Bajo el cielo de valparaiso Capítulo 22 — El Manuscrito Terminado
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Capítulo 22 — El Manuscrito Terminado

Terminé el manuscrito un martes por la mañana, sola en mi habitación, con una sensación de vértigo que no anticipaba.

Había madrugado más que de costumbre, empujada por la certeza de que aquel era el día, y la ciudad todavía dormía bajo una neblina rosada cuando abrí el documento y encaré las últimas páginas.

Escribí la última palabra, releí el párrafo final tres veces, y me quedé sentada frente a la pantalla durante varios minutos, con las manos suspendidas sobre el teclado, incapaz de decidir si lo que sentía era alivio, tristeza, o una mezcla imposible de ambos.

El final que había escrito para mi protagonista no era, deliberadamente, un final cerrado y perfecto.

Terminaba con Elena subiendo a un avión de vuelta a España, con el corazón dividido entre dos lugares, sin ninguna certeza absoluta sobre cómo se resolvería su historia con el hombre que había conocido en Valparaíso, pero con la determinación clara de intentarlo, de no dejar que el miedo decidiera por ella lo que el amor todavía no había tenido oportunidad de demostrar.

Había reescrito aquel párrafo catorce veces, y la versión definitiva era la más sencilla de todas.

Se lo envié a Carmen esa misma tarde, con una nota breve explicando mi decisión sobre el final abierto, y bajé a contarle la noticia a Nicolás y Priya, que celebraron con una botella de vino que llevaban guardando, según confesaron, precisamente para esta ocasión, escondida al fondo de la despensa común desde hacía semanas.

Nicolás había incluso preparado un discurso, que leyó con voz de locutor de radio, y que consistía enteramente en una lista de los sitios donde yo había declarado estar «a punto de rendirme» durante el último trimestre.

—No puedo creer que ya casi se termine todo esto —dijo Priya, sirviendo las copas con una nostalgia anticipada que yo también empezaba a sentir—. Llegamos aquí como tres desconocidos, y ahora no sé cómo voy a volver a Londres sin ustedes dos molestándome cada mañana con el café.

—Vamos a seguir en contacto —aseguró Nicolás, aunque su voz sonaba menos convencida de lo habitual—. Siempre se dice eso, y a veces incluso es verdad.

—Esta vez será verdad —dije yo—. Porque no vamos a dejar que sea de otra manera.

Brindamos por el libro terminado, por la residencia que llegaba a su fin, por las amistades improvisadas que se habían convertido, en apenas tres meses, en algo que sentía imposible de reducir a una simple etiqueta de «compañeros de residencia».

Fue una tarde cargada de una melancolía dulce, la de quien celebra un logro mientras siente, simultáneamente, la despedida acercándose.

Priya me pidió que le leyera en voz alta el último párrafo, y cuando lo hice, con la voz algo ronca, vi que se secaba los ojos con el dorso de la mano, y que Nicolás, a su lado, miraba muy fijamente la pared.

Le conté a Tomás la noticia del manuscrito terminado esa misma noche, y llegó a la casa de la residencia con una botella de champán barato, insistiendo en que merecía una celebración propia, separada de la de mis compañeros escritores.

—Terminaste tu libro, Marina. Eso es enorme. ¿Cómo lo terminaste? Nunca me contaste el final.

Dudé un momento, sopesando si contárselo directamente o dejar que lo descubriera leyendo el manuscrito completo cuando estuviera publicado.

—Termina con ella subiendo a un avión, sin saber exactamente cómo va a terminar su historia con él, pero decidida a intentarlo de todas formas.

Tomás sonrió, con una comprensión que no necesitó explicación adicional.

—Suena como un final honesto. No sé si es el final que yo hubiera escrito, pero suena honesto.

—¿Qué final hubieras escrito tú?

—Uno donde ella se queda —admitió, con una vulnerabilidad que me conmovió—.

Pero entiendo por qué no escribiste ese.

Porque no sería honesto con lo que ustedes dos, tú y tu personaje, están viviendo realmente.

A veces el amor no se demuestra quedándose, Marina.

A veces se demuestra intentándolo desde la distancia, con todo lo difícil que eso resulta.

Descorchó el champán con un estruendo que hizo ladrar a un perro en el cerro vecino, y nos reímos como niños sorprendidos en una travesura.

Sirvió dos vasos de plástico, porque los de vidrio estaban todos sucios en la cocina común, y brindamos con aquel champán barato, sentados en el patio de la residencia bajo un cielo estrellado que ya empezaba a sentir, con una punzada anticipada, como algo que echaría de menos profundamente cuando volviera a los cielos siempre nublados de Madrid.

—Por Elena —dijo él.

—Por Elena. Y por el hombre que le enseñó a abrir las ventanas.

—Eso no está en el libro.

—Lo está desde esta tarde. Lo añadí en la dedicatoria.

Sentí, en aquel brindis compartido, que el final de mi libro y el principio real de lo que fuera que Tomás y yo construyéramos a partir de entonces, finalmente empezaban a converger en algo parecido a la misma historia.