Bajo el cielo infernal (Petra Delicado 15) 4 #2
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Después de comentarles la importancia de tratar bien a los padres, han saltado algunos gritos de crítica: «¡Primero que me traten ellos bien a mí!

». Hubo risas. «Pues yo no puedo tratar bien a mi padre porque se las piró antes de que naciera.

Ni lo conozco.» Más risas. «¡Pues ojalá el mío se hubiera pirado también, porque hasta que cascó fue un pedazo de cabrón!

» Dejo que acabe la fase de exabruptos y me centro en la figura materna, aquella mujer que a todos nos ha dado la vida, comparo a la madre terrenal con la del Cielo, la Virgen María.

Los insto a pensar en lo que ha hecho su madre por ellos.

Les pido que recapaciten sobre las veces en que su comportamiento las ha hecho sufrir.

Silencio total. De repente Natalia López levanta una mano y dice, desafiante: «La mía era un putón que me dejó tirada en casa de mi abuela a los dos años.

No he vuelto a verla más, ni ganas». Nadie se ríe, nadie organiza el más mínimo jolgorio.

Silencio y caras serias. Decido tener sesiones privadas con Natalia.

No me molesté en leer más informes sobre las sesiones generales.

Si a los que presentaban una conflictividad evidente los citaba aparte, era ahí donde había que buscar.

Tal y como me dijo el subinspector, cinco nombres se repetían: Ignacio Sarmiento, Jorge Donoso, Iván González, Óscar Montes y Natalia López, la única chica.

Obviamente no había conseguido convencer de las bondades maternales a Natalia en una sola visita individual.

Garzón había entresacado del ordenador las fichas de los cinco muchachos.

Me llamó la atención que junto al nombre de Iván González figuraba una crucecita entre paréntesis.

El hermano había escrito: «Fallecido en accidente de tráfico.

Conducía una moto robada y había consumido estupefacientes. Dios se apiade de su alma».

«Uno menos que evangelizar», pensé con malicia.

Me maravilló, y no por primera vez en mi vida, la capacidad del catolicismo para formar una bola bien redonda con todas las desgracias y, de una patada, apartarlas de la realidad del mundo: «Es la voluntad de Dios», «Que Dios se apiade de su alma», «Los designios de Dios son inescrutables» y otras fórmulas que siempre conducen al buen conformar, a no preguntarse, a dejar pasar la vida con aceptación.

Ojalá yo hubiera sido creyente y, confortada por la fe, hubiera podido tragar sin tanto dolor la copa amarga de la muerte de Marcos.

Siendo creyente hubiera podido incluso no conformarme, pero sí tener un ente abstracto ante el que protestar, enfrentarme al divino tribunal y clamar: «¿Por qué, para qué, era necesaria tanta crueldad?

». Lo hizo hasta el propio Jesucristo durante su calvario: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

». No obtuvo respuesta, aunque el muy enchufado de Cristo resucitó tres días después de morir.

¿A quién iba a invocar yo, a la vida, al destino, a las fuerzas del bien o del mal?

No existe interlocutor espiritual para un ateo y, naturalmente, Marcos no había resucitado ni a los tres días ni a los tres meses. Nunca volvería a vivir.

Noté cómo la ira hacía de nuevo presa en mí y, pasando la página de un manotazo, me dije: uno menos que llevar al buen camino y uno menos que investigar.

Hacía un año (tampoco hubo resurrección) que había ocurrido aquel accidente de moto birlada, el tal Iván podía descansar en paz, caía de la lista de los sospechosos por su propio peso.

No fui capaz de seguir trabajando. Bajé al salón, me serví un lingotazo y me tumbé en el sofá esperando a que el sueño llegara.

Advertí que había llegado cuando unas gotas de licor derramado me refrescaron la pechera.

Para la actividad inactiva que deseaba, el lugar más indicado era la cama. Obré en consecuencia.

Garzón me esperaba a la mañana siguiente en mi propio despacho. Iba a soltarle órdenes antes de darle los buenos días: ayudarme con las fichas de los chicos conflictivos, ver a quién citábamos primero y elaborar un cuestionario más o menos común. Sin embargo, él se me adelantó con una noticia.

—Han llegado el informe y el vídeo de la autopsia. ¿Quiere que lo veamos juntos, inspectora?

—Ni hablar, ya sabe lo que opino al respecto. Vamos directamente a hablar con el forense.

—Pero no tenemos cita.

—Ni falta que hace, no vamos al dentista.

—Pero podemos encontrarlo practicando otra autopsia.

—Pues que la deje. Los muertos saben esperar muy bien.

Ni siquiera se atrevió a encogerse de hombros.

Se endosó una especie de sahariana de un verde indefinido que nunca le había visto.

Era como si se dispusiera a iniciar un safari.

En el coche no intercambiamos ni una sola palabra.

Las mañanas no eran la parte del día en la que me encontraba mejor.

Me dediqué a mirar por la ventanilla a los transeúntes: padres que acompañaban a sus niños al colegio, personas que acudían al trabajo apretando el paso, repartidores de paquetes...

