo intenso, y lo observaba con enorme atención.
No levantó la vista para echarnos una ojeada.
La curiosidad que le inspirábamos era nula.
Empezó a teclear en el teléfono con ambos pulgares a una velocidad endiablada.
Sonreía levemente hacia la pantalla. ¿Qué aconsejaba la psicología en estos casos?
No tenía la menor idea. Si hubiera permitido que el hermano Tomás estuviera presente, probablemente para atraer la atención de la chica hubiera pronunciado su nombre de modo cantarín.
Sin embargo, lo que a mí me pedía el cuerpo era arrancarle el móvil de las manos y estamparlo contra la pared.
Habían asesinado a su profesor espiritual , estábamos allí para esclarecer los hechos y lo único que se le ocurría era enzarzarse en alguna imbécil conversación de WhatsApp.
Miré a Garzón: estaba convencida de que tenía ganas de hacer lo mismo que yo e, incluso, por su gesto, que a la violenta incautación del teléfono habría añadido un buen capón en la cabeza de la interfecta.
Pero no, se limitó a emitir un carraspeo mosqueado.
Natalia levantó entonces la vista, dijo «Hola» y volvió a meterse de lleno en su pantalla.
En aquel momento me importó un comino lo que la psicología pudiera aconsejar, fui directa hacia ella, le arrebaté el teléfono y grité:
—¡Ya está bien la cosa, mírame!
En vez de sorpresa o conmoción, lo único que expresó su rostro fue fastidio y cansancio. Entonces sí me miró, con odio contenido. Se puso en pie.
—¡Eh, no te pases conmigo! Devuélveme el teléfono, que es mío.
—Siéntate en esa silla y atiende.
Había avanzado dos pasos hacia mí y los desanduvo. Se dirigió hacia la silla con una lentitud que ninguna tortuga hubiera podido superar. Garzón acercó dos sillas más y, una vez los tres en círculo, saqué la grabadora.
—¿Me puedo negar a que uses ese cacharro? No me gusta el karaoke.
—¿Prefieres que tome notas?
Se encogió de hombros, hizo una mueca de desprecio.
—Graba lo que quieras. A fin de cuentas, me da igual.
—¿Todo te da igual, Natalia?
—Más o menos, casi todo. Sólo me jode que el Barça pierda un partido.
—Entonces te importa un cuerno que se hayan cargado al hermano Lorenzo, ¿no?
—¿Qué quieres que te diga? No voy a ponerme a llorar como una boba.
Con un ligero parpadeo le pasé el testigo a mi compañero, que enseguida comprendió. Necesitaba serenarme un poco. Cada vez que aquella chica abría la boca una emanación de ira en estado puro surgía de mí. Garzón utilizó otro tipo de carraspeo, ahora más ecléctico, para empezar.
—¿Te caía mal el hermano Lorenzo?
—Bueno, era un plasta, y todo lo que contaba parecía viejuno. El pobre estaba más pasado que ni se sabe. Pero no me caía mal del todo, en el fondo era buen tío, nos quería llevar por el camino del bien, como él decía.
—¿Lamentas que lo hayan matado?
—Oye, no sé qué te crees, a mí no me gusta que maten a la gente, ¿vale? No soy una monstruita ni una psicópata de esas que salen en las pelis. Que venga a las reuniones de niños malos no quiere decir que sea capaz de cualquier cosa.
—Pues viendo tus reacciones nadie lo diría.
—A ver si me aclaro, ¿lo de «poli malo, poli bueno» ya no funciona? Porque a mí me parecéis bordes los dos.
Se echó a reír de su propio chiste.
La cara del subinspector se tiñó ligeramente de rojo furia, por lo que decidí intervenir.
—¿Quién mató al hermano Lorenzo Santos, Natalia?
—¡Anda esta!, ¿y yo qué sé? Ya os lo habría dicho cuando pasó, ¿no?
—Lo dudo. ¿Tienes por lo menos alguna idea de quién pudo haberlo hecho?
—Ni puta idea, no.
—¿Tuviste algún enfrentamiento serio con el hermano?
—Sí, claro. Todos a los que nos llamaba aparte para tener conversaciones con él acabábamos chocando un día u otro. Al principio era muy buenecito y hacía como si te comprendiera perfectamente y estuviera de tu lado, pero luego siempre te reprochaba cosas, como todo el mundo.
—¿Qué te reprochaba a ti?
—No me acuerdo.
—Es raro que no te acuerdes.
—Para nada es raro, como no lo escuchaba... —Dio una risotada.
—¿Recuerdas algún enfrentamiento del hermano con alguno de tus compañeros? Me refiero a un enfrentamiento fuerte, del que se hablara mucho después, del que todo el mundo se acuerda todavía.
