Bajo el cielo infernal (Petra Delicado 15)
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Aquel era el primer caso que me encargaban desde la muerte de mi marido, ya que justo después de su accidente tuve unos días de permiso.
Permiso para la incredulidad, para el llanto, para la desesperación, para la ira, para el sentimiento de culpabilidad por seguir viva.
Pasado ese lapso, se suponía que volver al trabajo me ayudaría a sobrellevar el duelo.
Duelo , ¡vaya palabra! El diccionario la define en primer lugar como: «Combate o pelea entre dos como consecuencia de un desafío».
Luego ya viene la parte mortuoria: «Demostración de sentimiento, aflicción tras el fallecimiento de un ser querido».
Por último: «Reunión de parientes que acompañan el cortejo fúnebre».
Del cortejo me libré, ¡loados sean los cielos!
, las aflicciones me las tragué enteras, después sólo me quedó la primera acepción del vocablo: combate o pelea.
El único detalle es que me faltaba un adversario.
Me empleé a fondo para encontrarlo. Una precisión importante: mi marido se estrelló en su coche.
Habíamos bebido los dos mucho tras una seria bronca conyugal.
El reencuentro con los colegas dio pie a varios tipos de reacciones por su parte, si bien hubo una común a todos ellos: se ponían serios y me daban el pésame.
Lo habitual. Muchos detenían el trámite en ese momento y decidían marcharse, cariacontecidos.
Otros añadían frases de ánimo. Algunos intentaban aportarme consuelo con inútiles recomendaciones como «Sé fuerte», «Dale tiempo al tiempo» o «La vida sigue, ve adelante».
Yo me mostraba siempre uniforme en mis respuestas, agradecía la atención y bajaba los ojos.
Para ellos, una cosa era departir conmigo brevemente y otra muy distinta permanecer a mi lado, por eso enseguida salían todos pitando.
El subinspector Garzón lo tenía más crudo en ese aspecto.
Seguía siendo mi segundo de a bordo, y el caso encomendado no había variado nuestro equipo: él y yo.
Se avecinaban largas jornadas de trabajo sin que mi compañero supiera si algo había cambiado lo suficiente en mí siendo viuda como para tratarme de manera distinta a la habitual.
En eso andábamos a la par, yo también estaba in albis sobre mí misma.
Una ocasión para redescubrirnos mutuamente que podía conducirnos, con bastante facilidad, al desastre absoluto.
Estaba muy nervioso al hablar conmigo aquella mañana. Sonreía como un tonto. Reírse como un tonto es algo corriente, pero sonreír estúpidamente constituye un logro no siempre alcanzable para cualquiera. Sin duda había estado pensando en el modo de abordar una cuestión tan banal como anunciarme:
—Petra, el comisario la espera en su despacho. —Luego profundizó en el gesto bobo para añadir—: Lo que va a decirle le gustará. —No pudiendo mantener por más tiempo un artificio tan inusual como la sonrisa tonta, al final soltó un par de risitas.
—Debo suponer que usted ya sabe de qué se trata —respondí.
—Sí, pero acabo de enterarme, se lo aseguro.
Di un serio cabezazo de asentimiento y me encaminé a la puerta del despacho donde se me requería.
Golpeé dos veces con los nudillos. El vozarrón del comisario soltó un «¡Pase!
» que parecía más una orden que un permiso.
En cuanto me vio, se puso en pie y vino a mi encuentro.
Me besó en ambas mejillas. Coronas no era un hombre con tendencia a demostrar sus sentimientos, ni mucho menos la más mínima empatía con los subordinados.
El imprevisto besuqueo me demostró que había estado preguntándose de qué manera recibirme.
Tras las fingidas muestras de afecto vi que se preparaba para un discurso con el clásico carraspeo inicial incluido.
Ya que era el jefe y, además, le gustaba escucharse a sí mismo, sus intervenciones solían alargarse.
Deduje que teníamos para un buen rato. Su parlamento concentró todas y cada una de las reacciones generales ante mi viudez que había oído momentos antes: me trasmitió sus condolencias, pronunció frases de apoyo, desgranó consejos de fortaleza y, para culminar el cómputo de lugares comunes, dijo que Marcos, mi marido, había sido una gran persona.
Huelga decir que sólo se habían visto dos o tres veces, y dudaba de que en esas ocasiones hubieran intercambiado alguna palabra.
Yo no varié mi protocolo recién estrenado: pronuncié un lacónico «Gracias» y miré al suelo. Por fin podíamos entrar en materia.
—Querida Petra, después de lo que acabo de decirle en el ámbito privado, debo pasar irremediablemente al terreno profesional.
Me hago cargo de que la vuelta al trabajo será dura para usted.