Todos parecían tener claro su objetivo. «Felicitaciones, Petra», me dije, también yo acudía a un lugar concreto con un propósito definido.

¡Bendito trabajo!, en caso de no estar desempeñándolo, me hubiera limitado a vagar de una calle a otra, convertida en un fantasma madrugador.

Como era de esperar, la recepcionista del Anatómico Forense nos preguntó a quién queríamos ver y si teníamos cita.

Miré a Garzón, ni siquiera me había preocupado de saber el nombre de nuestro médico.

Le oí decir: «Nemesio Quintanar». Con ese nombre sólo cabían dos posibilidades: o era un hombre mayor o acababa de llegar de un pueblo pequeño.

—No tenemos cita —me apresuré a responder yo.

—Pero es que en ese caso...

—Llame al doctor Quintanar inmediatamente, yo le explicaré todo a él. Soy la inspectora Petra Delicado.

No utilizó ningún interfono, sino que se levantó y salió con cara de ningún amigo.

Al cabo de un rato regresó exhibiendo un gesto más suave.

Cinco minutos más tarde apareció nuestro hombre, que, en efecto, tenía bastante edad.

En España, a nadie le han puesto como nombre Nemesio en los últimos cincuenta años, una modernización del país.

No debía de haberle molestado en exceso nuestra visita intempestiva, porque sonrió y nos hizo pasar.

—Llevan ustedes el caso del hermano Lorenzo Santos, ¿verdad? Esta misma mañana he mandado todos los datos a su nombre y comisaría. Quizá no han pasado aún por allí.

—Sí —se aceleró el subinspector—, los datos obran en nuestro poder, pero como se trata de un caso tan especial hemos pensado que...

—No me fío de los informes ni de los vídeos. Quiero ver las cosas con mis propios ojos y escucharlas con mis propios oídos. Ya está bien de online, tecnología, grabaciones y todo lo demás —lo interrumpí sin piedad.

Quintanar pareció quedarse atónito un instante, y me dejó a mí en el mismo estado cuando exclamó:

—¡Yo tampoco me fío! Han hecho muy bien en venir personalmente.

Ya estoy harto de sesiones de Zoom, de notificaciones vía intranet cuando tienes al colega justo al lado, de poner cámaras y micrófonos para cualquier cosa.

¡Hasta las narices estoy! Afortunadamente, me queda muy poco para la jubilación.

Dudo de que llegara a acostumbrarme a trabajar en este plan.

Me privé de lanzar ninguna mirada triunfal sobre el subinspector, limitándome a seguir al doctor Nemesio pasillo adelante. Aun habiendo optado por la moderación, arriesgué un poco más, sólo por jugar.

—Todo cambia, doctor. De acuerdo en que algunas cosas son útiles y necesarias, pero hay otras que no se explican, como por ejemplo la manía de ponerles a los recién nacidos nombres absurdos. Kevin, ¿desde cuándo alguien en su sano juicio escoge que un hijo suyo se llame Kevin?

Fue como si se hubiera disparado una espoleta. El forense entró al trapo inmediatamente.

—No me hable de eso, por favor. Mi abuelo se llamaba Nemesio, también mi padre. Yo le puse a mi hijo Nemesio, y ahora se hace llamar Nemi, pero ¿sabe por qué nombre atiende mi nieto mayor? ¡Diga, diga algo!

—No se me ocurre, ¿quizá Tristán?

—Eneko, la pobre criatura se llama Eneko, un nombre vasco que al parecer significa «mi pequeño». Y yo me pregunto: ¿qué tiene nuestra familia en común con el País Vasco? ¡Nada, absolutamente nada, pero si somos originarios de Alpedrete!

—No se haga cruces, doctor. A mí mucha gente me dice que debería cambiar Petra por algo más moderno, menos rústico.

—¡Bah, este país se ha convertido en un nido de gilipollas, gilipollas y esnobs! —Sin tránsito advertible hacia otro tema, preguntó—: ¿Quieren ver el cadáver?

—Sería interesante.

Nos llevó hacia el depósito y abrió la cámara del hermano Santos, descorrió la cremallera.

La tez ligeramente azulada era el único vestigio de muerte.

La gran ladrona no había conseguido arrebatarle los rasgos nobles de la cara, la dignidad del gesto.

Se hubiera dicho que dormía en paz, incluso con una ligerísima sonrisa insinuada en la boca.

Se lo comenté a Quintana, que se encogió de hombros.

—Sí, sucede con algunos cadáveres, aparentan placidez.

Antes, el saber popular sostenía que era porque no habían sufrido en el tránsito.

No se trata de una apreciación muy científica, así que, aunque yo a veces he llegado a pensarlo, no se me ocurriría escribirlo en una ponencia médica, por supuesto.

La hipótesis carece de todo fundamento racional.

Está claro que la razón no siempre lo explica todo, pero, en este caso, con la cantidad de puñaladas que le asestaron, dudo de que se sintiera muy feliz.

—A lo mejor le dio tiempo a pensar que se acercaba a la Gloria, como cura que era —comentó Garzón.

—Puede ser —admitió el forense—. ¿Quieren ver las puñaladas?

—No será necesario.