5
Necesitábamos rápidamente la colaboración de Luisito.
No me hacía demasiada gracia hablar con él, detestaba su zafiedad impostada, pero tratándose de un compañero de piso de la víctima, nadie mejor para hablarnos de las costumbres etílicas de Santos.
Sabía que nuestros hombres ya habían realizado una inspección de la vivienda, pero le dije a Garzón que lo citara allí.
Ahora que habíamos entrado en aspectos de la vida privada, quería echar una ojeada por mí misma.
Como la casa parroquial estaba cerrada temporalmente, Luisito no trabajaba, tenía mucho tiempo libre y no puso ninguna dificultad en el horario que le propusimos. Tampoco le extrañó que escogiéramos su casa para el encuentro, aunque fue lo primero que preguntó cuando nos abrió la puerta.
—¿No quieren que vuelva a sacar la jeta por comisaría o es que vienen a husmear?
No respondí.
Antes de observar cualquier detalle del apartamento, me volví hacia él bruscamente.
—Oiga, hermano Luisito...
—Ya le dije que no hace falta que me diga hermano.
—Le llamaré exactamente como me dé la gana y no vuelva a interrumpirme nunca más. ¿Me ha entendido?
Asintió con cara de sorpresa. Se encogió de hombros, como demostrando que aceptaba mi autoridad, pero sin entenderla.
—Hermano Luisito, usted ha estudiado latín, griego clásico, filosofía, teología y no sé cuántas cosas más. ¿Es así?
Bajó la cabeza con modestia. Susurró en voz muy baja.
—Sí, bueno, algo de eso hay.
—En tal caso, ¿puede explicarme por qué habla tan mal?
Ahora sí parecía atónito, puede que le costara bastante quedarse fuera de juego, pero yo lo había conseguido.
—No sé qué quiere decir —balbució.
—Lo sabe la mar de bien, habla como un maldito quinqui, como un tipo barriobajero, como alguien que no hubiera leído un libro en su puta vida. ¿Me entiende ahora?
—Pero, inspectora, en el ambiente en el que me muevo..., yo... De todos modos, ¿y a usted qué más le da?
—Me da muchísimo, fíjese bien. Me hiere su zafiedad, su falta de educación, su descuido y desprecio hacia nosotros.
—¿Desprecio?
—Desprecio, sí. Tiene toda la capacidad de escoger su vocabulario y hablar más decentemente, pero ¿para qué hacerlo con un par de maderos, seguramente más incultos que la madre que los parió?
Hubiera jurado que incluso palideció. Garzón se removía inquieto a mi lado, sin duda pensaba que, desde el punto de vista profesional, mis invectivas no hacían sino alterar al testigo, estropeando su disponibilidad para contarnos cosas de interés.
Luisito se pasó las manos por la cara, parecía consternado.
—Le aseguro que en ningún momento he pensado nada parecido, en serio. Hablo con todo el mundo igual. Me ha dejado usted jodido..., anonadado, quiero decir.
—Está bien, no le demos más vueltas. Limitémonos a un estilo coloquial, pero tirando a estándar. Vamos a los temas que nos han traído hasta aquí.
Por fin me fijé en el pequeño salón en el que estábamos.
Lo más llamativo: las paredes estaban cubiertas en su totalidad por estanterías atiborradas de libros.
No había espacio para cuadros ni otros elementos decorativos.
Una mesita de centro y dos sillones orejeros de época matusalénica ocupaban casi toda la estancia.
Dos macetas con geranios en el minúsculo balcón.
Ni una cortina, ni un cenicero..., nada superfluo, nada ornamental.
Luisito se había quedado callado por completo.
No comprendía nuestra presencia, o quizá fingía con bastante buen resultado un desconcierto total.
Me alegré de haber iniciado nuestro encuentro con cuestiones dialécticas, aquello le había roto cualquier estrategia, como por ejemplo la sensación de normalidad que solía trasmitir.
—Nos gustaría ver la cocina —afirmé, aumentando su perplejidad.
—Sí, está ahí mismo. Este piso es muy pequeño.
Regresó al corredor por el que habíamos entrado.
Abrió una puerta de cristal opaco. Era una cocina cutre, pero estaba ordenada y limpia.
Pedí permiso para pasar muy pegada a él, apenas cabían dos personas en el cubículo.
Se quedó en el quicio junto a Garzón, ambos mirándome con curiosidad.
Empecé a inspeccionar el interior de todos los armaritos.
Nada fuera de lo normal: cristalería, cubiertos, paquetes de arroz y macarrones, de harina y sal.
Abrí la minúscula nevera. Tampoco allí hice descubrimiento alguno: agua, yogures, quesos, botellas de leche.
