Bajo el cielo de valparaiso Capítulo 27 — Tomás en Madrid
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Capítulo 27 — Tomás en Madrid

Reconocí a Tomás entre la multitud del aeropuerto de Barajas antes de que él me viera a mí, cargando una maleta y su inseparable guitarra, mirando a su alrededor con esa mezcla de curiosidad y desorientación propia de quien pisa un país nuevo por primera vez.

Llevaba la misma chaqueta oscura del día de mi partida y el pelo algo más largo, y tenía el gesto cansado de quien ha dormido poco y mal durante catorce horas de vuelo.

Cuando finalmente nuestras miradas se encontraron, corrió hacia mí con una velocidad que hizo que varios pasajeros cercanos se giraran a mirar, y me levantó del suelo en un abrazo que compensaba, de golpe, cada uno de los días de distancia acumulados.

—Estás aquí de verdad —dije, todavía sin soltarlo, incapaz de creer completamente que aquello no fuera otra videollamada más—. No es una pantalla.

—No es una pantalla —confirmó él, besándome con una intensidad que atrajo más miradas curiosas de las que a ninguno de los dos nos importó en absoluto—. Llevo meses queriendo hacer esto sin que una cámara y varios miles de kilómetros se interpongan.

Las dos semanas siguientes se convirtieron en una especie de reversión de los papeles que habíamos tenido en Valparaíso: ahora era yo quien le mostraba mi ciudad, mis rincones favoritos, la cafetería donde solía escribir antes de que mi bloqueo se instalara, el parque donde había paseado durante los meses más difíciles de la ruptura con Álvaro.

Lo llevé al Retiro una mañana de niebla, y remamos juntos en una barca alquilada, torpemente, entre patos indiferentes.

Subimos a la terraza del Círculo de Bellas Artes al atardecer, y vimos cómo los tejados de Madrid se teñían de un dorado que a él le recordó, con una punzada de nostalgia que compartí, los atardeceres del puerto.

Tomás absorbía todo con la misma curiosidad genuina que yo había sentido en Chile, tomando fotografías con su teléfono para enviárselas a Antonia, probando cada plato típico que le recomendaba con un entusiasmo que me recordaba, con cariño, la manera en que Antonia abordaba cada nueva experiencia.

Comió su primera tortilla de patatas en un bar de La Latina, de pie, y declaró, con solemnidad, que aquello era «una forma de arte».

Se sorprendió especialmente con el horario español de las comidas, declarando, entre risas, que iba a tener que reprogramar completamente su reloj interno si algún día pensaba quedarse más tiempo.

Una noche tocó en un pequeño local de Malasaña donde Carmen, que se había enterado de la visita, le había conseguido un hueco.

Éramos quince personas en la sala, entre amigos míos y curiosos, y sin embargo Tomás tocó como si fueran quinientas, con la misma entrega, la misma vulnerabilidad.

Cuando acabó con Marina , una mujer mayor sentada junto a la barra se levantó con lágrimas en los ojos y le preguntó si la canción existía en algún sitio donde pudiera comprarla.

Tomás, desconcertado, me miró buscando ayuda, y yo, riendo, le expliqué que acababa de vender su primer disco en España.

Lo presenté a mis padres durante una cena que había temido más de lo razonable, pero que resultó fluir con una naturalidad sorprendente, en parte gracias al encanto genuino de Tomás y en parte porque mis padres, tal como habían demostrado en nuestra conversación telefónica previa, ya habían decidido, de antemano, recibirlo con la mente abierta que yo tanto necesitaba de ellos.

Mi madre había preparado cocido, plato que, según anunció, «no se le sirve a cualquiera», y mi padre había descorchado una botella de Ribera que guardaba para las ocasiones importantes.

—Así que usted es el guitarrista que le devolvió la sonrisa a mi hija —comentó mi padre, con un tono que oscilaba entre la broma y la sinceridad genuina, mientras servía el vino durante la cena.

—Espero haber contribuido algo, aunque creo que Marina se la recuperó sola, en gran parte —respondió Tomás, con una modestia que le agradecí profundamente—. Yo solo tuve la suerte de estar cerca cuando eso empezó a pasar.

La cena se extendió hasta bien entrada la noche, con mi madre haciendo preguntas detalladas sobre Antonia, sobre Chile, sobre los planes futuros que Tomás y yo todavía estábamos esbozando, y sentí, viendo a mis padres reír con las anécdotas de Tomás sobre la excéntrica dinámica familiar chilena, que aquella integración, tan temida en abstracto, resultaba en la práctica mucho más sencilla y natural de lo que había anticipado.

Al despedirse, mi padre le estrechó la mano con las dos suyas, un gesto que yo solo le había visto hacer con los amigos de toda la vida, y le dijo: «Vuelva pronto, hijo».

Tomás me apretó la mano bajo la mesa, y yo supe que había conseguido, sin proponérselo, lo más difícil.

Tomás también asistió, durante aquella visita, a la presentación oficial de mi libro en una librería del centro de Madrid, sentado en primera fila con una expresión de orgullo que no intentó disimular en ningún momento.

El local estaba lleno, con lectores de pie entre las estanterías, y cuando empecé a leer el primer capítulo noté que me temblaba la voz, no por los nervios sino porque, en la primera fila, un hombre de ojos oscuros asentía casi imperceptiblemente a cada frase.

Al final del evento, cuando algunos lectores se acercaron a pedirme que firmara ejemplares, se quedó apartado, observando con una sonrisa satisfecha, hasta que finalmente se acercó también él, pidiendo que le firmara su propio ejemplar con una dedicatoria especial.

—¿Qué quieres que ponga? —pregunté, con el bolígrafo listo sobre la primera página.

—Lo que tú sientas que es verdad —respondió, con esa sencillez que tanto me gustaba de él—. Confío en tus palabras más que en las mías propias, para estas cosas.

Escribí, con una letra que intenté mantener firme a pesar de la emoción: Para Tomás, que me enseñó que a veces la vida te regala capítulos que ni siquiera sabías que necesitabas escribir.

Con todo mi amor, Marina. Él leyó la dedicatoria en silencio, despacio, y luego cerró el libro contra su pecho, como quien guarda algo que no piensa soltar.