—Sí, claro. ¿No se lo han chivado los curas?
Con el Sarmiento llegaron a las manos. Mejor dicho, llegó el Sarmiento, porque el hermano se tragó la hostia que le dio sin devolvérsela.
Lo que le diría el hermano para que el tío le saltara encima no lo sé, sólo comentó con nosotros que lo había hostiado.
¿De verdad no le han dicho nada los curitas?
El pobre Lorenzo era tan gilipollas que igual se lo calló.
Miré en mis fichas: Ignacio Sarmiento, otro de los llamados aparte de la lista. Estudiaría su ficha más tarde. La miré con desprecio.
—¡Vaya, una acción muy loable la de Sarmiento! Atacar a un hombre que está intentando ayudarte es de héroes, ¿eh?
—Es que a veces te dicen unas cosas que te revientan por dentro.
A mí el Lorenzo me repetía mil veces: «¿Eres consciente de lo que estás haciendo sufrir a tu padre?
¿Sabes de verdad que será culpa tuya si se pone enfermo?
». ¡Anda ya! Nadie le había dado permiso para meterse en mi vida. Yo no, desde luego.
—¿Por qué vienes a este centro, Natalia?
—¿Y tú qué crees? ¡Porque soy menor y mi padre me obliga!
Mi padre, otro que tal. Dice que él es un obrero y tiene fe en la justicia social y en la lucha por la igualdad y qué sé yo cuántas chorradas.
Dice que hay que trabajar y ser honrado.
Le pagan una mierda por deslomarse y ahí lo tienes.
Está igual de pasado que estaba el hermano.
¡Tengo unas ganas de cumplir dieciocho y largarme de casa!
—Entiendo. ¿Dónde estabas el día y la hora en que asesinaron al hermano Santos?
—Sobando, en mi habitación. Y no pude salir de ninguna manera porque mi padre echa la llave por fuera y se la lleva a su cuarto. No quiere que me largue, ya ves cuánto me quiere.
—Lo comprobaremos.
—Por mí...
—A ti no te importa nada, ¿verdad, querida niña?
—Me importa mi vida.
—Pues si sigues así me da la impresión de que tu vida va a ser una puta mierda, aunque a mí eso no me quitará el sueño, te lo aseguro.
Después de soltarle tamaña perla, me levanté de golpe y le hice una seña a Garzón para que nos marcháramos. La querida niña sonreía con una mueca que me pareció espantosa. A la salida estaba el hermano Tomás, haciendo de cancerbero. Antes de que pudiera preguntarnos nada, me dirigí a él.
—Ahí le dejamos a su tesoro, hermano. Si saca algo positivo de ella empezaré a creer en los milagros.
El salesiano se precipitó al interior de la sala y nosotros alcanzamos la salida del centro a uña de caballo. No tenía malditas ganas de dar explicaciones. Tampoco las tenía cuando minutos más tarde, ya en el coche, el subinspector comentó.
—¿Por qué le ha dicho eso de la puta mierda a la chica, inspectora? En realidad, no hacía falta.
—¿Quiere que se lo explique sinceramente, Fermín?
Se lo he dicho porque esa chica me carga.
Me cargan su actitud, su manera de hablar, su desprecio por todo y por todos, su ingratitud, su impertinencia...
Puedo seguir con más razones, pero no creo que sea necesario.
No me sorprendería nada que fuera ella quien se ha cepillado a Santos.
—Tiene coartada, estaba encerrada en su casa.
—Coartada relativa. ¿Quién le asegura que no le robó la llave a su padre? Pudo haberlo hecho y, en ese caso salir, matar al hermano Lorenzo, volver a su casa y reintegrar la llave a su sitio. No le hubiera costado un gran esfuerzo. Llame a declarar al padre.
—A sus órdenes, inspectora.
—¿A usted le ha conmovido el relato de esa nenita?
—No sé qué contestar. Por una parte, la chavala me da tanta grima como pueda darle a usted, pero luego pienso en las circunstancias duras por las que ha tenido que pasar: sin madre desde pequeña, en un medio social tan pobre, con un padre que debe de pasarse trabajando la mayor parte del tiempo...
—Sí, pero le recuerdo que hay cantidad de gente pobre que ha perdido a su madre o padre en la niñez.
¿Todos son rebotados sociales, a todos les importa un carajo la suerte de los demás?
No, estoy convencida de que no. Este angelito ha tenido opciones para salir del rencor y del odio, pero ha preferido no hacer el más mínimo movimiento, dejarse llevar, arrastrar a todo el que la rodea con su estado de ánimo y sus problemas. No me inspira ninguna piedad.