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La tía del hermano Lorenzo se llamaba Isabel, pero muy bien hubiera podido llamarse Angustias, porque angustia emanaba su gesto, su porte, su manera de hablar.
Frisaba los ochenta años y no parecía haber llegado a ellos en excelente estado de salud.
Jadeaba por el esfuerzo de alcanzar mi despacho después de un viaje desde Pamplona que debía de haberla agotado físicamente y estaba pálida como un cadáver.
Por fortuna, su mente sí daba la impresión de claridad y sensatez.
Vino acompañada por una chica que resultó ser hondureña, contratada para cuidarla en su propio hogar.
Garzón, siempre sensible a las cuestiones de edad, le ofreció agua, café, la ayudó a sentarse y no hizo más ofrecimientos que le brindaran comodidad ya que nuestra comisaría tenía claras limitaciones en ese aspecto.
Sin embargo, la buena señora fue declinando cualquier invitación con rostro compungido, y sólo su cuidadora se apuntó a la idea del café.
Mientras el subinspector iba en busca de la bebida, yo permanecí callada, con los ojos fijos en la pantalla del ordenador.
Lanzando alguna mirada furtiva comprobé que doña Isabel tenía intención de echarse a llorar en algún momento, porque, muy prudentemente, buscó en su bolso un paquetito de pañuelos y lo colocó con esmero al alcance de su mano.
Ese detalle me dio la impronta de lo que debía evitar durante el interrogatorio, que era justo lo que estaba haciendo mi subalterno: mimar a la testigo, intentar la máxima delicadeza y tratarla como si ser viejo fuera sinónimo de ser retrasado mental.
Convencida de la táctica que debía emplear, en cuanto Garzón se brindó a echar él mismo el azúcar en el vasito de la asistenta, y mucho antes de que la testigo tuviera la tentación de emplear los pañuelos, le espeté:
—Isabel, ¿su sobrino era un hombre normal?
La conmoción por mi pregunta fue unánime, y hasta la hondureña, que parecía ajena a la situación, puso los grandes ojos oscuros como platos. La interpelada miró hacia todas partes como si esperara la llegada salvadora de Superman.
—No entiendo a qué se refiere —masculló.
—En fin, usted lo conocía desde muy pequeño y debe de saber si se comportaba siempre como un chaval normal y corriente, si era revoltoso, muy sociable o solitario, si tuvo muy pronto inclinaciones religiosas, si era buen estudiante...
, ya sabe, todas las características que podrían definir su retrato robot psicológico.
Un poco más tranquila, la señora respondió:
—¡Ah, eso! ¡Qué le voy a decir! Para mí fue siempre el chico más maravilloso del mundo.
Se quedó huérfano de padre y madre muy pronto.
El padre murió en un accidente laboral y mi hermana de cáncer dos años después.
No tenían más hijos. Lorenzo se quedó solo y lo adopté yo, que era y sigo siendo soltera.
Hay gente que aún me dice que si no me he casado es porque he dedicado la vida entera a mi sobrino, pero eso no es verdad.
Lorenzo me ha dado siempre fuerza y alegría, ganas de vivir, satisfacciones.
A mí el amor romántico nunca me interesó demasiado, tener marido me parecía una obligación que no me apetecía en absoluto.
Educando y atendiendo a mi sobrino he sido muy feliz.
Era bueno, compasivo, el mejor alumno de todo el colegio, amable, considerado.
No hubiera podido pedir más ni en sueños.
—¿Siguió siendo igual en la adolescencia?
Hizo un breve gesto de sorpresa. Jugueteó un momento con los anillos que llevaba puestos. Bajó la vista, sonrió.
—Por todo lo que les he dicho a lo mejor han pensado que Lorenzo era una especie de repelente niño Vicente , un chico demasiado apegado a mí, un angelito con alas.
Pero no, debo decir que cuando cumplió años...
