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Devolvió el cuerpo a su estado anterior y, mientras caminábamos de vuelta, iba comentando su dosier de modo informal.
—No se defendió de la agresión. Nada de nada.
Ni el más mínimo signo de lucha. Lo apuñalaron desde delante, así que tampoco corrió para ponerse a salvo.
La fuerza de las puñaladas no fue excesiva y la trayectoria no indica si el atacante era más alto o más bajo, quizá tenía una estatura parecida.
Los impactos no eran certeros, lo apuñaló al buen tuntún, pero dos de los navajazos le impactaron uno en el cuello y otro en el corazón. Mortales de necesidad.
—Lo sorprendieron.
—O conocía al atacante, es cosa de ustedes averiguarlo. Por lo demás, no había consumido drogas ni medicamentos, tampoco había comido. Lo único sorprendente, la bebida.
—¿La bebida?
—Se le encontró una cantidad considerable de alcohol en sangre. Y beber no debía de ser una costumbre inusual en él. Tenía el hígado bastante tocado. Yo juraría que de haber cumplido un par de años más, se le hubiera declarado una buena cirrosis.
—¡Carajo! —exclamó el subinspector desde el fondo de su alma—. Pero eso es muy extraño siendo eclesiástico.
—¡Quién sabe! « Ora, labora et mama», quizá añadió un imperativo más a la práctica monástica —rio Nemesio.
Nuestros comentarios a la salida pivotaban en exclusiva sobre el hallazgo alcohólico.
Un hombre que había sido definido como compendio de virtudes, un individuo cuya filosófica pureza lo llevaba al extremo de no portar teléfono móvil, un sacerdote que consagraba su vida a reformar las de los jóvenes descarriados...
, ¿por qué le daba a la priva inmoderadamente?
—Bebía para poder soportar la dureza de su trabajo —aventuró Garzón.
—Llevaba muchos años haciendo ese trabajo, debía de estar acostumbrado —objeté.
—Sí, pero en vez de habituarse al trabajo se habituó al alcohol que bebía para aguantarlo —bromeó mi subalterno.
—No le digo que no, es una posibilidad, pero después de leer algunos de los informes que escribía, no tuve la impresión de que se tomara las cosas muy obsesivamente. Parecía un hombre equilibrado.
—Sí, pero a la dureza del trabajo hay que sumar la dureza de la vida sacerdotal: carecer de propiedad privada, tener que reportar a un superior, dejar de lado la libertad, no estar casado, es decir, no follar...
—Dudo de que todos los jesuitas cumplan con esos preceptos a rajatabla.
—En cualquier caso, no hay ninguna regla que prohíba el alcohol. El hermano Lorenzo no era musulmán.
—¿Está usted seguro? ¿Las órdenes religiosas permiten beber hasta reventarse el hígado?
—Puede que no esté escrito porque parece obvio, pero si no está escrito en las reglas no se peca al hacerlo, es obvio también.
Cuando todos vivían en el seminario y les soltaban una sopa vegetal y agua del grifo para cenar, no tenían más remedio que joderse.
Pero ahora ya van por libre, supongo que pueden escoger...
—Veamos, Fermín, si tan difícil le resultaba la vida eclesiástica, ¿no hubiera sido más fácil para él colgar los hábitos en vez de convertirse en un alcohólico pertinaz?
—El hermano andaba por los cincuenta años.
Si abandonaba la orden, ¿qué coño podía hacer en la vida civil?
Ya ha visto que los jesuitas estudian un montón: teología, filosofía, latín...
¿Y de qué sirven todas esas cosas en el mundo actual?
De nada, de nada en absoluto. Es más que probable que al bueno de Santos no le hiciera maldita gracia verse a su edad como repartidor de pizzas o llenando depósitos en una gasolinera.
Di varios cabezazos de asentimiento. La teoría tenía solidez siempre que se aceptara la idiosincrasia de mi compañero, basada en lo puramente material.
Yo no me atrevía a descartar otras razones para beber: un trauma, mal de amores, problemas de conciencia...
Unamuno escribió San Manuel Bueno, mártir , que trata sobre la tortura mental de un clérigo que sigue en sus funciones aun habiendo perdido la fe en la existencia de Dios.
Tampoco dejaba de lado la opción de que el hermano bebiera por beber.
