Bajo el cielo de valparaiso Capítulo 30 — Bajo el Mismo Cielo (Epílogo)
100%

Capítulo 30 — Bajo el Mismo Cielo (Epílogo)

Valparaíso, dos años después

Escribo esto sentada en el balcón de la casa que Tomás y yo compramos juntos hace seis meses, en el mismo Cerro Alegre donde todo empezó, con vistas al mismo mar que me recibió aquella primera noche de lluvia fina, cuando llegué a esta ciudad sin saber que iba a cambiarme la vida por completo.

Es una casa estrecha y alta, de madera pintada de un azul que Yolanda aprobó con una mueca de complicidad, y tiene una escalera de caracol que cruje en el cuarto peldaño.

Hay un limonero en el patio, una gata atigrada que apareció un buen día y se negó a marcharse, y una pared del salón cubierta de cuadros, dibujos y partituras que nadie ha tenido el valor de ordenar.

Antonia, que cumplió catorce años la semana pasada, está abajo en el estudio improvisado que instalamos en el patio trasero, grabando lo que insiste en llamar «mi propio disco, no el de mi papá», con una determinación que ya no me sorprende en absoluto viniendo de ella.

Decidió, hace un año, que quería pasar la mayor parte del tiempo escolar con nosotros en Valparaíso, viajando a ver a su madre en vacaciones largas, un arreglo que Valentina, con la generosidad que aprendí a valorar profundamente con el tiempo, aceptó sin ninguna resistencia, reconociendo la felicidad evidente de su hija en esta nueva configuración familiar.

La última vez que nos vimos, en la puerta del colegio, Valentina me estrechó la mano con una calidez que, dos años antes, habría considerado imposible, y dijo: «Gracias por cuidarla».

Y yo, que no sabía qué responder, dije la verdad: «Ella me cuida a mí».

Tomás finalmente hizo su primera gira por España el año pasado, pequeña pero exitosa, tocando en librerías y cafés de varias ciudades, presentando canciones que ya no hablaban solo de Valparaíso, sino también de Madrid, de una vida construida entre dos continentes que, contra todo pronóstico razonable, había encontrado la manera de funcionar.

En Malasaña, en el mismo local donde había tocado para quince personas, esa vez tuvo que abrirse paso entre ochenta para llegar al escenario.

Mi madre, en primera fila, cantaba el estribillo de Marina sin entender del todo la letra, y mi padre, a su lado, fingía estar interesado en el techo.

Yo publiqué mi tercera novela hace tres meses, esta vez escrita a caballo entre ambos países, en temporadas que dividía cuidadosamente entre mi apartamento en Madrid, que todavía conservo para cuando el trabajo editorial lo exige, y esta casa en Valparaíso que cada día se siente más como mi hogar principal que como una segunda residencia temporal.

Carmen, al leer el manuscrito, me dijo por teléfono que era «cálido, otra vez».

Le respondí que seguía siendo la misma historia, que solo había aprendido a contarla con las ventanas abiertas.

No fue un camino sencillo, los últimos dos años.

Hubo meses de distancia dolorosa, discusiones sobre logística que a veces amenazaban con desgastar lo que sentíamos, momentos de duda genuina sobre si estábamos siendo realistas o simplemente tercos en aferrarnos a algo que la geografía parecía empeñada en dificultar.

Hubo una noche de invierno, en particular, en que colgué una videollamada sin despedirme, enojada por una tontería que ya no recuerdo, y pasé una hora mirando el techo, hasta que sonó el teléfono y su voz, ronca, dijo: «Tengo miedo de que esto se nos esté yendo de las manos».

Y yo, llorando, le respondí: «Yo también».

Y hablamos hasta el amanecer. Pero cada vez que aquella duda amenazaba con imponerse, encontrábamos, de alguna manera, el camino de vuelta el uno al otro, recordando la promesa que nos hicimos en aquel mirador durante mis primeros meses en Chile: contarnos los miedos en lugar de dejarlos crecer en silencio.

Priya terminó su novela sobre su abuela el año pasado, dedicándomela con una nota que todavía me hace llorar cada vez que la releo: para Marina, que me enseñó que a veces las historias que más necesitamos escribir son las que también estamos viviendo .

Nicolás, por su parte, sigue con sus cuentos, ahora en su séptimo año de trabajo sobre el mismo libro, aunque insiste, cada vez que hablamos, en que esta vez sí está cerca del final.

Los cuatro nos reunimos en la casa de las ventanas azules cada aniversario, y Yolanda nos prepara el mismo menú, y siempre acabamos riendo con las mismas anécdotas.

Esta tarde, mientras el sol empieza a descender sobre el Pacífico, tiñendo los cerros de colores todavía más intensos que los habituales, Tomás sube al balcón con dos copas de vino, sentándose a mi lado con la naturalidad de quien ha hecho este mismo gesto miles de veces y espera hacerlo miles de veces más.

Tiene algunas canas nuevas junto a las sienes, y yo, que las he contado, no se lo digo.

—¿En qué piensas? —pregunta, entregándome una copa.

—En que nunca imaginé que un viaje de tres meses para superar un bloqueo de escritora terminaría convirtiéndose en toda mi vida.

Tomás sonríe, apoyando su cabeza contra la mía, y ambos nos quedamos en silencio, observando cómo el cielo se incendia lentamente sobre la ciudad de colores imposibles que, contra todo pronóstico, decidió convertirse en nuestro hogar compartido.

Desde el patio sube el sonido de una guitarra, probando acordes, y la voz de Antonia, con una seriedad que me hace sonreír, pidiéndole al técnico que repita la toma.

—Bajo el mismo cielo —murmura él, citando el título de la canción que grabó para mí hace ya tanto tiempo, la misma que ahora suena, distante y familiar, desde el estudio improvisado donde Antonia sigue grabando su propia versión de aquella melodía.

—Bajo el mismo cielo —repito, sintiendo que aquellas palabras, simples en apariencia, contienen toda la verdad de lo que hemos construido: no un amor que necesitó anular las distancias para sobrevivir, sino uno que aprendió, con paciencia y con la valentía compartida de dos personas dispuestas a intentarlo, a hacer del cielo compartido, sin importar bajo qué cerro o qué latitud nos encontráramos, el único hogar verdaderamente necesario.

Abajo, en la calle, se encienden los faroles uno a uno, y en la bahía los barcos encienden también sus luces, como una respuesta.

Cierro el cuaderno, el que me regaló Priya, y en la última página escribo la frase que, en algún momento de aquellos años, dejó de ser una promesa para convertirse en una verdad: esto no fue un intermedio. Era el libro.

FIN