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Al vivir sola, había vuelto a una vieja costumbre: llevarme trabajo a casa.
El estudio que Marcos había hecho construir en el último piso estaba ya vacío.
Me había dado prisa en sacar sus cosas de allí.
No soportaba entrar en él y ver su mesa de trabajo, sus estanterías llenas de libros de arquitectura, las numerosas carpetas que contenían proyectos, contabilidades, listas de clientes.
Me resultaba espantoso encontrar un entorno en el que sólo faltaba el protagonista.
Tiré a la basura ingentes cantidades de papel.
Toda su historia profesional desapareció en menos de una semana.
Nuestro pasado muere con nosotros. Sólo conservé los documentos legales necesarios para completar el proceso de borrarlo del mundo público.
Pude comprobar más adelante, y en no demasiado tiempo, cómo el sistema tiene previsto que alguien se esfume por completo sin dejar rastro.
Poco a poco, pero inexorablemente, su nombre se desvaneció en las cuentas del banco, en las aseguradoras, en su colegio profesional, en las asociaciones a las que había pertenecido.
Adiós, muy buenas. Estás muerto, ¿no?, pues si tienes suerte, permanece en el recuerdo, porque en el globo terráqueo ya no hay espacio para ti.
A otra cosa, mariposa. Que pase el siguiente. Borrón y cuenta nueva.
Sus enseres profesionales: mesa de dibujo, taburetes especiales, programas de ordenador y otras historias por el estilo los doné al Colegio de Arquitectos.
Dijeron que ellos a su vez los donarían a algunas instituciones estudiantiles o similares.
Por la cara que pusieron al recibirme y atender a mi generosidad, advertí enseguida que, en cuanto me largara, lo tirarían todo al contenedor más cercano.
Fui informada con delicadeza de que los gastos de transporte de aquel montón de mierdas corrían a mi cargo. Me gané el cielo con aquella gestión.
La entrega de toda la ropa de Marcos a Cáritas fue menos inútil, más grata también.
La llevé limpia y bien empaquetada, como era requerido.
Aquel detalle gustó mucho a los encargados, todas señoras mayores y algún chico hispano.
Obviamente no era lo habitual. Bolsas de basura repletas y cerradas de cualquier manera se amontonaban por doquier.
Lo más sorprendente y sobrecogedor: la cantidad de personas que hacían cola para abastecerse, inmigrantes en su mayor parte.
Un ejemplo de la justicia social que impera.
Un espectáculo poco gratificante, aunque al menos los encargados me trataron con cortesía y me dieron las gracias mil veces.
Un agradecimiento erróneo por su parte, quien practica la caridad lo hace siempre por un motivo egoísta.
El capítulo realmente abominable de borrar a Marcos del mapa fueron sus hijos.
No hubo problemas de herencia ni de ningún otro tipo.
Simplemente, me reuní con ellos para darles una caja en la que había metido algunas pertenencias valiosas de su padre: relojes, gemelos de oro, gafas de sol, plumas estilográficas sofisticadas...
Eran cosas que le habían regalado y no usaba jamás.
Yo conservé para mi alijo sus carnets: de identidad, de conducir, profesional...
, también los pasaportes de los últimos años.
En algunas de sus páginas figuraban sellos de países que habíamos visitado juntos.
Para completar el tesoro, separé un cinturón que le gustaba especialmente, sus gafas de lectura y el anillo de casado, un clásico.
Procuré que el encuentro con los jóvenes herederos no se revistiera de ceremonia.
El hijo mayor permaneció en Londres, donde ya trabajaba.
Los demás llegaron a casa serios, yo diría que incluso asustados.
Los chicos no se atrevían a mirarme siquiera.
Fuimos a la cocina, donde había preparado un poco de merienda.
Nos sentamos a la mesa, como en tantas otras ocasiones, y empezamos a comer hablando muy poco.
Casi al final, les entregué la caja. Marina enseguida se echó a llorar.
Iba a abrazarla, pero Teo se me adelantó por un segundo.
El cínico y frío Teo cobijaba a su hermana con infinita ternura y le daba ligeros golpecitos en la espalda, cosas veredes .
—¿Y nosotros cuándo vamos a vernos, Petra? —preguntó Hugo.
—Cuando queráis.
—¿Marcamos un día a la semana, o al mes?
—Eso puede ser complicado, todos tenemos montones de cosas que hacer y siempre habrá alguien que falle por una u otra razón. Creo que es mejor que me llaméis cuando os parezca y quedamos.
—¿Y yo qué? —Marina se deshizo con furia del abrazo en el que aún estaba guarecida.