Al escritor inglés Malcolm Lowry, bebedor empedernido, le preguntó un periodista por qué era tan aficionado al alcohol.
Él solventó la impertinencia del plumilla respondiendo: «Es que me gusta mucho beber».
No introduje en la conversación aquellas referencias literarias porque Garzón me hubiera enviado al infierno. Sí desgrané en voz alta las otras dos ideas.
—¿Y qué me dice de un trauma?
—¿Un trauma infantil como esos que cuentan en las películas americanas?
—A ver, Fermín, la gente se traumatiza en la vida real, no todo el mundo es un gladiador invicto como usted.
Y no siempre son traumas de cuando eran pequeñitos, pueden haber sufrido una mala experiencia adulta que los marcó, una época desgraciada que no logran superar, lo que denominamos un trauma, en fin.
—¡Me ha encantado lo del gladiador invicto! Prefiero eso a ser un boxeador sonado.
Permanecí seria. No tenía malditas ganas de bromear y me reproché haber dado pie a una respuesta jocosa que aligerara la conversación. En ausencia de reacción por mi parte, el subinspector recobró el tono neutro y profesional.
—Vale, supongamos que el hermano Lorenzo estaba traumatizado por alguna razón. ¿Y qué hacemos con esa suposición, nos sirve para algo?
—Le recuerdo que estamos limitándonos a conjeturar por qué bebía la víctima. Veremos más adelante si eso nos ayuda o no.
—De acuerdo. ¿Tiene alguna conjetura más?
—La tengo. El mal de amores.
—Si me lo explica un poco mejor, igual entiendo dónde quiere ir a parar.
—Imaginemos que existe una mujer, o que existió en el pasado.
El hermano se enamoró locamente y quizá también ella de él.
Se ven, se citan, dan rienda suelta a las pasiones, la relación se dilata en el tiempo...
Sin embargo, hay muchas dificultades. Él es jesuita, vive ese amor con culpabilidad, pero no se atreve a tomar la decisión de abandonar el claustro, hasta que ella se harta y lo manda al carajo.
Es una historia clásica, sólo que aquí cambiamos a la esposa oficial, que es lo que suele atormentar al enamorado, por la unión con Dios.
—Y entonces el hermano se queda hecho una mierda y se pone a pimplar sin moderación. Tiene sentido, es una buena hipótesis, aunque suena como un puto culebrón.
—La gente vive muchos putos culebrones en su puta vida, Fermín, o eso o el aburrimiento. Sus posibilidades no suelen dar para más.
—Pero hay algo que no acaba de cuadrarme en la historia. Si Santos empezó a beber a raíz de un desengaño, ¿por qué tenía el hígado tan perjudicado? Para estar a punto de la cirrosis hace falta tiempo.
—¿Y quién le dice que se trata de un desengaño reciente? Pudo ocurrir hace muchísimo tiempo. La frustración del jesuita fue a mayores, se sintió miserable y ruin, buscó consuelo en el alcohol y se aficionó a empinar el codo. Las melopeas disminuían el dolor moral y aumentaban su autoestima.
—Pues esas precisiones me joden cantidad, inspectora.
Cuando ha empezado con el culebrón ya me había hecho ilusiones.
La mujer despechada espera al hermano a las puertas de la casa parroquial y, ¡zas!
, lo cose a puñaladas como una hábil costurera.
Pero si ha pasado el suficiente tiempo como para joderle el hígado al hermano, ¿a santo de qué va a presentarse la amante en el lugar de los hechos para perpetrar una venganza amorosa?
—Del mismo modo que él no fue capaz de olvidar aquel amor frustrado, ella tampoco lo hizo. Vivía con la obsesión del abandono, pensaba que su vida se había malogrado y, no pudiendo soportar más la desazón interior, decidió cargárselo.
—¿Nunca ha pensado en escribir guiones para la tele? Lo haría bien. Aunque yo le pondría un interrogante: ¿por qué la antigua amante escoge ese día, esa ocasión?
—Puede tratarse de un aniversario: hacía cinco años que se separaron, quizá diez...
Inclinó la cabeza de lado como los perros cuando no entienden algo, guardó un momento de silencio y preguntó al fin.
—¿Y vamos a seguir esa línea de investigación?
—No especialmente, pero le aseguro que no vamos a dejarla de lado. Si alguna vez lo hago, recuérdemelo.