—Hizo una pausa larga y luego añadió—: Lo cierto es que le gustaban las chicas una barbaridad.
—Es posible que no fuera un ángel, pero que le gustaran las chicas no significa que fuera un demonio.
—No, claro que no, pero salía con muchas chicas distintas, y lo que pasó fue que a veces faltaba a clase sin justificación, dejó de estudiar y sus calificaciones empezaron a ser un desastre.
—¿Hizo usted algo al respecto?
—¡Naturalmente que sí, Lorenzo estaba bajo mi responsabilidad!
Lo que hice fue hablar muy seriamente con él y algo muy importante: lo llevé a ver a mi confesor, el padre Cifuentes, que en paz descanse.
Yo siempre he sido una mujer muy religiosa: mi sobrino me acompañaba a misa cada domingo, y también a los oficios en Semana Santa y a la misa del gallo en Nochebuena.
—¿El padre Cifuentes mejoró las cosas?
—Lorenzo hablaba con él cada semana. Nos aconsejó que rezáramos el rosario juntos diariamente.
Pero el padre Cifuentes era ya anciano y un poco chapado a la antigua, así que a él mismo se le ocurrió que podía seguir las conversaciones con el padre Ezquerra, un cura algo más joven que había sido pupilo suyo y que se entendía muy bien con los muchachos.
Y ahí estuvo la solución. El padre Ezquerra charlaba con él dos veces al mes, y su influencia fue tan buena que mi sobrino volvió a ser el que era: un chico formalísimo, aplicado y trabajador, una maravilla.
—¿La influencia fue tan grande como para que su sobrino siguiera la carrera religiosa?
—Siempre he creído que sí, que ese santo varón le devolvió la fe y las ganas de vivir piadosamente hasta el punto de darse cuenta de cuál era su auténtica vocación.
Nada de amores que van y vienen, sino el amor a Dios, que es eterno y nos da la felicidad.
Pienso que no me equivoqué, porque a Lorenzo siempre lo vi feliz.
Y eso que su decisión de ingresar en los jesuitas me obligó a separarme de él, pero acepté su voluntad, que era la voluntad de Dios.
—Supongo que tiene los datos del padre Ezquerra para que podamos hablar con él.
Se llevó teatralmente una mano al pecho, suspiró, se santiguó.
—No, inspectora. Al padre Ezquerra lo atropelló un coche hace años.
Iba dando un paseo por las afueras de la ciudad y un desalmado lo atropelló y no paró siquiera para brindarle socorro o avisar a una ambulancia.
Allí murió el pobre, allí solo, desangrándose.
—Se echó a llorar, repitiendo en voz baja—: ¡Dios mío, tanta muerte, tanta maldad!
, ¿por qué lo permites, Dios mío, por qué?
La reacción que había temido al principio llegaba en el momento final.
Aquella mujer se volvió inconsolable después de haber guardado la compostura durante todo el interrogatorio.
Le agradecí mentalmente el detalle, no sé si hubiera podido soportar un aluvión de llamamientos al Altísimo entre pregunta y pregunta.
El subinspector las acompañó hasta la salida con gran demostración de atenciones. Cuando regresó, temí que la sarta de lamentaciones viniera de él mismo.
—¡Pobre anciana! Llegar a su edad para encontrarse con el crimen de quien más amaba en el mundo, del hombre a quien había dedicado la vida entera.
—¿Ha oído usted hablar del prototipo de la madre castradora?
Pues tengo entendido que el de la tía castradora es todavía peor.
¡Menuda elementa! Años y años dándole el coñazo al pobre muchacho: estudia, reza, pórtate bien...
Encima lo priva de la posibilidad de echar un polvo a su debido tiempo y, por si fuera poco con todo eso, le endilga a un cura para que lo convenza de meterse a jesuita.
Sinceramente, Garzón, a mí quien de verdad me parece digno de lástima es el hermano Lorenzo.
