Bajo el cielo infernal (Petra Delicado 15) 2
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El salesiano Tomás Llovet no llegaba a los cuarenta años.

Nos habíamos citado en el propio centro parroquial.

Al llegar comprobé que continuaban colocadas las cintas de seguridad policial que impedían la entrada a las inmediaciones del lugar del crimen.

No habíamos dejado ningún retén de guardia.

Pasé por debajo de la frágil banda y llamé al timbre.

A primera vista, me dio la impresión de ser un hombre equilibrado.

No puso cara de circunstancias ni preguntó nada.

Se apartó del vano de la puerta y me hizo pasar con un gesto cortés.

—Vamos a mi despacho, inspectora. Pase, por favor.

Llevaba puesto un jersey de lana verde militar y pantalones anchos.

Era como un progre de tiempo atrás. El despacho se limitaba a una mesa de madera bastante rayada, un ordenador de generación pretérita y, eso sí, un número considerable de archivadores que no guardaban entre ellos ningún tipo de uniformidad en su aspecto.

Llovet esperó a que me sentara para hacerlo él.

Luego abrió los brazos como entregando su cuerpo a la causa.

Viéndolo allí, con aquella pinta tan anodina, pensé en que los sacerdotes nunca hubieran debido abandonar su hábito eclesiástico.

¡Cuánto más respeto hubiera impuesto aquel hombre de haber llevado endosada una túnica blanca, una cruz de madera y, ya en el colmo de perfecciones, un par de sandalias de cuero con calcetines!

Pero no, la democratización de las costumbres no deja de ser un incordio que cambia sólo la parte superficial. Por si acaso, le pregunté:

—¿Debo llamarlo hermano?

—Hermanos somos todos, eclesiásticos o no. Será más fácil que me llame Tomás.

—Muy bien, Tomás. Según consta en nuestros informes, se encontró usted con todo nuestro dispositivo al llegar a la casa parroquial.

—Así es. No había modo de localizar al párroco, que suele llegar bastante más tarde.

—Sí, ya estoy informada de esa peculiaridad. ¿Le sorprendió la escena?

—¡Naturalmente que sí, inspectora, cómo no iba a sorprenderme!

—¿Y el asesinato de Lorenzo Santos, le sorprendió?

Había empezado a mirarme con la prevención de quien tiene dudas sobre la cordura de su interlocutor.

—No entiendo, inspectora. Me sorprendió, me horrorizó, me dejó devastado. ¿Podría ser de otra manera?

—He planteado mal mi pregunta, pero verá, mis compañeros me dicen que nadie le prestó ayuda a la víctima, que nadie se acercó al cuerpo inerte, que ni un alma hizo corro alrededor del cadáver ni pareció sentir curiosidad.

Todo eso son cosas muy habituales con las que nosotros debemos enfrentarnos: apartar a los entrometidos, pedir a la gente que se aleje del lugar.

Por eso resulta sorprendente que el escenario estuviera desierto.

—Este barrio tiene sus características, eso lo sabe usted tan bien como yo. La gente es temerosa, la presencia de la policía los echa atrás...

—¿Piensa que nadie esperaba la muerte del hermano?

—¡En ningún caso! El hermano Lorenzo era querido y admirado por la totalidad de los jóvenes. No contaba con ningún enemigo.

—Me habla usted de los jóvenes con los que trataba, pero, aparte de ellos, ¿quizá había alguna otra persona que le guardaba rencor, alguien con quien hubiera tenido algún tipo de encontronazo?, ¿un padre, un familiar de los chicos?

—El hermano Lorenzo y yo charlábamos con frecuencia sobre los quehaceres cotidianos; supongo que, de haber sucedido algún altercado, me lo hubiera comentado. A no ser que...

Quedó la palabra bailando en el aire.

—A no ser que... —retomé la frase.

—No es fácil de explicar. Las actividades que llevamos a cabo son casi siempre colectivas, pero hay muchachos que quieren hablar con nosotros o nosotros con ellos privadamente por alguna cuestión puntual, y entonces debe imperar la reserva. No hacemos comentarios entre los hermanos.

—¿El secreto de confesión?

—¡No, no! No estamos autorizados a impartir los sacramentos, eso sólo lo hacen los sacerdotes de la curia. Me refería a la discreción mínima necesaria para no malograr la confianza que los chicos depositan en nosotros.

—Entiendo, y espero que entienda usted también que la discreción queda aparcada cuando se trata de un tema policial.

—Me hago cargo perfectamente.

—Tomás, antes de responder, quiero que piense con intensidad. A lo mejor le parece una pregunta absurda, pero no lo es. A veces hay cosas que tenemos en la mente, pero nos da miedo reconocer el simple hecho de que estén ahí. Entonces las descartamos inmediatamente, nos negamos a profundizar.

Me miraba con los ojos muy abiertos y un rictus que oscilaba entre la sorpresa y la incomprensión. Probablemente esperaba un interrogatorio mucho menos teorizante, más apegado a tierra firme. Agucé todos mis sentidos para no perderme nada de su reacción ante la pregunta que me disponía a hacerle.

