Bajo el cielo de valparaiso Capítulo 21 — El Último Mes
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Capítulo 21 — El Último Mes

Entramos en el último mes de mi residencia con una consciencia aguda del tiempo que se escapaba, cada día marcado, en algún rincón de mi mente, con la cuenta atrás silenciosa hacia mi vuelo de regreso a Madrid.

Había empezado a tachar fechas en el calendario de mi habitación, y luego, avergonzada de la ceremonia, lo había dado vuelta contra la pared, solo para seguir contando los días de memoria.

La novela estaba prácticamente terminada, apenas quedaban los últimos capítulos por escribir, y el conflicto de tener que decidir el destino de mi protagonista se había vuelto, de manera ineludible, un espejo directo de las decisiones que Tomás y yo todavía no habíamos tomado sobre nosotros mismos.

La primavera avanzaba sobre los cerros con una insolencia de colores.

Los jacarandás del barrio empezaron a florecer, cubriendo las veredas de un morado suave que se pegaba a las suelas, y en las tardes de más luz el puerto parecía recién lavado.

Yo caminaba por todo aquello con la sensación de estar grabando cada imagen en una película que luego tendría que proyectar, sola, en alguna noche gris de Madrid.

Fue durante una cena en su apartamento cuando finalmente abordamos el tema con la seriedad concreta que merecía, dejando atrás las conversaciones vagas sobre posibilidades y enfrentando, de una vez, las opciones reales disponibles.

Antonia estaba con su madre esa noche, lo cual nos daba, sin decirlo explícitamente, el espacio necesario para una conversación que ninguno de los dos quería tener delante de la niña todavía.

Tomás había preparado pastel de papas y había dejado, junto a mi plato, una carpeta azul que yo miraba de reojo desde que entré.

—He estado investigando algo —empezó, con un nerviosismo que no era habitual en él, levantándose a buscar unos papeles impresos que había dejado sobre el aparador—.

Hay un programa de intercambio cultural entre Chile y España, que facilita visados de trabajo para artistas.

No es fácil, pero es posible. Podría, en teoría, pasar temporadas en España, tocando, dando algún taller de música.

No sería una mudanza permanente, al menos no al principio, pero sería más que solo videollamadas y mensajes de texto.

Sentí que el corazón se me aceleraba ante aquella posibilidad concreta, tangible, algo que hasta entonces solo habíamos mencionado en abstracto.

Tomé los papeles que me entregaba, revisando los requisitos subrayados con bolígrafo, impresionada por la cantidad de información que ya había reunido.

Había incluso una lista de salas de concierto madrileñas, con anotaciones al margen sobre cuáles aceptaban músicos extranjeros.

—¿Y Antonia?

—Antonia se quedaría aquí, con su madre, como siempre.

Yo viajaría en los períodos en que ella está con Valentina, que son casi la mitad del año según el acuerdo que tenemos.

No sería fácil, pero tampoco sería imposible.

Ya hablé con Valentina, por cierto. Me dijo que no quería ser el obstáculo, pero que tampoco prometía facilitarlo todo.

—Eso suena a Valentina —sonreí.

—Suena a Valentina —confirmó él, y sonrió a su vez.

Por mi parte, había estado considerando una opción complementaria: proponerle a Carmen que la gira de presentación del libro incluyera alguna escala en Latinoamérica, aprovechando el hecho de que la novela transcurría precisamente en Valparaíso.

No era descabellado, dado el interés creciente en historias que cruzaban fronteras culturales, y significaría, al menos, viajes regulares de mi parte también.

—Podríamos encontrarnos a medio camino, literal y metafóricamente —propuse, esbozando la idea mientras dibujaba, casi sin darme cuenta, un mapa improvisado en una servilleta, con dos puntos unidos por una línea ondulada que atravesaba un océano de garabatos—.

Yo vendría cuando la gira lo permitiera, tú vendrías cuando el calendario de Antonia lo permitiera.

No sería lo mismo que vivir juntos todos los días, pero sería real, Tomás.

Sería un intento genuino, no una rendición disfrazada de decisión madura.

Discutimos los detalles durante horas, con el vino casi intacto y la servilleta convertida en un croquis cada vez más tachado, esbozando un plan que, aunque imperfecto y cargado de incertidumbres logísticas, nos daba algo que ambos necesitábamos desesperadamente: una dirección concreta hacia la cual caminar, en lugar de un abismo indefinido esperándonos al final de mi residencia.

Calculamos costes, comparamos aerolíneas, discutimos si era mejor reservar con antelación o confiar en las ofertas de última hora.

Eran conversaciones prosaicas, casi administrativas, y sin embargo cada cifra que anotábamos me parecía una pequeña declaración de amor.

—Hay algo más que quiero proponerte —dijo Tomás, ya entrada la noche, con una seriedad renovada—.

Cuando vuelvas a Madrid, dentro de un mes, quiero ir contigo.

Aunque sea solo por dos semanas. Quiero conocer tu ciudad, tu vida allá, presentarme formalmente a tus padres si tú quieres, entender de primera mano el mundo al que vuelves, en lugar de imaginármelo solo a través de lo que me cuentas.

La propuesta me tomó por sorpresa, revelando un compromiso que superaba cualquier expectativa que yo hubiera tenido para aquella conversación.

—¿Y Antonia? ¿Y tus clases?

—Antonia estará con su madre esas semanas, ya lo comprobé en el calendario.

Y mis clases pueden esperar dos semanas, o puedo conseguir que alguien las cubra.

Marina, si de verdad vamos a intentar esto, quiero empezar con el pie derecho, mostrándote que estoy dispuesto a cruzar el mismo océano que tú acabas de cruzar para llegar hasta mí.

Sentí las lágrimas acumularse, no de tristeza sino de una gratitud abrumadora ante aquel gesto, y asentí, incapaz de articular palabras a la altura de lo que sentía, y simplemente lo abracé, dejando que aquel abrazo comunicara lo que ninguna frase hubiera conseguido expresar completamente.

Cuando por fin me separé, tenía la manga de su camisa empapada, y él, en lugar de hacer ningún comentario, me secó la cara con el borde de la servilleta del mapa, de modo que el océano que habíamos dibujado quedó, para siempre, manchado de mis lágrimas.