—¡Caray, inspectora, qué dureza! Cada uno es como es, y no le quepa duda de que esa señora hizo las cosas por el bien de su sobrino, al que quería más que a nadie en el mundo.
—¡De eso nada! A quien más quiere es a Dios. ¿Y sabe qué sucede con las personas que quieren tanto al Creador? Pues que, como nunca se lo encuentran cara a cara, acaban queriéndose a sí mismos y en paz.
—Es usted dura como una piedra.
—Sí, gracias a Dios lo soy. De todas maneras, subinspector, vuelve a sorprenderme usted.
Esa ancianita es una especie de reminiscencia del pasado español más abyecto.
Personas que no se dan a sí mismas la posibilidad de vivir con libertad y que, mediando la religión, juzgan a todo el mundo y son incapaces de modernizarse y enterarse de una maldita vez de lo que pasa a su alrededor.
Creía que a usted ese tipo de gente le daba grima.
—Desde luego que no apruebo cómo viven ni cómo son, pero en el fondo tampoco tuvieron muchas oportunidades de escoger. Antes España era así.
—Pues menos mal que van quedando pocos supervivientes de aquella época.
Se encogió de hombros y me miró como si por expresar mis opiniones necesitara a un psiquiatra o incluso un guía espiritual.
En fin, al menos el interrogatorio de aquella vieja beata me había servido para colocar la personalidad de la víctima en su contexto.
En días anteriores habíamos hablado sobre la posibilidad de que Lorenzo hubiera sufrido un trauma que lo condujera al alcohol.
Yo había pensado en desencadenantes fuertes, importantes, cosas de una cierta gravedad.
La muerte de sus padres quedaba muy lejana, ¿quizá la de su mentor, el tal padre Ezquerra?
Lástima que hubiera muerto atropellado, hubiera sido básico hablar con él, preguntarle sobre la evolución vocacional de nuestra víctima, sobre su decisión de ingresar en la Compañía de Jesús en vez de hacerse cura secular.
Si el mentor hacía años que había desaparecido del mapa, tampoco podía ser su atropello la causa del alcoholismo del hermano.
El estado de su hígado atestiguaba que había empezado a beber, pero obviamente mucho tiempo después de quedarse sin consejero religioso.
No, si seguíamos con la hipótesis del trauma, debíamos buscar en otra parte.
Y, sin embargo, tras las explicaciones de su segunda madre, todo daba la impresión de ser una balsa de aceite, un lugar donde las tormentas interiores o los grandes pecados no tenían cabida.
¿Había dejado preñada a una de aquellas chicas que «iban y venían», acaso la había hecho abortar?
¡Pero si tenía diez u once años! Improbable a su edad y en una capital de provincia; todo el mundo se hubiera enterado y el escándalo habría sido monumental.
Su propia tía hubiera tomado cartas en el asunto y, de haber sido así, nos lo hubiera contado para demostrar con un dato más hasta qué punto, gracias a su tutela, su sobrino había abandonado la senda del mal.
Suspiré profundamente, las especulaciones suelen darme dolor de cabeza si no tengo a alguien con quien contrastarlas, pero, desde la muerte de Marcos, el simple hecho de hablar me suponía un esfuerzo ciclópeo.
Parlotear, cascar, rajar..., todos los sinónimos de comunicarse que me venían a la mente eran siempre despectivos, verbos que evidenciaban la inutilidad, el modo prescindible de usar la voz.
En cualquier caso, aún no era el momento de especular, sino de centrarse en el próximo paso que exigía la investigación.
Y esta presentaba tantos frentes que debíamos abrir un nuevo campo.
Se me ocurrió que había llegado el turno de los chicos conflictivos.
Interrogarlos me apetecía tanto como una ducha fría en enero, pero hay que olvidarse de las apetencias cuando pretendes ser seria y profesional.
Yo lo pretendía, dejadas de lado definitivamente las aspiraciones de ser alegre y confiada.