—¿Tiene usted una idea, una teoría, una sospecha de quién puede haber asesinado a Lorenzo Santos? —Enarbolé el índice y lo dirigí hacia su rostro—. Recapacite antes de decir «No».

Como el noventa y cinco por ciento de los interrogados con los que había probado aquella estrategia, el interesado no arrancó a hablar inmediatamente y puso el gesto típico que usaría un pésimo actor para fingir que recapacitaba.

—Debo confesar que, al principio, pensé que podía tratarse de un robo. No me refiero a que el ladrón fuera ninguno de nuestros muchachos, sino a alguien con quien se topara el hermano..., un desconocido, quiero decir. Ya sabe usted, inspectora, que este barrio...

—Lo sé, lo sé. ¿Y después de esa primera apreciación?

—Me di cuenta de que pensar en un robo es un poco disparatado.

Hasta los que no pertenecen al barrio y pasan por aquí de manera accidental, hasta esos, saben que nosotros no llevamos nunca dinero encima, que somos pobres como ratas y que la máxima cantidad de efectivo que se puede encontrar en nuestros bolsillos es la justa para tomar un autobús o un café.

—¿Puede darme el nombre de alguien que le resulte en principio sospechoso?: un muchacho díscolo, un compañero de trabajo que estuviera en desacuerdo con alguna de las decisiones de Santos.

Ahí Tomás perdió algo su papel de hombre morigerado y casi se indignó.

—¡Un compañero, inspectora! Sinceramente, no sé qué concepto se ha creado usted de lo que es nuestro trabajo aquí.

Esto no es una de esas empresas modernas en las que los ejecutivos pugnan por ascender o por llevar la delantera en un proyecto.

Nosotros no cobramos, no entramos en competencia los unos con los otros, sólo buscamos ocuparnos lo mejor posible del bienestar de chicos con problemas.

Di un par de palmadas a modo de aplausos cínicos.

—¡Bravo, les felicito! Están ustedes en la vía hacia la santidad. Sin embargo, en cualquier colectivo humano, por muy pequeño y virtuoso que sea, siempre surgen envidias, rencores, animadversiones y, como se dice modernamente, malos rollos en general.

No sé si aquel sacerdote era un santo, pero demostraba más paciencia que Job. Ante mi andanada, lo único que hizo fue bajar la cabeza y asentir. Con voz suave afirmó.

—Lleva toda la razón. Ninguno de nosotros está libre de defectos, ninguno. Pero le aseguro que en este caso nunca se ha dado todavía un ejemplo de mala voluntad en nuestro pequeño grupo. ¡Imagínese pensar en un asesinato!

—Muy bien, se lo acepto. Pasemos página. ¿Qué casos concretos de chicos con problemas estaba llevando el hermano Lorenzo antes de morir?

—No siempre se trata de casos concretos. No somos psiquiatras. Se presta más atención a quien más lo necesita y, ciertamente, se hace un seguimiento, pero no abrimos una ficha ni nada por el estilo. El trabajo va surgiendo sobre la marcha y la mayor parte de las veces es colectivo.

—Necesitaré llevarme a comisaría todos los papeles que conservara el hermano Lorenzo en sus cajones.

—Por supuesto que sí, aunque será preciso pedir permiso al párroco, que, al fin y al cabo, es la autoridad aquí. Ha telefoneado por otro tema y le hemos contado la tragedia. Ha dicho que está muy afectado y que tardará un rato en serenarse y venir.

—La máxima autoridad en un caso de asesinato es la policía. No me obligue a pedir una orden judicial. También me llevaré el ordenador de la víctima, y un equipo especializado revisará el resto. ¿Quién más cuenta con un ordenador en la parroquia?

—El párroco y yo mismo. Luisito no tiene ninguno, aunque en alguna ocasión ha traído su portátil personal.

—¿Luisito?, ¿y quién diantre es Luisito?

—Un jesuita muy joven que comparte piso con el hermano Lorenzo. Creo que sólo ellos dos viven en ese domicilio: suele ser lo habitual. A veces viene a echarle una mano.

—¿Ustedes los salesianos también viven en viviendas compartidas?

—Los salesianos tenemos más comunidades, somos más numerosos. La mayoría vivimos en los colegios de enseñanza. El mayor número de nuestros hermanos se dedica a la docencia.

—¿Usted no?

—Nunca tuve vocación de profesor. Yo me decantaba por la labor social con gente joven, pero sin impartir materias académicas.

—¿Y dice que son ustedes pobres como ratas? Recuerdo varios colegios de La Salle en esta ciudad con instalaciones y ubicaciones extraordinarias.

—La Salle y los salesianos no somos la misma orden.

Hay muchas personas que nos confunden, seguramente porque ambos nos dedicamos a la enseñanza como tarea principal.

Pero nosotros somos más humildes, por decirlo de algún modo.

Aunque la realidad es que ni ellos ni nosotros poseemos nada de nuestra propiedad.

—Sí, claro, todo es de la orden. Conozco la historia.