Bajo el cielo de valparaiso Capítulo 28 — La Conversación Final
93%

Capítulo 28 — La Conversación Final

La última noche antes del regreso de Tomás a Chile, cenamos en mi apartamento, preparando juntos una versión aproximada de la cazuela que su madre me había enseñado a hacer durante mi visita a su casa meses atrás, un plato que ya empezaba a sentir como propio, tejido entre las dos culturas que ahora formaban parte de mi vida cotidiana.

La cocina se llenó de vapor y de olor a cilantro, y Tomás, con el delantal de rayas de mi madre atado a la cintura, removía el caldo con una concentración casi musical.

Sobre la mesa, entre las velas, descansaban dos maletas medio abiertas que ninguno de los dos miraba.

Las dos semanas habían pasado con una rapidez cruel.

Nos habíamos prometido que no hablaríamos de la despedida hasta la última noche, y esa noche había llegado, como llegan siempre las cosas que uno ha decidido no mirar de frente.

A mitad de la cena, noté que el silencio entre bocado y bocado se había vuelto demasiado largo, demasiado lleno.

—Tengo que preguntarte algo, y quiero una respuesta honesta, sin que trates de protegerme de nada —dijo Tomás, mientras recogíamos los platos después de cenar—. ¿Cómo te sientes realmente con todo esto? No la versión optimista que nos decimos para sentirnos mejor. La verdad completa.

Me tomé un momento para responder, queriendo honrar su pregunta con la sinceridad que merecía, secándome las manos en un paño de cocina mientras ordenaba mis pensamientos.

—Me siento feliz, Tomás. Genuinamente feliz, algo que llevaba años sin sentir con esta intensidad.

Pero también me siento cansada, si soy completamente honesta.

Cansada de contar los días entre visitas, cansada de las videollamadas que, por buenas que sean, nunca sustituyen completamente estar en la misma habitación.

Cansada de despedirme en aeropuertos. Y a veces me pregunto cuánto tiempo más podemos sostener esto sin que alguno de los dos tenga que hacer un sacrificio más grande.

Tomás asintió, sin sorprenderse por mi respuesta, como si hubiera estado esperando, él también, el momento de verbalizar aquella misma fatiga acumulada. Dejó el paño sobre la encimera y se apoyó contra ella, con los brazos cruzados y la mirada fija en el suelo de baldosas.

—Yo siento exactamente lo mismo. Cada vez que cuelgo una videollamada, la casa se queda demasiado grande y demasiado callada. Y he estado pensando en algo que quiero proponerte, aunque me da miedo decirlo en voz alta por si suena precipitado.

—Dilo de todas formas.

—Antonia cumple catorce años en dos años.

Para entonces, según el acuerdo con Valentina, tendrá más independencia, más capacidad de decidir ella misma cómo repartir su tiempo entre sus padres.

He estado pensando que, si las cosas siguen bien entre nosotros, si seguimos sintiendo lo que sentimos ahora, podría considerar trasladarme a España de manera más permanente en ese momento, mientras Antonia decide venir conmigo temporadas más largas o quedarse principalmente con su madre, según lo que ella prefiera cuando tenga edad de decidirlo con más autonomía.

La propuesta, aunque formulada con cautela y con plazos todavía lejanos, representaba un compromiso mucho más concreto que cualquier cosa que hubiéramos discutido hasta entonces. Me quedé quieta, con la sensación de que si me movía, aquella frase podría desvanecerse.

—¿Y lo has hablado con ella? —pregunté al fin.

—Todavía no. Primero quería hablarlo contigo. Pero Antonia, con lo lista que es, probablemente ya lo ha deducido todo. Ayer me preguntó, en medio de una videollamada, si en España había buenas escuelas de música para adolescentes. Así, sin más. Como quien pregunta por el tiempo.

Me reí, y el nudo que llevaba toda la tarde en la garganta se aflojó un poco.

—¿Y mientras tanto? —pregunté, necesitando entender el plan completo antes de permitirme la esperanza que ya empezaba a crecer en mi pecho.

—Mientras tanto, seguimos como hasta ahora, pero con más frecuencia.

He estado ahorrando para poder viajar cada dos meses en lugar de cada tres o cuatro.

Y tú podrías considerar, si tu carrera lo permite, pasar temporadas más largas en Chile, quizás alquilando algo por tu cuenta en Valparaíso durante los meses en que no tengas compromisos editoriales urgentes en España.

Sentí que las lágrimas se acumulaban, no de tristeza sino de un alivio profundo ante la concreción de aquel plan, ante la prueba tangible de que Tomás había estado pensando, con la misma seriedad que yo, en cómo sostener aquello que habíamos construido.

Tomé una libreta de la repisa, de esas que uso para anotar ideas, y comenzamos a escribir, uno al lado del otro, una cronología: fechas de vuelos, temporadas, el cumpleaños de Antonia, la fecha probable del siguiente libro.

Era un documento absurdo, lleno de tachones y flechas, y sin embargo me pareció el texto más importante que había escrito en mucho tiempo.

—Me gusta ese plan —dije finalmente, con una sonrisa que no podía contener—. Me gusta mucho.

—Hay algo más —añadió Tomás, con una timidez renovada que no le había visto desde nuestros primeros encuentros en Valparaíso—.

Quiero que sepas que, sea cual sea el plazo exacto que esto tome, mi intención es que esto dure.

No estoy jugando a algo temporal, Marina.

Estoy construyendo, contigo, algo que espero que se convierta en el resto de mi vida, aunque tengamos que atravesar unos años más complicados antes de llegar ahí.

—Yo tampoco estoy jugando —dije, y la voz me salió firme, más firme de lo que esperaba—. Yo también quiero el resto.

Nos abrazamos, sellando aquella conversación con una promesa que, por primera vez, tenía contornos concretos y no solo la vaguedad esperanzada de los primeros meses.

Nos quedamos así, en medio de la cocina, con los restos de la cazuela enfriándose en la mesa y la libreta de plazos abierta junto a los platos, y sentí que aquel «intermedio» del que habíamos hablado en el aeropuerto de Santiago finalmente empezaba a tener una fecha de resolución clara, aunque todavía lejana, hacia la cual ambos, con paciencia y determinación compartidas, estábamos dispuestos a caminar juntos.

A la mañana siguiente lo acompañé al aeropuerto, y esta vez, al despedirnos en la puerta de embarque, no lloré.

Le di un beso, le acomodé el cuello de la chaqueta y le dije: «Hasta pronto».

Y él, con esa sonrisa suya que siempre llegaba un poco tarde pero llegaba entera, respondió: «Hasta pronto, Marina».

Y por primera vez en meses, aquellas dos palabras no sonaron a consuelo, sino a hecho.