—Pues tú igual.
—Eso que dices es una tontería, Petra. —Tenía la cara mojada y enrojecida a causa del llanto, hablaba de modo crispado—. La madre de Hugo y Teo es bastante normal, pero ya sabes cómo es la mía. No me dejará que venga a verte nunca, la conozco muy bien.
—Sólo al principio, luego cederá y vendrás cuando quieras. Mientras tanto, me vas llamando y, sobre todo, me mandas wasaps. Yo te prometo que, aunque no sea inmediatamente porque esté trabajando, te contestaré siempre.
Lo hizo, ¡vaya si lo hizo! Sus mensajes, llenos de muñequitos en danza, llegaban con mucha frecuencia.
Aquella misma noche, mientras yo entraba en el estudio de Marcos cargada con los papeles del hermano Lorenzo, sonó un aviso en mi móvil.
No pensé que fuera ella. El texto era breve: «Buenas noches»; después, un bebé feísimo que conducía un camión con un puro en la boca riéndose como un loco.
Como yo no estaba muy avezada en la técnica del sticker , busqué un icono con bigotazo que recordaba a Groucho Marx y escribí: «Buenas noches, preciosidad». Esperaba que fuera suficiente.
La primera selección de papeles que había hecho el subinspector resultaba francamente útil.
Incluso había tenido tiempo de entresacar e imprimir informes de ordenador.
Empecé a echar un vistazo poco sistematizado.
Las notas que trataban sobre las sesiones colectivas con los chicos contenían información de lo más convencional.
Hablaban sobre los peligros que implica la droga, sobre la importancia de no iniciarse en ella probando por capricho.
Los consejos que daba el hermano rayaban en lo naíf.
Se suponía que aquellos jóvenes no pertenecían a un contexto normal, sino que venían de la calle, de situaciones familiares y sociales conflictivas.
¿Tenía algún sentido prevenirlos sobre la drogadicción?
Yo hubiera dado por sentado que, si no drogadictos confesos, todos habían tenido sus contactos con sustancias de mayor o menor toxicidad.
Seguí desgranando los temas leitmotiv de las sesiones.
En otra ocasión departieron sobre el horror que supone encararse a los padres, hablarles mal, insultarlos, mentirles, agredirlos.
«Honrarás al padre y la madre»: Santos no era muy original.
La última reunión que habían celebrado versaba sobre un tema bastante más light : el mal uso del teléfono móvil y las tecnologías propias de internet: redes sociales, páginas web perniciosas, pornografía y demás.
Empecé a pensar que en algún momento habría llegado a adoctrinarlos sobre la conveniencia de encomendarse al ángel de la guarda antes de irse a dormir.
¿De verdad el hermano Lorenzo era tan ingenuo, tenía fe en que soltando aquellas perogrulladas podía ejercer alguna influencia positiva sobre chicos con serios problemas?
¡Igual esa era la razón por la que sus pupilos lo apreciaban!
Lo veían tan confiado y tontorrón que removía en ellos los restos de piedad que pudieran quedar en su alma.
Al final de cada uno de los encuentros generales, el sacerdote dejaba unas notas a modo de conclusión. En ellas se atisbaba mínimamente cuál era la realidad. Leí la correspondiente a las drogas.
El grupo está disperso hoy. No me prestan demasiada atención.
Como de costumbre, hay un rato en que bromean entre ellos y se acusan de fumar porros, de ser camellos a tiempo parcial, de cualquier otra barbaridad.
Se ríen, se dan codazos, otros protestan...
Algarabía y follón. Yo los dejo hacer hasta que se cansan de comportarse como parvulitos.
Una vez recobrada la calma, empiezo a leerles historias de personas concretas que me han proporcionado, como siempre, en Asuntos Sociales del ayuntamiento.
El hombre de negocios que lo perdió todo, incluso a su familia, por su desmedida afición a la cocaína, que sustituyó después por heroína hasta destrozar su vida por completo.
También les he pasado unos vídeos donde se ve a chavales de no más de quince años, albergados en portales, pinchándose el brazo y temblando al hacerlo.
«Vidas ejemplares», tampoco aquello era una novedad.
Y el lenguaje que empleaba el hermano: a ser camello lo llamaba «barbaridad» y comparaba a aquellos mozos con ¡parvulitos!
¿Y aquel tipo estaba considerado como un crac en rehabilitaciones canallescas?
O el grado de conflictividad del barrio no era tan alto, cosa improbable, o aquel cura estaba alelado.
Las líneas que dedicaba a la sesión parental tampoco tenían desperdicio.