Supongo que aún se encuentra sensible a cualquier estímulo externo y que preferiría más días de retiro.
Pero, por otra parte, pienso que pasar a la acción directa será beneficioso para usted.
La investigación requiere una mente concentrada en el caso por resolver, una alerta permanente, una rapidez casi instantánea en la toma de decisiones y, por supuesto, un movimiento constante que la llevará de un lado a otro sin tiempo para pensar en su desdichada pérdida. ¿Me explico?
Sin duda alguna se explicaba, pero sus razonamientos continuaban divagando entre prolegómenos que empezaban a parecerme insoportables. Aprovechando su breve interrupción, intenté que concretara de una maldita vez.
—Lleva mucha razón, comisario. Puede darme la información precisa sobre lo que debo hacer. Estoy preparada.
—Lo celebro. El caso que voy a encomendarle tal se diría que está destinado de modo idóneo para usted.
Tanto es así que he hablado con mi homólogo de la policía autonómica, le he contado sus circunstancias personales y le he rogado que su cuerpo se inhiba a favor de la Policía Nacional.
Como mantenemos excelentes relaciones, ha aceptado este trato con dos condiciones: quiere estar informado de todo y exige que lleve usted personalmente las pesquisas sin interferencias, ya que esa ha sido mi petición.
En el supuesto de que usted renunciara por algún motivo, o cayera enferma, o fuera trasladada, las investigaciones pasarían de nuevo a los Mossos d’Esquadra. ¿Está de acuerdo?
—Sí, por supuesto. ¿De qué caso se trata?
—Han asesinado a un jesuita.
Por primera vez había dicho algo concreto... e impactante. Echó mano de una ficha y prosiguió.
—Lorenzo Santos Romero. Sesenta años. Natural de Pamplona.
Miembro de la Compañía de Jesús desde tiempo inmemorial.
Destinado a Barcelona, donde se ocupaba de temas sociales: ayuda a drogadictos, a personas sin hogar...
, resumiendo, a los desfavorecidos, como suelen decir ahora.
Su campo de acción más habitual se localizaba en el barrio de La Mina, un barrio que sería absurdo contarle cómo es.
Acudía a la parroquia del Sant Crist, de nueva creación, para ayudar en las actividades y problemáticas propias del lugar, que, como bien sabemos nosotros, son variadas y abundantes.
La congregación religiosa que tiene encomendada oficialmente esa misión son los salesianos y, naturalmente, el párroco, pero Santos tenía reputación de ser muy competente y todo el mundo lo apreciaba, así que su presencia siempre era bienvenida en las labores del centro, adonde acudía diariamente.
Y allí se lo han cargado, en plena calle y plena noche, de diez puñaladas en distintas partes del cuerpo.
La autopsia dará detalles si es que los da. ¿Qué le parece?
—Que asesinen a alguien nunca me parece bien.
—¡Por supuesto! Me refería al modo de abordar este caso.
Ya se imagina que, formando parte la víctima de las organizaciones eclesiásticas, el asunto cuenta con un plus de morbo popular.
Habrá que actuar con discreción y ser muy diplomáticos en las investigaciones.
La diplomacia hay que extremarla con la Iglesia, siempre ha sido así...
—No sé si estoy en disposición de practicar el guante blanco.
—Pues esfuércese, Petra. No quiero líos con los curas, usted sabe muy bien cómo son.
—No creo ser una especialista.
En circunstancias normales, Coronas hubiera empezado a mandarme al infierno en aquel mismo momento, pero como me había convertido en una pobre viuda, aguantó un poco más, si bien imprimió a sus palabras una innegable aceleración de tipo nervioso.
—El juez instructor es Jacinto Riaza, y el inspector de guardia en la zona que intervino en las primeras diligencias, Nicolás Núñez. Él le informará de todo.
—Lo conozco bien. Fuimos compañeros de promoción. Lo llamábamos el Nene.
Me miró con desconcierto.
—¿Puedo preguntar por qué?
—Por las dos enes, la del nombre y la del apellido.
Puso cara de enfado por primera vez. Acababa de encargarme un caso que a él se le antojaba crucial, para el que había pedido además mi presencia de modo preferente, y me había soltado un discurso humanitario.
Y aun con todo eso, ¿cómo reaccionaba yo?
Poniendo cara de circunstancias y diciendo bobadas.
No se hubiera mostrado agradable ni con la mismísima viuda de Martin Luther King.
—Muy bien, Petra. Puede retirarse.
Me levanté despacio y enfilé la puerta. Cuando ya estaba a punto de cruzarla, el comisario añadió.
—¡Ah, y como antes le dije: mucho ánimo!