Bajo el cielo infernal (Petra Delicado 15) 3 #2
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—Adelante, estamos en un país libre, o por lo menos eso he oído por ahí.

—Mire, yo comprendo que está usted en un momento muy duro, comprendo también que tiene pocas ganas de reincorporarse a una vida normal, pero no puede estar siempre de mal humor, ni negarse a ser de nuevo un poco feliz. Comprendo que...

—No vaya por ese camino, Fermín. Usted no comprende nada y, por lo tanto, darme consejos es una pérdida de tiempo.

Mejor corra a enterarse de si el Nene ha avisado del asesinato a la tía de la víctima.

Aunque tenga cien años quiero interrogarla también, algo sabrá del pasado de su sobrino.

Le espero dentro de una hora aquí mismo para empezar a trabajar sobre los papeles de Santos.

—Muy bien, inspectora.

Salió cabizbajo. Sentí la punzada de dolor que suele acometerme cuando soy cortante con alguien a quien aprecio.

Sin embargo, esta vez la punzada no llegó a convertirse en arrepentimiento.

No estoy para la piedad, la solidaridad, la empatía ni cualquier otra cosa que me obligue a pensar qué sienten los otros.

En el caso de Garzón, el enfado que me embargó fue superior a cualquier afecto.

Por lo que acababa de decir, también se había unido al grupo de consultores psicológicos.

Esperaba de él no verlo adscrito al censo de los hombres de buena voluntad, pero no, finalmente había sucumbido a la tentación: «No esté de mal humor, concédase la oportunidad de ser feliz...

». Basura, otro montoncito de basura para añadir al vertedero general.

Nadie comprende nada. ¿Cómo pretenderlo siquiera?

Yo misma ignoraba qué estaba sucediéndome.

Oleadas de dolor insoportable, accesos de ira, indiferencia hacia todo, ganas de desaparecer, deseo de soledad absoluta, culpabilidad por seguir viva...

Durante aquellos días, pensé en acudir a un psiquiatra, pero conocía el origen de mis males: mi marido estaba muerto.

Siempre podía preguntarle: «¿Son normales los estados de ánimo por los que estoy pasando?

». Sin duda él me contestaría: «Sí». Afinando más el tiro, mi pregunta sería: «¿No son mis reacciones un tanto excesivas?

». Me jugaba el cuello a que a eso ya no respondería con tanta claridad.

Aunque, dada mi poca fe en los procedimientos psicoanalíticos, quizá lo más práctico consistiría en pedirle que me hinchara a pastillas.

Finalmente, eso sería lo que haría ante cualquier cosa que pudiera contarle.

Es lo usual, y no estaba nada segura de desear semejante opción.

¿Qué haría conmigo la química?, ¿amortiguar los síntomas, hacerlos desaparecer por completo?

¿Y cuál sería el precio que pagaría por unos resultados no garantizados?

A lo mejor me convertía en una especie de zombi yendo de un lado para otro sin atinar a vivir normalmente.

Quizá sería incapaz de no sentir nada, o, en el mejor de los casos, mi personalidad se vería tan alterada que no me reconocería a mí misma.

No estoy enamorada de mi carácter. Siendo autocrítica, me juzgo como el colmo de la imperfección.

Si prefiero mostrarme autoindulgente, pienso en la expresión «francamente mejorable».

Llevo muchos años en mi propia compañía y conocer a una nueva Petra resultaría un esfuerzo ridículo.

Pero no eran esas las razones más poderosas que me echaban atrás sobre el dopaje.

La auténtica clave residía en que deseaba sentir todo aquel dolor, aquella ira, aquellos momentos de enajenación.

Me correspondían, me habían tocado en suerte o me los mandaba el destino como castigo por el mal que hubiera podido hacer, por los errores cometidos, por la inconsciencia de vivir sin pensar en que todo tiene un final.

Aquellos razonamientos clavaban sus raíces en la educación católica de una época, pero, aun sabiéndolo, no podía sustraerme a ellos.

No, nada de psiquiatras, concluí. Si me inclinaba por las drogas legales llegaría a considerarme una cobarde, incluso una traidora a Marcos.

Y en cuanto al trabajo, ¿cómo podría ejercer mi cometido empastillada hasta las cejas?

Curiosamente, investigar asesinatos se había revelado como mi afianzada vocación.

¡Con la de veces que había renegado contra la labor de policía!

Sin embargo, en aquellos días turbulentos, meterme de lleno en faena era lo único que me proporcionaba cierto consuelo.

Seguí dándoles vueltas a mis posibilidades.

Descartada la religión, descartado el alcohol, la magia o mudar en anacoreta, sólo me restaba la fuerza interior, y de esa iba quedándome poca.

