Bajo el cielo de valparaiso Capítulo 23 — La Despedida de Antonia
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Capítulo 23 — La Despedida de Antonia

Antonia se enteró de la fecha exacta de mi partida de la peor manera posible: escuchándola por casualidad, mientras Tomás y yo hablábamos de los últimos preparativos del viaje sin darnos cuenta de que ella estaba en la habitación contigua, supuestamente haciendo tareas escolares.

Era una tarde de sábado, con la luz entrando oblicua por las cortinas, y sobre la mesa de la cocina teníamos desplegados el itinerario, las reservas del vuelo y una lista de cosas por empacar que ya se me hacía interminable.

Apareció en la puerta con una expresión que no le había visto antes, una mezcla de dolor y enojo que la hacía parecer, por primera vez desde que la conocía, mucho más joven de lo que su habitual seguridad sugería, con los brazos cruzados y los ojos ya brillantes de lágrimas contenidas.

—¿Te vas en dos semanas y nadie pensaba decírmelo?

—Antonia, cariño, íbamos a contártelo este fin de semana, cuando tuviéramos tiempo de hablarlo con calma —intenté explicar, pero mis palabras sonaron débiles incluso a mis propios oídos.

—¿Con calma? ¿Cómo se supone que voy a estar con calma sabiendo que te vas?

—Su voz se quebró, revelando una vulnerabilidad que hasta entonces había mantenido cuidadosamente escondida detrás de su fachada de niña segura de sí misma—.

Pensé que ibas a quedarte. Pensé que esto era como en las películas, donde al final la protagonista decide quedarse para siempre.

Tomás se acercó a ella, intentando abrazarla, pero Antonia se apartó, todavía demasiado herida para aceptar consuelo inmediato, retrocediendo hasta chocar con el marco de la puerta.

—Antonia, la vida real no siempre funciona como en las películas —dijo Tomás, con una paciencia que admiré profundamente en aquel momento—.

Pero eso no significa que la historia termine mal.

Marina tiene una vida en España, un trabajo, una familia.

Igual que tú tienes tu vida aquí, con tu colegio, con tu mamá, con tus amigas.

Que dos personas se quieran no siempre significa que tengan que vivir en el mismo lugar todo el tiempo.

—Entonces para qué sirve quererse, si de todas formas se van a separar —respondió ella, con la lógica implacable de los doce años, una lógica que, en el fondo, contenía una pregunta que yo misma me había hecho más de una vez en las últimas semanas.

Salió corriendo hacia el pasillo, y oímos el golpe seco de la puerta de su cuarto. Tomás hizo ademán de seguirla, pero le puse una mano en el brazo.

—Déjame a mí —le dije—. Si me deja.

Esperé unos minutos antes de ir. Cuando llegué al pasillo, no estaba en su cuarto: se había sentado en el suelo, junto a la ventana del descansillo, abrazándose las rodillas, con la cara escondida y los hombros temblando de un llanto que intentaba, sin éxito, que fuera silencioso.

Me acerqué despacio, dándole espacio para rechazarme si lo necesitaba, y cuando me senté a su lado en el suelo, no se apartó.

—Antonia, te voy a contar un secreto —dije, con una honestidad que sentí que ella merecía, más que cualquier consuelo fácil—.

Yo también tengo miedo de que esto no funcione.

Todos los días. Pero he aprendido algo aquí, en Valparaíso, gracias en parte a ti: que el amor que vale la pena no siempre es el más fácil o el más seguro.

A veces es el que exige esfuerzo, el que exige cruzar océanos, el que exige confiar en algo que no puedes garantizar del todo.

Y prefiero intentar ese tipo de amor, contigo, con tu papá, con toda esta ciudad que se ha metido en mi corazón, que quedarme para siempre con la seguridad de nunca haberlo intentado.

Antonia levantó la cara. Tenía los ojos enrojecidos y la nariz húmeda, y de pronto no parecía una productora ejecutiva ni una pequeña estratega, sino solo una niña que había aprendido, quizás demasiado pronto, que la gente que quiere también puede irse.

—Mi mamá y mi papá también se querían —dijo, en un hilo de voz—. Y se separaron.

—Lo sé.

—Entonces ¿cómo sé que tú no...?

—No lo sabes —admití, y vi en su rostro que mi franqueza la desconcertaba y a la vez la tranquilizaba—.

Nadie lo sabe. Pero lo que sí puedo prometerte es que voy a intentarlo con todo lo que tengo.

Y que, pase lo que pase, tú no vas a perderme.

Eso no depende de tu papá ni de mí: depende de que tú quieras seguir siendo mi amiga.

Antonia me miró unos segundos, evaluándome con aquella mirada suya que ya conocía bien, y finalmente se apoyó contra mí, aceptando el abrazo que antes había rechazado de su padre. Olía a champú de manzana y a lápices recién afilados.

—Prométeme que vas a volver —dijo, con la voz amortiguada contra mi hombro—. Y que mi papá va a ir a visitarte también. Y que no va a ser solo una de esas promesas de adultos que después se olvidan.

—Te lo prometo —respondí, con una certeza que sentí en cada fibra de mi cuerpo, aunque supiera perfectamente que las promesas, por sinceras que fueran, no siempre bastaban para vencer la distancia y la logística de dos vidas en continentes distintos—.

Y para que veas que hablo en serio, quiero que tú también tengas algo que decidir: cuando tu papá vaya a España, si tu mamá está de acuerdo y tú quieres, podrías acompañarlo en algún viaje futuro.

Me encantaría enseñarte Madrid algún día.

—¿Me llevarías al Museo del Prado?

—Y a comer churros con chocolate. Es obligatorio.

Aquella propuesta pareció devolverle algo de su seguridad habitual, y asintió, con una sonrisa todavía húmeda pero genuina, empezando ya, supuse por su expresión calculadora, a planear los detalles de aquel futuro viaje con la misma determinación que había aplicado a organizar el disco de su padre.

Cuando volvimos a la cocina, Tomás nos esperaba apoyado en la encimera, con los ojos enrojecidos y una taza de chocolate caliente en cada mano, que tendió a su hija sin decir palabra.