Capítulo 24 — Últimos Días en Valparaíso
Los últimos días de residencia transcurrieron con esa lentitud extraña que tienen los finales anunciados: cada momento cargado de una consciencia aguda de estar viviendo algo por última vez, al menos por un tiempo indefinido.
Recorrí, una vez más, cada uno de los cerros que había llegado a conocer casi de memoria, despidiéndome mentalmente de rincones específicos que se habían convertido en parte de mi propia geografía emocional: la escalinata de azulejos rotos donde había escuchado a Tomás tocar por primera vez, el mirador donde nos habíamos besado, la plaza donde daba sus clases de música los sábados.
Hice cosas absurdas, de esas que uno hace cuando se despide de un lugar.
Compré una bolsa entera de sopaipillas y me la comí sola en un banco, mirando el mar.
Subí en el ascensor Reina Victoria solo por el placer de oír otra vez su chirrido de madera vieja.
Me despedí de la mujer de la fruta, que me regaló una chirimoya envuelta en papel de periódico «para el viaje» y me dijo, con un tono entre solemne y práctico, que volviera pronto, que las despedidas largas daban mala suerte.
Hasta la gata atigrada, que durante semanas había fingido ignorarme, se subió a mi regazo la última tarde en el patio, y estuvo allí un buen rato, ronroneando con una intensidad que me pareció un gesto de reconocimiento.
Yolanda organizó una pequeña cena de despedida en la casa de la residencia, invitando también a Tomás y Antonia, como reconocimiento tácito de que se habían convertido, durante aquellos tres meses, en una extensión natural de aquella familia improvisada de escritores.
Cocinó un plato tradicional chileno que había prometido enseñarme desde mi llegada y que, hasta entonces, nunca habíamos tenido tiempo de preparar juntas: porotos granados con mazamorra y un pebre picante que hizo toser a Nicolás durante diez minutos.
Me dejó picar el choclo a su lado, en la cocina, con las instrucciones secas de quien lleva décadas dirigiendo aquella casa.
—Tres meses pasan volando cuando uno menos lo espera —comentó Yolanda, sirviendo el postre con una nostalgia que sugería que aquella despedida no era la primera que presenciaba, ni sería la última—. Pero algo me dice, Marina, que tu historia con esta ciudad no ha terminado del todo.
—Eso espero sinceramente —respondí, sintiendo el peso agridulce de aquella cena, celebración y despedida a la vez.
Nicolás, que se marchaba apenas dos días después que yo, propuso un brindis que resultó más emotivo de lo que su tono bromista habitual hacía presagiar, levantándose de la silla con una solemnidad fingida que no engañó a nadie.
—Por los tres meses más productivos y menos solitarios que he tenido en años —dijo, levantando su copa—.
Por Marina, que llegó bloqueada y se va con una novela terminada y un corazón chileno adoptado.
Por Priya, que sigue investigando la historia de su abuela con una dedicación que algún día nos va a dar el mejor libro de todos nosotros.
Y por esta casa, que de alguna manera consigue que tres desconocidos terminen queriéndose como familia en cuestión de semanas.
Brindamos entre risas y lágrimas contenidas, y sentí, en aquella mesa llena de personas que apenas tres meses atrás eran completos desconocidos, una gratitud que no sabía cómo expresar completamente con palabras.
Antonia, sentada entre su padre y Priya, pidió permiso para añadir un brindis propio y, con la copa de jugo en alto, dijo con voz firme: «Por los que se van y vuelven».
Hubo un silencio, y luego un coro de «por los que vuelven» que me hizo reír y llorar a la vez.
Priya me regaló, antes de que la cena terminara, un pequeño cuaderno encuadernado a mano, similar en espíritu al que yo misma había estado usando para anotar mis primeras impresiones sobre Tomás, con una tapa de tela estampada que ella misma había cosido durante las noches en que no conseguía dormir.
—Para que sigas anotando lo que sientas, esté donde esté —dijo, con una sonrisa cómplice—. Y para que algún día me cuentes cómo termina esta historia de verdad, no solo en la novela.
Guardé aquel cuaderno con un cuidado especial, sintiendo que representaba, de alguna manera simbólica, la continuidad de todo lo que había empezado a descubrir sobre mí misma durante aquellos tres meses: la capacidad de escribir de nuevo, la capacidad de amar de nuevo, la capacidad de construir comunidad incluso en las circunstancias más temporales e inciertas.
Abracé a Priya durante tanto tiempo que Nicolás terminó protestando que si seguíamos así tendría que pedir un pañuelo, y entonces nos abrazó él también, torpe y rígido, con los brazos demasiado largos.
Esa noche, ya tarde, cuando los demás se habían retirado y solo quedábamos Tomás y yo en el patio, bajo el mismo cielo estrellado que había presenciado tantos momentos importantes de aquellos meses, nos quedamos en silencio un largo rato, simplemente disfrutando de la presencia mutua sin necesidad de llenar el momento con palabras, conscientes ambos de que, en apenas dos días, aquella rutina compartida se transformaría en algo completamente distinto, cuya forma final todavía no podíamos predecir con certeza.
Él me tomó la mano, y yo recosté la cabeza en su hombro, y así permanecimos hasta que el frío de la madrugada nos obligó a entrar, prometiéndonos, sin decirlo en voz alta, que aquella no sería la última noche de nada.