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El material incautado a la víctima podía considerarse oro puro, y no porque en principio esperáramos que contuviera grandes hallazgos, sino porque era el único.
Por muy imposible que pueda parecerle a un ser humano del siglo XXI , el hermano Lorenzo carecía de teléfono móvil.
Quiero decir que, según nos informaron, jamás había utilizado uno.
«¿Estaré soñando?», me pregunté. ¿Cómo se las apañaba aquel hombre, que iba de un sitio a otro, que debía relacionarse con mucha gente, para llevar a cabo los contactos básicos?
¿No se citaba con nadie, no cancelaba encuentros, no avisaba de que llegaba con retraso?
Todas esas explicaciones, de difícil comprensión por mi parte, nos las dio el hermano Luisito cuando lo interrogamos.
¡El hermano Luisito, vaya personaje! Nunca, en todos los días de mi vida, hubiera descrito a un sacerdote con las palabras que a él le correspondían.
Claro que meterse a jesuita en plena juventud y en el mundo que habitamos ya es de por sí una rareza.
A partir de esa premisa, cualquier cosa debía parecernos plausible.
Siguiendo el orden lógico de las pesquisas, era el primero con quien debíamos hablar. Lo citamos en comisaría.
El policía de la entrada vino a mi despacho con el siguiente recado.
—Inspectora, hay un tipo abajo que quiere verla. Dice que se llama Luis Alvarado Cebrián y que lo ha llamado usted.
—No me suena.
—Me ha dicho que es cura.
—¡Sí, por Dios! Hágalo subir.
—¿Le mando a alguien para que esté presente? Sólo por seguridad.
—No es necesario.
—Pero es que tiene una pinta que no parece de cura...
—Dígale al subinspector Garzón que venga a mi despacho, será suficiente.
—A la orden.
Echándole una mirada rápida a Luis Alvarado Cebrián, enseguida comprendí que sus allegados hubieran rebajado de categoría un nombre tan patricio, dejándolo en el hermano Luisito sin más.
Sobrepasaba por poco los treinta años, llevaba el pelo bastante rapado y vestía una sudadera descolorida y un tejano zarrapastroso.
Adornaba los lóbulos de sus orejas con dos aritos de plata.
Mi primera suposición fue que había pretendido mimetizarse con los muchachos a los que prestaba ayuda.
Se quedó plantificado delante de mí sin dirigirme palabra o mirada alguna.
Todo su interés estaba centrado en observar los detalles de la habitación.
—Hola, hermano Luis. Puede sentarse. Esperaremos a que llegue mi ayudante, el subinspector Garzón.
El sonido de mi voz le hizo al fin descubrirme.
—¡Ostras! Nunca había estado en el despacho de un poli. En una comisaría sí, pero sólo había visto la recepción. Acompañé una vez a un chaval que se había metido en problemas. Vine a sacarlo. Lo habían encerrado en un calabozo y...
Lo interrumpió la llegada de mi subalterno, que lo miró con más sorpresa que inquietud.
—Este es el hermano Luis, subinspector.
—Oye, ¿no os importaría llamarme Luisito? Todo el mundo me llama así. Es que lo otro me suena raro.
—¿Hermano Luisito?
—Luisito a secas.
Puse cara de circunstancias, como si llevar a cabo su petición me costara muchísimo.
—Como quiera. Vamos a hacerle unas preguntas. Empezaremos por algo general. ¿Qué tiene usted que decirnos sobre el asesinato del hermano Lorenzo?
—Pues que me ha dejado hecho una mierda, una mierda total.
—Supongo que se refiere a su estado de ánimo.
—Pues claro, ¿tú qué crees?
—Hable de usted a la inspectora, por favor, y a mí también —intervino mi compañero con tono poco amistoso.
—¡Ah, vale! Pues me quedé hecho una mierda por muchas razones.
Vivíamos juntos y siempre funcionaba todo la mar de bien.
Aunque eso no toca ahora, lo más chungo de que se lo hayan cargado es que era el hombre más bueno del mundo, un tío como no hay dos.
Siempre estaba trabajando y descornándose por los demás.
Y si no se lo agradecían le importaba un carajo, seguía como si nada, dándolo todo por la gente.
—¿Trabajaba en otros lugares aparte de la casa parroquial?
—Hacía cosas sueltas, no sé qué decir. Visitaba a una vieja que vivía sola. Ella tenía servicios sociales que la atendían, pero Lorenzo le daba consuelo espiritual y esas historias. Y luego lo del seminario.
—¿Qué es lo del seminario?
—El Seminario Diocesano. Eso y la casa parroquial de La Mina era lo principal que hacía.
—Pero supongo que el seminario lo gestiona la diócesis, no los jesuitas.
—Sí, claro, pero Lorenzo iba allí a ayudar.
Era un máquina en temas sociales y estaba horas enseñándoles a los seminaristas.
Los curas, ya se sabe, mucha misa y muchos sacramentos, pero del curro de todos los días pasan bastante, y luego, a la hora de la verdad, no se aclaran cuando les toca hacer algo social.
—Entiendo. ¿Sabe si el hermano Lorenzo llevaba una agenda con todas sus actividades?
—Sí, tenía libretas. ¿No se las han dado en la casa parroquial?
—Todavía no las hemos revisado, pero obran en nuestro poder. Si hubiera alguna aclaración que hacer, ¿usted podrá ayudarnos?
