Capítulo 29 — El Reencuentro en la Gira
La escala chilena de mi gira de presentación llegó dos meses después, tal como había sido planificada, y aterrizar de nuevo en Santiago, con el recuerdo todavía fresco de mi primer viaje meses atrás, me produjo una sensación de círculo completándose que no había experimentado con tanta claridad en ningún otro momento de mi vida adulta.
Después de semanas de ciudades españolas, de trenes, hoteles y presentaciones, de repetir las mismas frases en las mismas salas con la cortesía agotada de las giras, respirar de nuevo el aire seco y frío de la cordillera me pareció un regreso en el sentido más literal.
Tomás y Antonia me esperaban en el aeropuerto, esta vez sin la incertidumbre y las lágrimas de la despedida anterior, sino con carteles improvisados que Antonia había insistido en fabricar, uno de ellos declarando, con letras de colores, «Bienvenida a casa, Marina», una frase que me detuvo en seco al leerla, consciente del peso simbólico que aquellas palabras cargaban.
Tomás sostenía el suyo con visible vergüenza; decía, simplemente, «Mi escritora».
Detrás de ellos, un grupo de lectores curiosos, que habían reconocido mi foto de contraportada, empezó a aplaudir cuando me vieron aparecer por la puerta de llegadas, y me sonrojé hasta las orejas.
—¿Casa? —pregunté, abrazando primero a Antonia, que había crecido visiblemente en los meses transcurridos.
—Bueno, es una de tus casas —corrigió ella, con la precisión meticulosa que la caracterizaba—. Todos tenemos más de una casa, ¿no? Yo tengo la de mi mamá y la de mi papá. Tú puedes tener la de Madrid y la de aquí.
Aquella lógica infantil, tan simple y tan certera, se me quedó grabada durante el resto de la visita, resonando cada vez que recorría de nuevo las calles de Valparaíso, reconociendo cada esquina con una familiaridad que confirmaba, de alguna manera, la validez de la observación de Antonia.
Tomás me abrazó el último, con la lentitud de quien ha esperado demasiado y ya no tiene prisa, y me susurró al oído: «Se me hizo largo».
Yo le respondí que a mí también, y por un instante nos quedamos así, en medio de la terminal, mientras Antonia, a nuestro lado, fingía mirar con enorme interés un cartel de horarios.
Volví a ver la casa de las ventanas azules aquella misma tarde.
Yolanda me esperaba en el portón, con el mismo delantal manchado de harina, y me abrazó sin decir palabra durante un largo rato.
Subí a mi antigua habitación, que ahora ocupaba una escritora noruega recién llegada, y me asomé a la puerta entreabierta para ver el escritorio junto a la ventana, la misma luz diagonal sobre el mismo suelo de madera.
Me sentí, por un momento, como un fantasma amable visitando su vida anterior.
La presentación de mi libro en una librería del Cerro Alegre, organizada en colaboración con la fundación cultural que había gestionado mi residencia, reunió a un público que incluía, para mi sorpresa y emoción genuina, a Yolanda, a Nicolás —que había viajado especialmente desde Buenos Aires para la ocasión—, a Priya conectada por videollamada desde Londres, proyectada en una pantalla lateral con su sonrisa de siempre, a los padres de Tomás, e incluso a Ezequiel, el ingeniero de sonido que había grabado el disco, que se había sentado en la última fila con los brazos cruzados y una expresión de orgullo discreto.
Leí un fragmento del libro en voz alta, el mismo capítulo del primer beso que había compartido con Nicolás y Priya meses atrás en aquel mismo cerro, y sentí, al terminar, que el círculo entre la ficción y la realidad, entre la protagonista que yo había creado y la mujer que realmente era, finalmente se cerraba de una manera que solo podía describir como profundamente satisfactoria.
Cecilia, en la primera fila, lloraba abiertamente, y Hernán, a su lado, le ofrecía un pañuelo con una sonrisa de infinita paciencia.
Durante el turno de preguntas, una lectora chilena, con una sonrisa cómplice, preguntó directamente si el final abierto de la novela reflejaba mi propia situación sentimental, y dudé un momento, buscando a Tomás entre el público antes de responder.
—El final de la novela es deliberadamente abierto porque, cuando lo escribí, yo tampoco sabía cómo iba a terminar mi propia historia —respondí, con una honestidad que provocó murmullos de aprobación entre el público—.
Pero puedo decirles que, meses después de escribir ese final, sigo escribiendo, junto a alguien muy especial, los capítulos siguientes de una historia que cada día se parece más a un final feliz, aunque todavía en construcción.
Tomás, entre el público, sonrió con una emoción que no intentó ocultar, y Antonia, sentada a su lado, aplaudió con un entusiasmo desproporcionado que hizo reír a todo el auditorio, rompiendo la solemnidad del momento con la naturalidad despreocupada que solo los doce años, casi trece ya, podían aportar a una escena tan cargada de significado para los adultos presentes.
Esa noche, después de la cena con todos los amigos en un restaurante del puerto, y de una sobremesa que se extendió hasta que los camareros empezaron a apilar las sillas, Tomás y yo subimos caminando al mirador, el mismo de la primera vez.
La bahía brillaba, salpicada de luces. Nos apoyamos en la baranda oxidada, sin hablar.
Él sacó del bolsillo una pequeña cajita de madera, la abrió, y dentro, sobre un lecho de tela azul, descansaba una llave.
—Es de la casa donde vivo —dijo, con la voz algo ronca—. No te pido nada con esto. Solo quiero que tengas una llave. Para que cuando vengas, aunque sea de visita, no tengas que llamar a la puerta.
La cogí con dos dedos, como se coge algo muy pequeño y muy frágil, y la sentí tibia por haber estado tanto rato en su bolsillo. No dije nada. Lo besé, bajo el mismo cielo estrellado, y comprendí que había cosas que se agradecían mejor sin palabras.