No olvidé dar una ojeada al congelador: un paquete de verduras variadas y dos barras de pan.
—Muy bien. Ahora llévenos a la habitación del hermano Lorenzo.
Regresamos al salón. Allí una puerta daba a un mínimo distribuidor con un dormitorio a cada lado y un cuarto de baño en el centro.
—Aquí dormía el hermano.
La impresión que producía la estancia era inequívoca: una celda monacal.
Libros en las paredes, un catre estrecho, un armario de dimensiones mínimas y una mesa colocada bajo la ventana, con un flexo y una bandejita llena de bolígrafos y lápices en la superficie.
También un crucifijo de hierro sobre una peana cuadrada.
—Todas las libretas y papeles se los llevaron los otros policías. No eran cosas de trabajo, sino escritos de teología, cosas que estudiaba. Se lo advertí, pero igualmente arramblaron con todo.
En el interior del armario: cuatro camisas, dos pantalones y algunas sudaderas. Ropa barata y usada.
—Supongo que ahora querrán ver mi dormitorio.
Asentí y él me franqueó la entrada sin dudarlo. Otra celda monacal idéntica a la anterior con una sola diferencia, el crucifijo era un poco mayor que el de la víctima y no reposaba sobre la mesa, sino que estaba colgado en la pared.
—Me han encontrado estudiando, perdonen el desorden de mi pupitre. ¿Les abro el armario?
—No será necesario.
—Inspectora, ¿puedo hacerle una pregunta?
—Le escucho.
—Sus hombres ya hicieron una inspección muy exhaustiva de la casa. ¿Qué es lo que andan buscando, qué es lo que quieren encontrar? Cuatro ojos ven más que dos, ¿es eso?
—No es exactamente eso. Se tienen más probabilidades de encontrar algo cuando uno sabe lo que busca.
—¿Y?
—Volvamos a su sala de estar.
Como no había asientos suficientes para los tres, Luisito acercó una escalerita de las que se usan en las bibliotecas para alcanzar los estantes superiores y la colocó frente a los añosos orejeros. Se sentó aparentando calma. De pronto, hizo ademán de ponerse en pie de nuevo.
—Perdonen, soy muy mal anfitrión. ¿Quieren beber algo? Puedo preparar un café.
—No, gracias, está bien así, pero la conversación que quiero mantener con usted va de eso, justamente de beber. Hermano Luis, hemos recibido los resultados de la autopsia de Lorenzo Santos. Se han encontrado abundantes restos de alcohol en su cuerpo.
Aunque intentó disimular, el impacto de mis palabras en su cara fue muy evidente. Carraspeó, se puso colorado.
—¿Cree que el asesino le obligó a beber?
—No diga tonterías. El hermano Lorenzo bebía, era un alcohólico indudable. Según el forense estaba a un paso de la cirrosis. Hoy hemos venido para rastrear botellas, escondites, indicios de su dependencia del alcohol, pero usted ha hecho una limpieza concienzuda, ¿no es así?
Bajó la cabeza, guardó silencio. Tuve la impresión de que iba a echarse a llorar.
—¡Vaya, ya salió lo que tenía que salir!
—¿Era vox populi su adicción?
—No. Bueno, en el pasado alguna vez el superior general tuvo que llamarle la atención por algún pequeño incidente, pero eso ya quedó atrás.
—Para que lo entendamos, quedaron atrás las amonestaciones oficiales, quizá también los incidentes, pero él siguió con el alcohol. Dígame si me equivoco.
—En realidad ya consumía mucho menos.
—Un alcohólico es un alcohólico, incluso con rehabilitación. ¿Bebía o no bebía Lorenzo?
—Sí bebía, pero no hasta el punto de provocar situaciones comprometidas.
—¡Claro!, lo llevaba en secreto. Y usted lo ayudaba a que la cosa quedara entre los dos. ¿Me equivoco ahora?
—No, no se equivoca. Yo hice todo lo humanamente posible para que abandonara la bebida, rezaba por él, se lo pedí a Dios, pero fue imposible, estaba enganchado por completo.
—Habría podido aconsejarle que acudiera a un médico, que se inscribiera en Alcohólicos Anónimos, pero no lo hizo porque quizá eso habría destapado la realidad a ojos de todos.
—¡Hubieran podido echarlo de la orden! Y eso no lo habría soportado, inspectora, lo sé muy bien. Para el hermano su pertenencia a los jesuitas era su vida entera, su razón de ser.
—Cuando uno tiene tan clara su razón de ser no suele necesitar el alcohol. ¿Por qué bebía Santos?
—No lo sé.
—Se lo pregunto de nuevo, y esta vez quiero una respuesta. ¿Por qué bebía Santos?
