Bajo el cielo infernal (Petra Delicado 15) 2 #2
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En ese momento alguien irrumpió en la sala sin llamar a la puerta.

Yo estaba de espaldas y me volví con ganas de pegar un berrido disuasorio, tal como hubiera hecho en la comisaría con un intruso a mis órdenes.

Lo que vi abortó mi reacción con toda rapidez.

Un hombre bajito, con muchos años encima y vestido por completo de negro, nos miraba como si la próxima acción que se dispusiera a ejecutar fuera pegarnos un mamporro. Con ojos llameantes, aulló:

—¿Qué demonios hacen ustedes dos?

El hermano Tomás se puso en pie y me susurró.

—Es don Servando, el párroco.

El párroco era un remedo no tan lejano del dómine Cabra: feo, malcarado y con manchurrones en la pechera.

Su alzacuello presentaba un sospechoso color marfil matizado en varias intensidades.

El hecho de que hubiera entrado con aquel brío belicoso, utilizando además el refuerzo de la palabra demonios , tan impropio de su condición, me persuadió de que iba a representar un problema en nuestro trabajo.

El hermano Tomás se puso en pie, ejemplo que yo no seguí, y rápidamente dio explicaciones sobre mi presencia.

—Padre Servando, esta señora es Petra Delicado, inspectora de la Policía Nacional. Está a cargo de la investigación por lo que usted ya sabe. —En ese momento se santiguó—. Y estaba diciéndome las cosas que necesita para empezar sus pesquisas.

El párroco no se molestó en saludarme, se limitó a lanzarme una mirada de través y preguntó enseguida:

—¿Y qué es lo que necesita?

El hermano fue quien contestó, yo no abrí la boca en ningún momento.

—Llevarse como prueba todos los papeles que el pobre hermano tenía en su despacho, también su ordenador, y hacer venir un equipo de especialistas para que revise todos nuestros ordenadores.

—Empecemos por el principio: ¿tiene una orden judicial? —preguntó el dómine.

Procuré que mi voz sonara tranquila pero contundente.

—Todavía no la he pedido. Puedo hacerlo inmediatamente y no habrá problemas para obtenerla.

Lo único que pretendía al querer llevarme ahora todo ese material era acelerar el proceso.

Como usted debe de saber, las primeras horas o días después de un asesinato son cruciales.

Supuse que a ustedes les interesaría que la resolución del caso se produjera cuanto antes mejor. Quizá me he equivocado.

Don Servando acercó una mano sarmentosa a mi cara.

—Oiga, inspectora, puede que yo sea un cura viejo de barrio, pero no soy bobo y me doy cuenta de las insinuaciones hechas con mala intención.

Aquí, en esta parroquia, no hay misterios que resolver ni queremos entorpecer su labor, pero las cosas deben hacerse por el cauce reglamentario, ¿me equivoco?

—No, lleva usted toda la razón. Créame que no había mala fe en lo que he dicho.

Al contrario, no sólo pretendía agilizar los trámites, sino también preservar la confidencialidad del caso.

Mi jefe, el comisario, quiere que se haga todo del modo más discreto posible.

Usted ya sabe cómo es la prensa cuando algunos temas prometen escándalo.

—¿Eso significa que en cuanto el juez esté informado en profundidad va a salir a la calle dando voces?

—Por supuesto que no, pero cuanto más tiempo pase, las probabilidades de expansión de la noticia...

Me interrumpió agitando ambos sarmientos a la altura de sus orejas.

—¡Está bien, adelante, proceda, llévese lo que tenga que llevarse y traiga a las brigadas que haya que traer!

No quiero que me maree más, que bastante apurado ando ya con este asunto.

He pasado más de veinte años en esta parroquia, que es la más difícil de Barcelona, y cuando me faltan cuatro días para que abandone el servicio, Dios me envía esta fatalidad.

—La fatalidad mayor le ha tocado al hermano Santos, que ha sido asesinado y abandonado en la calle como un perro.

—¿Cree que me olvido de él? Era el hombre más bueno de la tierra, y sin su apoyo no sé cómo vamos a seguir gestionando la ayuda de jóvenes en la casa parroquial.

No tiene que recordarme una pérdida que yo lamento más que nadie.

Me voy a mi despacho. ¡Ah!, y en cuanto a los periodistas, yo haré un comunicado oficial y no quiero que nadie más dé informaciones sobre este hecho espantoso.

Me ha entendido, ¿verdad? Y eso le concierne a usted también, hermano Tomás.

Cuando ya veía su espalda encorvada, añadí:

—Padre Servando, ¿puedo contar con usted para cualquier interrogatorio o eventualidad? Sin ir más lejos, necesito su número de teléfono.

Se volvió con cara de no entender nada.

—¿A usted qué le parece? Claro que puede contar conmigo, ya sabe dónde estoy. Le pasaré mi número de teléfono. ¿Qué más quiere, que le dé mi bendición?

—No será necesario, aunque una bendición nunca viene mal.

—Pues si es usted religiosa, su párroco se la dará.

El gesto del hermano Tomás, que había permanecido todo el tiempo de pie, era un auténtico poema. Estaba pálido y tenía la boca entreabierta, como si le costara respirar con normalidad. Le sonreí.

—Juraría que al padre Servando no le he caído muy bien.

—En fin, inspectora, hágase cargo. Es un hombre ya mayor y esto lo ha sacado de sus casillas.

—No sé cómo son sus casillas habituales, pero las que me ha mostrado a mí me han resultado muy poco acogedoras.

—El padre Servando es un poco gruñón, no goza de buena salud, está cansado de tantos años en primera línea de batalla, pero es un buen hombre, créame.

—Francamente, que sea bueno o malo a mí me da igual. Sólo pensaba que los contactos que mantengamos pueden convertirse en algo muy desagradable.

—Se calmará, ya verá como se calma.

El salesiano me ayudó a incautar todo cuanto necesitaba. Llamé a los colegas de informática y, al entrar en mi coche, también llamé a Garzón.

—¿Nos vemos en comisaría, Fermín?

—¿Qué tal le ha ido con los eclesiásticos?

—Podría afirmarse que la cosa ha sido muy bíblica, me he movido entre un chorreo como el diluvio universal y la expulsión de los mercaderes del templo a hostia limpia.

—Pero ¿ha conseguido los objetivos?

—Creo que sí.

—¡Ya me extrañaba que usted topara con la Iglesia!

—Más bien la Iglesia me ha dado un topetazo del que todavía estoy en plena conmoción.

—No la entiendo.

—Luego se lo explico, subinspector.