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Debido a razones en las que sería redundante abundar, las felicitaciones oficiales por el epílogo del caso Lorenzo Santos fueron inexistentes.
La maquinaria del departamento de comunicación policial empleó sus recursos de modo descarado.
No apareció noticia alguna sobre el asesinato de Iván González en la prensa.
A mí ni se me pasó por las mientes filtrar el dato a Orozco o a algún otro periodista al que conociera.
¿Para qué? Estaba muy cansada de batallar y era muy consciente de que el repudio social contra la Iglesia que el crimen pudiera suscitar se esfumaría pronto.
Ya se encargarían los propios medios informativos de centrar morbosamente el tema en la figura del jesuita, alejándolo de todo planteamiento global.
Y la gente, encantada, una denuncia más sobre los abusos del clero era ya un tema manido.
Sin embargo, especular sobre el malvado jesuita que, desdeñado por su joven presa, urde un plan maquiavélico para vengarse resultaba oro en estado puro.
Un asco, casi me parecía preferible el silencio administrativo.
Pedí al subinspector que fuera a visitar a la familia del chico.
Quizá saber que su hijo no era un ladrón drogadicto les procuraría algún consuelo.
Yo no me sentía con ganas de enfrentarme a la delicada situación.
Mi desfondamiento era total, lo único que me apetecía era derrumbarme en un sillón y cerrar los ojos en busca de paz o sueño profundo.
Garzón regresó de la encomienda bastante decepcionado.
—Ni consuelo ni hostias, inspectora. A estos tíos se la sopla que la memoria de su hijo quede en buen lugar.
—Por lo menos se habrán alegrado de saber que es falso todo lo que se dijo sobre él.
—Supongo. Lo único que han preguntado es si van a cobrar alguna indemnización.
—¿Son pobres?
—Como ratas. Viven en un cuchitril y tienen un montón más de hijos.
—Entonces es lógico que reaccionen así. Hablaré con Coronas, es muy posible que las autoridades eclesiásticas se avengan a pagarles alguna cantidad, aunque en ninguna parte figure el concepto indemnización .
—¡Seguro!, con tal de que cierren el pico...
Mi subalterno abrió los brazos como si se dirigiera a una numerosa asamblea.
—Pues aquí se acaba la historia. Le digo muy en serio que igual me da por añorar esta investigación. Ha sido un mal sueño, pero interesante. Lo próximo que nos encarguen va a parecerme una sosera.
—Yo voy a pedir quince días de permiso.
—¡Coño! Y eso ¿por qué?
—Estoy cansada, Fermín. Alquilaré una casita de turismo rural en el quinto pino y me dedicaré a leer, caminar y pensar. Quiero perderle el miedo a pensar.
—Antes de largarse venga a cenar a mi casa una noche. Beatriz me ha dicho que preparará un banquete de los de chuparse los dedos; en sentido figurado, claro, porque si yo hago eso es capaz de castigarme de cara a la pared.
—Pues claro que iré, encantada de la vida, además.
—¡Estupendo, así celebramos el final del caso! Por cierto, ¿por qué no le dice a Julio, el psicólogo, que se sume a la cena? Podría ser divertido.
Lo miré y sonreí tristemente.
—Mejor no, Fermín. Iré sola.
—¿Está segura?
—Por completo.
Se encogió de hombros y también sonrió.
Mi memoria no es gran cosa. Sin embargo, nunca olvido la palabra que he dado, sea quien sea la persona con quien me comprometí, sea cual sea la promesa que hice.
Así pues, me encaminé al barrio del Raval.
Esta vez ejercité todo mi poder de concentración para sortear las bandadas turísticas sin ni siquiera mirar.
Al llegar a la calle del Abad Safont número tres, pulsé el timbre de la señora Mari Puri.
Dudaba de que invitarla a comer resultara un placer para mí, pero era mi sagrada obligación.
Nadie contestó. Repetí la llamada y por fin oí una voz extraña que decía con un acento más extraño todavía: «No aquí».
—Policía, abra, por favor.
No miré exactamente cuánto tiempo pasó, pero fue el suficiente como para empezar a impacientarme.
En el instante en el que iba a tocar el timbre por tercera vez, se activó la apertura de la puerta.
Comprobé al subir que la puerta de la señora Mari Puri estaba entornada.
Al acercarme más vi que una mujer india o pakistaní, vestida con la ropa étnica correspondiente, se asomaba con cara de horror.
Abrió del todo cuando le mostré la placa.
Un crío muy pequeño, casi un bebé, se cogía de sus faldas observándome.
—Yo, papeles bien. Todo bien.
—De acuerdo, de acuerdo. Busco a la señora Mari Puri. Vivía o vive aquí.
— Old lady no more. Old lady heart attack. Hospital. She is dead . Corazón, muerta.
— Are you sure?
— Yes , sí. I live now here. Husband at work .
Asentí varias veces. Le rocé la carita morena al niño en una torpe caricia. Le sonreí.
— Thank you, madam. Everything is OK.
Cabeceó con un asentimiento firme y amable.
Debía de sentirse muy aliviada. Bajé las escaleras despacio.
Me senté en un tramo de ellas. Los escalones estaban bordeados de madera vieja y desgastada.
No se oía nada. Silencio total. Olía a especias exóticas.
La vida es así, pensé, y la muerte es el final.
Llega siempre, llega a todos, la compañera más fiel.
Me eché a llorar. ¿Lloraba por la anciana, por Marcos?
Siempre se llora por uno mismo. Los muertos ya no están.
Tu llanto no les proporciona ningún consuelo, no les hace ningún bien.
Me sequé las lágrimas y salí a la calle. Caminé Rambla abajo, busqué un banco libre. Necesitaba utilizar mi móvil. Busqué en los contactos: Natalia López.
—¿Natalia? Soy la inspectora Petra Delicado. ¿Te pillo bien, puedes hablar?
—Acabo de salir de clase. Puedo hablar.
—He pensado que a lo mejor te apetecería que comiéramos juntas hoy. Me gustaría invitarte.
Hubo una pausa en la que no oí nada. Luego, su voz exaltada y juvenil.
—¡Hostia! ¿Lo dice en serio? ¿Ha pasado algo?
—No ha pasado nada ni te voy a hacer preguntas sobre nada. Es una comida de placer. ¿Te apuntas?
—¡Vaya que no me voy a apuntar! Pillo el metro y voy donde me diga. Pero con la condición de que soy yo la que invita. Como mi padre está tan contento, me ha aumentado la paga. Tengo pasta. ¿Le gustan las hamburguesas?
—Mucho.
—Pues se me ocurre que nos encontremos en el bar Crisol. Está en la calle Balmes, casi abajo del todo. No sé el número, pero enseguida lo encontrará. Hacen unas hamburguesas que te cagas, nada de McDonald’s ni esas mierdas.
—Voy para allá.
¿Y bien? Era mi oportunidad de estar acompañada sin el riesgo de filosofar sobre la vida y la muerte, sin confrontar mi dolor con otro dolor.
Ni filosofías ni dolores existen en la juventud.
¿Le contaría a Natalia que había sido el hermano Lorenzo quien había asesinado a su compañero Iván?
Probablemente sí. Ya que iba a ser policía, debía saber siempre la verdad, al tiempo que aprendía a no hablar sobre ella cuando era mejor callar.
Vinaròs, 23 de marzo de 2026