Capítulo 26 — Madrid sin Álvaro
Volver a Madrid resultó más extraño de lo que había anticipado: la misma ciudad de siempre, los mismos edificios grises bajo un cielo que ya no me parecía tan uniformemente nublado como antes de conocer los cielos despejados de Valparaíso, pero con una sensación de desfase temporal, como si hubiera envejecido varios años en apenas tres meses mientras Madrid permanecía exactamente igual.
El taxi me dejó frente a mi portal bajo una lluvia fría, y el portero, que me saludó con la misma indiferencia afable de siempre, me hizo sentir, absurdamente, que no me había ido nunca.
Mi apartamento, ya oficialmente solo mío tras la finalización de los trámites de divorcio mientras estaba en Chile, me recibió con ese silencio particular de los espacios que llevan tiempo sin habitarse plenamente.
Olía a cerrado y a polvo, y en el buzón se amontonaban facturas, folletos y dos cartas del abogado.
Deshice las maletas con una lentitud reflexiva, encontrando en cada objeto guardado un recordatorio de la vida que había dejado en pausa: los libros de Álvaro que todavía no había tenido tiempo de devolverle, fotografías de nuestro matrimonio que no sabía todavía si debía guardar o desechar, la cama matrimonial que ahora me parecía excesivamente grande para una sola persona.
Esa primera noche dormí mal. El jet lag me despertaba cada dos horas y, en cada despertar, me costaba unos segundos recordar en qué ciudad estaba.
Me asomé a la ventana a las cuatro de la madrugada y vi las luces de la calle, la acera mojada, un solo taxi pasando despacio; pensé que a esa hora Tomás estaría cenando todavía, y que probablemente miraba el reloj calculando la diferencia.
Le escribí un mensaje de tres palabras, «ya te echo de menos», y su respuesta llegó antes de que dejara el teléfono sobre la mesilla: «Yo también. Duerme».
Álvaro y yo nos vimos apenas dos días después de mi regreso, para finalizar algunos últimos detalles administrativos, y el encuentro resultó menos incómodo de lo que había temido, marcado por una cordialidad tranquila que sugería que ambos, cada uno a su manera, habíamos hecho las paces con el fin de nuestra historia compartida.
Elegimos una cafetería de la calle Fuencarral, neutral, sin recuerdos.
—Se te ve distinta —comentó él, mientras revisábamos papeles en la mesa de mármol—. Más ligera, no sé cómo explicarlo mejor.
—Chile me hizo bien —admití, sin entrar en detalles sobre Tomás, sintiendo que aquella información pertenecía a un capítulo de mi vida que ya no necesitaba compartir con él directamente.
—Me alegro sinceramente, Marina. Mereces esa ligereza, después de todo. Los dos la merecemos, creo.
Firmamos los últimos documentos con una pluma que él había traído y que yo recordaba haberle regalado hacía años, y al devolvérsela, nuestros dedos se rozaron un instante sin ninguna carga.
Nos despedimos con un abrazo breve pero genuino, el primero en mucho tiempo que no cargaba con el peso de expectativas rotas ni de resentimientos acumulados, simplemente dos personas que habían compartido diez años de vida y que ahora, finalmente, podían despedirse en paz.
Lo vi alejarse por la acera, con su abrigo gris y su paso ligeramente encorvado de siempre, y sentí no una pérdida, sino algo más parecido a cerrar una puerta que llevaba tiempo entreabierta.
Las semanas siguientes se llenaron de la logística editorial que acompañaba el lanzamiento inminente de mi novela: revisiones finales con Carmen, que me recibió en su despacho con un abrazo y una botella de cava; una sesión de fotos para la contraportada, en la que el fotógrafo me pidió que sonriera «como si pensaras en alguien» y no tuve que fingir nada; planificación detallada de la gira de presentación que, tal como había esperado, incluía finalmente una escala en Chile, programada para dos meses después del lanzamiento en España.
Hablaba con Tomás casi a diario, videollamadas que se extendían durante horas, mensajes de voz que me enviaba mientras caminaba por los cerros de Valparaíso, con el ruido del viento y de las gaviotas de fondo, fotografías de Antonia sonriendo con su guitarra en las clases de los sábados.
Una noche, sin avisar, me envió un audio de cuarenta segundos: una melodía nueva, apenas esbozada, que tarareaba con voz ronca.
«Todavía no tiene letra», decía al final.
«Pero ya tiene dueña». La distancia, aunque dolorosa, no había disminuido en absoluto la intensidad de lo que sentíamos; si acaso, la había concentrado, convirtiendo cada conversación en un momento cargado de una atención plena que quizás la convivencia cotidiana, con sus distracciones inevitables, no siempre hubiera permitido cultivar con tanta intensidad.
Mis padres, finalmente informados con detalle sobre Tomás durante una comida dominical, reaccionaron con una mezcla de sorpresa y cauteloso interés que se resolvió en una curiosidad genuina cuando les mostré fotografías del disco de Tomás y les conté sobre Antonia.
Mi padre, que apenas había hablado durante el primer plato, pidió ver la portada del disco dos veces, y al final, con aire de quien quiere restarle importancia, preguntó si en Chile se vendía buen vino y si el guitarrista sabía jugar al mus.
—Se te ilumina la cara cuando hablas de él —observó mi madre, con la misma perspicacia que había demostrado en su carta—. Eso ya me dice todo lo que necesito saber, Marina.
Faltaban apenas dos semanas para que Tomás llegara a Madrid, y sentía que cada día que pasaba, la anticipación crecía hasta convertirse en algo casi físico, un cosquilleo constante que me acompañaba en cada tarea cotidiana, recordándome que el «intermedio» del que habíamos hablado en el aeropuerto estaba a punto de convertirse, por fin, en la próxima escena real de nuestra historia compartida.
Compré sábanas nuevas, cambié de sitio los muebles del salón, vacié medio armario para dejarle espacio.
Y cada noche, antes de dormir, tachaba un día en el calendario, esta vez sin darle la vuelta contra la pared.