Bajo el cielo infernal (Petra Delicado 15) 1 #2
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Una ligera inclinación de cabeza fue mi única señal de agradecimiento.

¡Ánimo, mucho ánimo! ¿Alguien podía explicarme de qué materia inmaterial está fabricado el ánimo?

¿Determinación, aceptación, valentía, fortaleza?

¿Cómo el común de los mortales es capaz de recetarle a alguien un remedio del cual no se sabe ni qué coño es?

Y para más abundamiento, te aconsejan algo que debes sacar tú de tu propia chistera.

Es lo mismo que si te soltaran: «No seas cobardica, indolente, llorona y autocomplaciente, anímate».

¡Al carajo con el ánimo! ¿De dónde iba a sacarlo yo?

¿Cómo obtenerlo? ¿Comprándome un manual de autoayuda, yendo a una tienda especializada para que me sirvieran kilo y medio de ánimo envuelto para regalo?

Nunca se me habían abierto las puertas de las convenciones sociales con tanta amplitud, mostrándome un interior pestilente: basura y pobreza mental que sólo sirven para enmascarar la indiferencia que siente quien las usa.

Semejantes pensamientos sombríos debían haber impreso una clara señal de cabreo en mi expresión, porque cuando me encontré a Garzón en el pasillo puso cara de «¡Tierra, trágame! ».

—¿Qué le ha parecido el caso, Petra?

—¿Alguien puede explicarme desde cuándo un asesinato es opinable? Todo el mundo me pregunta eso hoy. ¿Qué quiere que conteste, Fermín: «Me hubiera gustado más un disparo a bocajarro, que la víctima fuera un franciscano en vez de un jesuita»?

En circunstancias normales, y esa es una frase que repito mucho desde que murió Marcos, Garzón me hubiera contestado con algún exabrupto. Pero no lo hizo, me miró casi con lástima e intentó una broma para aliviar la posible tensión.

—Pues yo, ya puestos, hubiera preferido que se cepillaran a un cardenal con todos los arreos encima. ¿El arma homicida? ¡Un Winchester como los de John Wayne! La cosa hubiera pintado bien, mucho más original.

Me observó, implorando una sonrisa que yo no le concedí.

—De modo que el caso del jesuita no es lo suficientemente original para usted.

—A ver, Petra, el planteamiento está claro: un barrio carcomido por la droga, un hombre rodeado de tipos conflictivos asesinado de noche y a navajazos. Nadie diría que es un asunto digno de Sherlock Holmes. Dos más dos suman cuatro, ¿no?

—Nunca se me han dado bien las matemáticas.

—¿Y cuál era su asignatura favorita?

—Religión.

Soltó una breve carcajada. Seguramente tuvo la sensación de que con aquella broma yo salía de la zona de peligro. Se enzarzó en un parlamento rememorativo, animado por la mínima mejora que podía comportar mi respuesta.

—¡Jo, la religión en los colegios franquistas!

¡Vaya historia! Aún me acuerdo de cosas.

Te hacían aprenderte cómo se llamaba la vestimenta de los curas para decir misa: la estola, la casulla, el alba...

Y algo muy gracioso, en el libro se especificaba dónde se colocaba cada pieza en el cuerpo del sacerdote.

Para el cíngulo decía: «El oficiante se lo ciñe a los lomos».

¡Los lomos!, a mí aquello me hacía pensar en un burro que tenía mi abuelo en el campo. ¡Hay que ser bestia, los lomos!

Hice una mueca a modo de apreciación humorística.

Él se quedó solo riendo su propia gracia, un papel muy desairado.

Me acerqué a la máquina de café y mi subalterno corrió a satisfacer mi deseo de un cortado con azúcar, conocía bien mis gustos.

Procuré no hacer evidente el enfado que sentía.

En los últimos tiempos todo el mundo consideraba que necesitaba de su ayuda para cualquier gilipollez.

Se ofrecían a conducir el coche por mí, me cedían la barandilla de la escalera para subir o bajar con comodidad o se adelantaban para sacarme un café de la máquina, como acababa de hacer Garzón.

Di dos sorbos de un brebaje que, en el fondo, no estaba tan mal y dije con determinación:

—No estaría de más que empezáramos a trabajar un poco, ¿cierto? Creo que nos ingresan un sueldo por eso.

—¿Por dónde empezamos?

—Por donde marca la tradición.

—¿Por el principio?

—Muy sagaz.

El Nene era buen tío, le gustaba su trabajo y no pecaba de torpe, aunque con el tiempo había ido perdiendo energía.

Supongo que se había cansado de trabajar en Homicidios, de tener cada día menos competencias a favor de la policía autonómica, de no ser ascendido, de la pelea laboral...

Los hombres pueden ser grandes batalladores cuando el enemigo es poderoso y con fama de difícil, pero no les hables de la lucha cotidiana, porque eso les parece una especie de desdoro, un modo de tener sus capacidades arrumbadas en un armario.

Enseguida se vuelven hipercríticos con todo y sólo piensan en la jubilación.

No pasa lo mismo con las mujeres. Por desgracia, nuestra inacabable capacidad de aguante, tanto en la vida privada como en la profesional, nos convierte en eternas fajadoras, y somos capaces de rendir el cien por cien hasta la postrera hora de abdicar como reinas victoriosas y hechas polvo.

El Nene nos recibió con varias notas en la mano, pero casi no las consultó.

Aparte de haber estado presente en el levantamiento del cadáver, no había tenido tiempo de hacer gran cosa más.

No debía de saber nada de mi nueva condición de viuda, porque lo primero que le vino a la mente no fue soltarme un pésame, sino protestar con un nivel elevado de retranca.

—De modo que ha funcionado la discriminación masculina. ¡Ay, Petra, qué tiempos nos han tocado vivir a los tíos, se presenta un caso chulo y, no hay duda, el comisario se lo encarga a una mujer!

—¡No me vengas con reivindicaciones, Nene! Si tienes alguna queja, preséntala de manera oficial, pero a mí no me toques las narices.

—¡Joder, Petra, vaya mal humor!, creí que éramos buenos colegas.

—Para ser buenos colegas tu entrada ha tenido poco de amistosa.

—Pues te pido perdón, pero tú y yo siempre nos hemos gastado bromas, no comprendo por qué te pones así.

Llegué hasta la mesa de reuniones y me senté. El Nene me pasó sus notas sin añadir nada más.

—Si hay algo que no entiendas, te lo explico. Y si quieres esperas un poco a que haga el informe oficial, que será más amplio —dijo con mala cara.

Garzón, que se había mantenido como testigo mudo de aquella escaramuza, terció por fin.

—Voy a buscar unos cafés. ¿Me acompaña, inspector Núñez? Así, mientras la inspectora les da una ojeada a los papeles, los traemos entre los dos.