—Inspectora Delicado, ya ha visto, lo han visto los dos: no he intentado mentirles, he admitido la adicción del hermano...
—¡Un momento, un momento, no ha sido precisamente así!
Al principio ha reaccionado echando balones fuera.
Luego, he ido dándome cuenta de que el registro de su casa le ha hecho ponerse cada vez más tenso.
Esta es la tercera y última vez que le repito la pregunta.
Después ya puede ir poniendo la otra mejilla, según sus enseñanzas, porque en la primera le habré dado un golpe de mucho cuidado. ¿Por qué bebía Santos?
Observé cómo el subinspector se erguía, apartando la espalda del desvencijado sillón.
Era como si la amenaza hubiera recaído sobre él y no sobre Luisito.
Estaba aterrorizado porque intuía mi disposición para llevar a cabo el mandato evangélico de abofetear la otra mejilla.
Sin embargo, el joven jesuita parecía hasta aliviado.
Escondió la cara tras las manos y, en voz queda, musitó.
—No lo sé, nunca lo supe, nunca se lo pregunté.
—Emergiendo del embozo añadió, con los ojos húmedos por las lágrimas que asomaban—: Era un hombre atormentado.
Trabajar en sus labores pastorales lo ayudaba, casi diría que lo hacía feliz, pero su estado natural era silencioso, grave, cargado por algún tipo de dolor.
Llegué a pensar que le abrumaban los sufrimientos de los seres humanos: los pobres, los presos, los enfermos... No podía existir otra razón.
—¿Y piensa que voy a creerme que dos personas que viven en la misma vivienda y tienen vínculos, llamémoslos laborales, muy estrechos, nunca intercambian una confidencia?
—Entrando en la orden renunciamos a la vida privada. Ya no eres el hombre que fuiste, sino el sacerdote que eres. No hay nada que contar, nada que decir. Si lo hubiera, sería una cuestión para el confesor.
—¡Pues vaya mierda de vida, hermano! ¿Y durante las borracheras no se le escapaba nada, ni siquiera entonces era capaz de ser sincero?
—Cuando bebía se recluía en su habitación y yo no salía de la mía. Nunca perdió el control. Supongo que se sinceraba con el Altísimo.
—¡Cojonudo!, y no le pido perdón por la expresión conociendo su doble registro de vocabulario. O sea, que uno se entrega a paliar el sufrimiento humano, pero es incapaz de sentirse concernido por el que sufre justo al lado, ya se las apañará con Dios.
—Dios es nuestro único juez.
—¡Y una mierda! Existen los jueces humanos, como por ejemplo el que instruye este caso, y ya veremos qué opina sobre su falta de colaboración.
—Pero, inspectora, el hermano ha sido la víctima, no el asesino.
—Cierto, pero buscamos las razones por las que ese asesino quiso acabar con la vida de Santos, y el tormento interior del que usted habla, su compulsión a beber, podría darnos alguna pista.
De manera que, a partir de este momento, póngase a pensar en todo lo que el hermano no le dijo ni siquiera cuando estaba como una cuba.
Volveremos a llamarlo, gracias por la hospitalidad.
Había empezado a caer una lluvia fina. Subimos al coche sin hablar, pero cuando estuvo al volante, el subinspector comentó:
—Para estar centrándonos en una mera hipótesis con lo del trauma se ha empleado usted a fondo, inspectora.
—¡Vaya, Garzón! No ha abierto usted la boca en todo el rato, y cuando lo hace es para lanzarme una crítica velada.
—Sólo era un comentario.
—Pues sí, me he empleado bien a fondo porque estos tíos de las órdenes religiosas me joden, ¿comprende? Ni sienten ni padecen, da la impresión de que se dejarían matar por la humanidad y luego resulta que todo les resbala.
—Yo creí que eso sólo les pasaba a los budistas.
—¡Y qué más da!, todos son por el estilo. Pero los monjes budistas están allí subidos a su Tíbet y no andan tocando los cojones por todas partes. Además, si tan mal le parece lo que hago, todavía está a tiempo de pedir que lo releven del caso. Espero haberme expresado con claridad.
No podía verlo de frente, pero noté que sus manos se tensaban. Le oí decir con firmeza:
—Lo pensaré, inspectora Delicado, de verdad que lo pensaré.
Tampoco en aquel momento me arrepentí de haber sido la mala de la película.
Todo el mundo tiene derecho a escribir su guion cinematográfico, a escoger su personaje y atribuirle un diálogo adecuado.
Siempre, todos los días de mi vida, había estado en escena representando un papel más o menos amable pergeñado por los demás.
Nunca volvería a repetir el error. Estaba jodida y jodidamente me comportaba, no había más que añadir.