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Quizá contento por perderme de vista, el otro aceptó.
Me centré en lo que estaba escrito. Una patrulla de la Guardia Urbana había encontrado el cuerpo en su primera ronda matinal.
Según la apreciación de Núñez, era muy probable que más personas hubieran visto el cuerpo antes del hallazgo policial, pero a nadie se le había pasado por las mientes dar la alarma.
En el barrio esa hubiera sido una reacción inusitada.
Lorenzo Santos llevaba muerto más de seis horas según el forense, tirado en la calle de cualquier manera, donde se desangró.
Se había interrogado al salesiano que acudió a la llamada de nuestros compañeros, quien declaró que la víctima había sido el último en salir del local social el día anterior.
Nada extraño, por otra parte: como Santos carecía de horarios fijos en la institución, muchas veces se quedaba hasta las tantas realizando el trabajo de despacho que no había podido terminar. Contaba con una copia de la llave.
En ese momento entraron de nuevo el Nene y Garzón portando los cafés.
Enseguida me di cuenta de que mi antiguo conocido había variado su actitud, la prototípica sonrisa tonta había aparecido en su cara como por ensalmo.
El ensalmo lo había propiciado sin duda el subinspector poniéndolo al día sobre mi tragedia familiar.
Se me representaba perfectamente la conversación entre ambos: «No le hable mal a la inspectora Delicado porque su marido hace poco que ha fallecido en un espantoso accidente de tráfico».
La respuesta de Núñez debía de haber sido directa y visceral, algo así como: «¡No me joda, Garzón, bien podía haberme advertido! ». Los odié a los dos.
—Bueno, Petra, supongo que con las pocas cosas que he apuntado te habrá dado tiempo a leerlas todas, pero ahora puedes preguntarme lo que desees.
El tono melifluo de su voz no logró apaciguarme. Rápidamente tomé el café casi incandescente de sus manos y empecé a sorberlo con exagerada dedicación.
—¿Habéis interrogado a alguien?
—Al salesiano que llegó el primero por la mañana, pero no al párroco, la parroquia no abre hasta las doce.
—¡Joder, y luego se quejan los curas de que la gente no va a misa, pero si siempre tienen chapado el chiringuito! —intervino Garzón.
—Vayamos al grano —atajé—. ¿Qué te contó?
—Ya te lo puedes imaginar. Llega el buen hombre y se encuentra con todo el pollo montado: nuestros coches, el juez, la ambulancia... Se quedó de una pieza, no atinaba a comprender qué estaba pasando allí.
—¿No llamasteis al párroco?
—El párroco no vive en la parroquia ni tampoco cerca, eso sólo pasaba antes, en los pueblos.
El que nos ha tocado en suerte comparte un piso propiedad de la Iglesia con otro vejestorio como él.
Los eclesiásticos que trabajan en el centro de jóvenes no tienen su teléfono, no se lo da para que no lo incordien.
—¡Vaya cojones! ¿Hicisteis una mínima ronda de preguntas entre la gente que se acercó?
—No había ni un alma. Nadie en las inmediaciones, ni por curiosidad.
—Era muy temprano, claro.
—La hora es lo de menos, Petra. En La Mina ni al demonio se le ocurriría arrimarse a un kilómetro de un aparato policial en plena faena.
—Entonces el asunto de los testimonios ciudadanos lo tenemos mal.
—Si ya siempre resulta complicado, figúrate en esta parte de la ciudad. Esto es como el Bronx, por más que el ayuntamiento se empeñe en adecentarlo.
—Quizá exageras un poco. Bien que van los muchachos para recibir ayuda en el centro parroquial.
—Porque las madres se empeñan en que acudan. Ya sabes, con la colaboración de las mujeres todo funciona mejor.
—Vaya, veo que has cambiado de opinión sobre el papel femenino en la sociedad.
—Antes estaba bromeando, Petra. Me conoces desde hace tiempo y ya sabes cómo soy.
—¿Para cuándo los resultados de la autopsia?
—Hemos pedido prioridad absoluta.
—Sí, ya me conozco esa canción.
—Esta vez puede ir en serio. Con la historia de que la víctima es jesuita están procurando darle un tratamiento especial. Te he preparado una lista de personas a las que interrogar desde ya mismo. Sé que no era necesario porque lo hubieras hecho tú, pero me pareció que sería una ayuda más.
—Gracias, cualquier aportación es bienvenida.
—Yo te aportaría muchas cosas más, pero...
—Sí, ya sé, el caso me lo han encargado en mi calidad de mujer.
—¡Pero, Petra, no iba a decir eso en absoluto! Antes ya te pedí disculpas por la broma.
Recogí las anotaciones y me dispuse a salir de la sala.
—Si es cuestión de pedir disculpas, yo te las pido también. Hasta otra —concluí.
Cuando caminaba a buen ritmo por el corredor, me alcanzó el subinspector. Se acopló a mi paso. No hablaba. Por fin, al llegar a mi despacho, se atrevió a decir.
—Ha sido un poco dura con su antiguo compañero de promoción, ¿no le parece?
—Nada que él no pueda soportar, siempre fue un hombre fuerte.
—No creo que hubiera mala intención en lo que dijo.
—Da igual, así aprenderá cómo iniciar las conversaciones de modo más agradable. ¡Ah!, y le agradecería mucho que no vaya informando a todos con quienes nos topemos de que soy viuda reciente. ¿Me explico?
—Yo sólo...
—Coja la lista que me ha dado el Nene, Fermín. Veo que faltan direcciones y teléfonos: complétela, por favor.
Hice una fotocopia de la lista y se la pasé a Garzón. Él salió sin el más mínimo comentario, pero serio como la Parca. ¿Iba a ponerme a reflexionar sobre la escena recién sucedida, preguntarme a mí misma si había sido demasiado dura? No. Abrí el teléfono y marqué.