Bajo el cielo de valparaiso Capítulo 25 — El Aeropuerto
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Capítulo 25 — El Aeropuerto

El día de mi partida amaneció con una llovizna fina que rara vez visitaba Valparaíso en aquella época del año, como si la ciudad misma quisiera despedirse con algo distinto a su habitual sol radiante.

Las calles brillaban, mojadas, y los cerros se desdibujaban entre una bruma gris perla que le daba al puerto un aire de fotografía antigua.

Terminé de hacer la maleta con Tomás sentado en el borde de mi cama, observándome doblar ropa con una lentitud deliberada, ambos postergando el momento inevitable de salir hacia el aeropuerto de Santiago.

La habitación, que tres meses antes me había parecido ajena y fría, estaba ahora llena de mí: el escritorio con las marcas de los codos, la ventana donde había amanecido tantas veces con el cuaderno en el regazo, la pared donde Antonia había pegado, con cinta adhesiva y total desfachatez, un dibujo de una guitarra con alas.

Descolgué el dibujo con cuidado y lo guardé entre las páginas de mi libreta, sin decir nada, y Tomás, desde la cama, fingió no haberme visto.

Yolanda nos esperaba en el vestíbulo, con los brazos cruzados y el rostro de quien se ha prometido no llorar.

Me abrazó con una fuerza sorprendente en una mujer tan menuda y me puso en las manos una bolsa de papel que contenía, descubrí luego, un paquete de galletas caseras y una nota: «La casa de las ventanas azules siempre tiene una habitación para ti».

Antonia había insistido en acompañarnos, a pesar de que aquello significara faltar medio día de colegio, y Valentina, en un gesto que me sorprendió gratamente dada la cautela que había mostrado en nuestro primer encuentro, había autorizado la ausencia sin poner ninguna objeción.

Incluso, al dejarla en nuestra puerta esa mañana, me había mirado un instante más de lo estrictamente necesario y había dicho, con su voz de siempre, sin suavizarla pero sin endurecerla: «Cuídate, Marina.

Y cuídala a ella, aunque sea desde lejos».

—Quiero despedirme bien —había dicho Antonia, cuando Tomás intentó convencerla de que no era necesario que faltara a clases—. No de esas despedidas rápidas donde nadie llora porque tiene vergüenza. Quiero una despedida de película, con lágrimas y todo.

El trayecto hasta Santiago transcurrió en un silencio cargado de emociones no verbalizadas del todo, interrumpido solo por comentarios ocasionales sobre detalles prácticos: la hora del vuelo, la conexión en Madrid, la promesa de escribirse en cuanto aterrizara.

La lluvia fue ralentizando su caída a medida que dejábamos la costa, y en algún punto, entre viñedos que se extendían en hileras simétricas, apareció un hilo de sol que iluminó el parabrisas.

Antonia, sentada en el asiento trasero junto a mí, me tomó la mano en algún momento del viaje sin decir nada, y la sostuve con fuerza durante el resto del trayecto, sintiendo que aquel gesto silencioso comunicaba más que cualquier palabra que pudiéramos haber intercambiado.

Llegamos al aeropuerto con tiempo de sobra, y nos quedamos los tres en la zona de embarque, prolongando artificialmente los últimos minutos con conversaciones triviales que ninguno realmente escuchaba, demasiado concentrados en la despedida inminente para prestar atención genuina a nada más.

Tomamos un café que nadie terminó, miramos los paneles de vuelos con la fascinación de quien intenta descifrar un destino, y Antonia, para rellenar el silencio, enumeró en voz alta, con su precisión habitual, las diez cosas que tenía que mostrarme cuando volviera a Valparaíso.

Cuando finalmente llamaron a mi vuelo, la voz metálica del altavoz pronunció mi nombre con un acento que me sonó cruelmente ajeno, y Antonia fue la primera en abrazarme, con una fuerza que no esperaba de un cuerpo tan pequeño.

—Prometiste que ibas a volver —dijo, contra mi hombro, con la voz quebrada—. No lo olvides.

—Nunca lo olvidaría, Antonia. Cuídame a tu papá mientras tanto, y sigue siendo su productora ejecutiva. El disco necesita una gira, ¿recuerdas?

Ella asintió, secándose las lágrimas con el dorso de la mano, con una dignidad que me recordó, una vez más, lo excepcional que era aquella niña.

Tomás se acercó después, y nos abrazamos con una intensidad que no necesitaba palabras, sintiendo ambos el peso completo de todo lo que dejábamos atrás y de todo lo que, esperábamos con una fe que no podíamos garantizar del todo, nos esperaba adelante.

Su corazón latía fuerte contra mi pecho, y noté que me temblaban las rodillas.

—Voy a estar en Madrid en un mes —dijo, contra mi pelo, con la voz también quebrada aunque intentara mantener la compostura—. No es una despedida, Marina. Es solo un intermedio.

—Un intermedio —repetí, aferrándome a aquella palabra como a un ancla—. Me gusta cómo suena eso.

Nos besamos una última vez, breve pero cargado de todo lo que las palabras no alcanzaban a expresar, y finalmente me dirigí hacia el control de seguridad, girándome varias veces para verlos todavía ahí, Antonia agitando la mano con entusiasmo renovado, Tomás con una sonrisa triste pero esperanzada, hasta que la distancia y los recovecos del aeropuerto finalmente los sacaron de mi vista.

Pasé el control como una sonámbula, entregando la bandeja, los zapatos, el cinturón, con los ojos tan llenos de lágrimas que el empleado, un hombre mayor de bigote cano, me preguntó con amabilidad si necesitaba un momento.

Ya en el avión, con Valparaíso desapareciendo bajo las nubes a través de la ventanilla, saqué el cuaderno que Priya me había regalado y escribí, en la primera página en blanco, una sola frase, la misma que llevaría conmigo durante las semanas de incertidumbre que todavía quedaban por delante: esto no es un final, es solo un intermedio .

Me quedé mirándola mucho rato, hasta que el mar, abajo, se volvió una línea azul infinita y el sueño, por fin, me venció.