Pensar en la idea de haberla malgastado durante toda mi vida era un ejercicio masoquista enemistado con mi talante práctico.

«¡No, basta!», me dije, masturbarme el cerebro de poco iba a servir.

Que todo siguiera su curso. Si el final del camino llevaba hasta la autodestrucción, bienvenida fuera.

Si por el contrario desembocaba en el olvido y una vida nueva, lo consideraría como una indignidad aceptable, una más.

Oí dos golpecitos en la puerta. Miré el reloj. Una hora de meditación poco trascendental. Garzón apareció tan cabizbajo como se había ido. Temiendo algún exabrupto por mi parte, pidió permiso verbalmente para entrar, lo cual sólo consiguió irritarme.

—Pase, Garzón, pase, por todos los demonios, y no me pida la venia para sentarse, se la concedo desde ya.

Se acomodó frente a mí y dejó sobre la mesa todos los papeles que llevaba en las manos. La expresión de su rostro era impenetrable, la había ensayado bien.

—¿Qué hay de la tía del hermano sobrino? —Solté una breve carcajada falsa—. Padre, hermano..., ¿por qué estos tipos de los conventos siempre tienen que fingir un parentesco con alguien? ¿No pueden llamarse con nombres y apellidos como todo hijo de vecino?

Se encogió de hombros antes de contestar.

—La tía de la víctima ha sido informada y viajará a Barcelona acompañada por una amiga. Se personarán en comisaría en cuanto se instalen en un hotel y la anciana pueda descansar un poco.

—O sea, que los jesuitas no la consideran de la familia y en vez de alojarla en una de sus casas la facturan a un hotel.

—A lo mejor ha sido por elección propia.

—Puede. No tiene mucha importancia, era sólo por criticar. Antes era usted el anticlerical, pero como todavía no le he oído abrir la boca en ese sentido, tomo yo el testigo con mucho placer.

—Parece que criticar le apetece bastante, por eso le he dejado a usted el papel.

—Sin comentarios. Adviértale a la vieja que en fin de semana no trabajamos. ¿Ha podido preparar mínimamente los papeles de la víctima?

—Ayer por la noche estuve intentando clasificarlos, lo cual no fue fácil. El orden no era una de las virtudes del hermano Santos.

—Como todos le adjudican virtudes a mansalva, podía permitirse el lujo de ser desordenado. ¿Y bien?

—He hecho la siguiente esquematización: por un lado, he separado las conclusiones que sacaba de las charlas y encuentros colectivos que mantenía con los muchachos.

Después van los perfiles psicológicos y las circunstancias biográficas que había elaborado de cada uno de ellos.

Por último, los informes que aporta de sus reuniones individuales con algunos de los chicos.

Me admiré de lo bien que había aprendido Garzón a expresarse de manera culta y profesional.

Estaba acostumbrada a oírlo en plan pata a la llana cuando trabajábamos habitualmente, pero ahora existía un enrarecimiento de nuestra relación, lo cual lo impulsaba a ser más formalista.

En cualquier caso, no pensé en alabar sus mejoras oratorias, no era el momento.

—Supongo que no tenía a los chicos clasificados en conflictivos y no conflictivos.

—No.

—¡Claro! Todos eran buenos chavales que habían tenido mala suerte en la vida. La corrección política se prodiga mucho entre el clero, y el disimulo también. Empiezo a verlo con claridad.

—De cualquier manera, leyendo los resúmenes de las reuniones podemos saber dónde había problemas.

—De eso me quejo, de tener que chuparme la lectura de los niñitos díscolos en acción. ¿Cuántos informes ha contabilizado de las reuniones individuales en los últimos dos meses?

—No son tantas, sólo cuatro.

—¿Cuatro en total o cuatro cada mes?

—Cada mes.

—¿Hay algún nombre que se repita?

—No he podido entrar en detalles, inspectora. Me he limitado al cuadro general de los últimos tiempos, porque el hermano hizo informes parecidos que corresponden a los últimos tres años.

—Imagino que no será necesario remontarse tanto. El crimen, con tantas puñaladas, parece fruto de un arrebato por motivos cercanos y no de una venganza dejada enfriar. En cualquier caso, guardaremos el material que no empleemos por si resulta útil más adelante.

—¿Nos repartimos las tareas?

—No. Usted lo lee todo y yo también. Ambos tomamos notas. Ya haremos una reunión posterior para confrontar pareceres.

La perspectiva de escarbar en aquella bazofia no era el mejor de los planes para un fin de semana.

Sin embargo, esa iba a ser mi actividad.

Cargué en una maletita de cartón las copias del material que había hecho para mí el subinspector y puse rumbo a la paz de mi hogar, por llamarlos de alguna manera, tanto a la paz como al hogar.