—Pues no me tenía muy al tanto de las cosas que llevaba entre manos, la verdad. Era un tipo muy callado y no le gustaba darse importancia.
—¿Es cierto que no usaba teléfono móvil?
—Tan cierto como que tengo dos patas y dos brazos. Yo me partía de risa con eso. Le decía: «Pero, Lorenzo, ¿tú en qué mundo te crees que vives?».
—¿Y cuáles eran sus razones?
—Pues que el móvil era un trasto inútil, que gastarse una pasta para las chorradas que la gente suele decirse le daba cargo de conciencia... Era así, muy legal.
—¿Alguna vez usted le prestaba el suyo para alguna comunicación puntual?
—¡Qué va, ni de coña! Ya le digo que era un chorbo de una pieza. Si había decidido no telefonear a nadie yo lo respetaba.
—¿Tenía enemigos? —preguntó Garzón.
—¿Enemigos? Eso queda para la guerra, y él estaba en paz con todo el mundo.
—El subinspector se refiere a alguno de los chicos a los que él ayudaba. Todos estamos de acuerdo en que son conflictivos.
—Seguro que el hermano Tomás les ha contado que todos son niños buenos.
Exagera, está clarito. Los hay bordes a morir.
Algunos te putean todo lo que pueden a ver si consiguen agotarte la paciencia.
Ahora, de eso a matar a alguien... No lo veo.
Miren, en el fondo no son mala gente, andan cargados de problemas y con unas familias que da penita de verlas.
Se hacen los chulos, pero a la hora de la verdad pasan por el tubo y hasta te toman cariño.
Al hermano Lorenzo lo respetaban cantidad, y yo me entiendo de bien con ellos que no veas.
De la opinión de don Servando mejor no hablar, sólo ver a uno de esos chicos ya lo pone de los nervios.
—Aunque no los juzgue capaces de asesinar, ¿recuerda algún caso concreto en el que hubiera existido un enfrentamiento grave de esos muchachos con el hermano, alguna amenaza? Quizá él le hizo algún comentario en ese sentido.
—No, me acordaría.
—Piénselo bien cuando salga de aquí. Quizá se acuerde después. Si le viene algo a la mente, llámenos.
—Okey.
—¿Tenía familia el hermano?
—Una tía solterona en su pueblo, ya muy mayor. ¿No la han avisado de la muerte?
—Supongo que lo habrá hecho algún compañero.
—¡Jo, la pobre! Casi mejor que no le cuenten que lo han asesinado, díganle que ha cascado de un infarto o así.
—Ese no es el tema importante, Luisito, o, como usted dice: no toca ahora. En los próximos días es muy probable que necesitemos de nuevo su colaboración.
—Vale. A ver si pescan a ese desgraciado hijo de su madre.
Al levantarse e ir hacia la puerta me percaté de que caminaba a largas zancadas, con una especie de exhibición de seguridad que habría aprendido en la calle. Me volví hacia el subinspector.
—¡Vaya espécimen! No me extraña que se entienda bien con los chavales de la casa parroquial, deben de ser como sus colegas naturales.
Garzón abrió el móvil y se concentró en buscar algo. Por fin dijo:
—¿Usted ha leído la ficha del espécimen?
—No, adelante, sorpréndame.
—Aunque parezca más joven, tiene treinta y siete años.
Ingresó a los veinte en el noviciado de la Compañía de Jesús.
Luego hizo lo que llaman el magisterio. Dentro del plan de estudios posterior cursó Filosofía, cosa que es obligatoria, y Teología, que también lo es.
Unos nueve años en total. Todo eso con menciones especiales por sus resultados sobresalientes.
Completado el ciclo, pasó a los estudios universitarios fuera de la institución.
Ha acabado Derecho con premio extraordinario y está matriculado actualmente en Economía. ¿He conseguido sorprenderla?
—¡Carajo! ¿Y por qué habla en plan cheli, como si le faltara la mínima educación?
—Una explicación es que provenga de un medio cultural muy bajo, cosa que hubiera superado con tanto estudio.
Otra posibilidad es que le hayan contagiado el estilo sus pupilos de la casa parroquial.
Eso también resulta raro, porque alguien con un buen coco puede expresarse en el registro que quiera y variarlo a voluntad. Eso se lo he oído decir a usted.
—¿Y entonces?
—No sé, parece una tapadera. Puede que sea tímido, puede que quiera mostrarse solidario con los desfavorecidos, puede que sea pura humildad mal entendida.
—¡Joder con los jesuitas! Uno se apaña sin teléfono móvil, el otro es una lumbrera, pero habla como un quinqui... Es como si todos los pirados se hubieran concentrado en el mismo psiquiátrico.
—Alguien que renuncia a los placeres de la vida no puede ser muy normal.
—¡Los placeres de la vida! ¿Estamos en el paraíso terrenal y aún no me he enterado?
—No hace falta remontarse tanto, Petra, ni buscar grandes placeres. Una juerga con los colegas, una novia, un polvete, una birrita de vez en cuando... Por cierto, ¿quiere que hagamos un receso en La Jarra de Oro y nos sumerjamos en un placer cervecero?
—Es pronto para un receso. Se supone que el trabajo no espera.
—Petra, ¿puedo decirle algo?