Bajo el cielo de valparaiso Capítulo 20 — El Lanzamiento del Disco
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Capítulo 20 — El Lanzamiento del Disco

El disco de Tomás, finalmente terminado y masterizado, se lanzó un viernes por la noche en el mismo bar del Cerro Concepción donde yo lo había escuchado tocar canciones propias por primera vez.

Antonia había insistido en organizar una fiesta de lanzamiento apropiada, involucrando a medio barrio en la logística, repartiendo volantes hechos a mano por las calles cercanas y publicando, con la ayuda de una cuenta de redes sociales que había creado sin consultarle a su padre, anuncios del evento con fotografías robadas del teléfono de Tomás durante las sesiones de grabación.

Desde la tarde, el bar se había transformado: guirnaldas de bombillas colgaban del techo, las mesas habían sido arrinconadas contra las paredes para dejar sitio a un público de pie, y en la barra, entre botellas de vino y pisco, se exhibía una pila de CD recién prensados con una portada que Antonia había dibujado ella misma, una escalera de colores que subía hacia un cielo de acuarela.

Yo había pasado el día entero ayudándola a doblar programas de mano, y Tomás, desde la mañana, caminaba de un lado a otro con la camisa mal abotonada y la cara de quien se ha tragado un enjambre de abejas.

—No voy a poder —murmuró, a media tarde, sentándose en el suelo de la trastienda con la guitarra entre las rodillas—. Se me van a olvidar las letras. Se me van a olvidar los acordes. Se me va a olvidar mi propio nombre.

—Te lo sabes de memoria —le dije, agachándome a su lado—. Lo he visto. Lo has tocado cuarenta veces.

—En un estudio vacío. Esto es distinto.

—Es exactamente lo mismo. Con más gente que te quiere.

Respiró hondo, cerró los ojos y asintió.

Entonces entró Antonia, con un chaleco de lentejuelas que se había puesto «por ser productora ejecutiva», y le dijo con una seriedad militar que tenía veinte minutos para dejar de comportarse como un niño de cinco años.

Tomás se rio, y el nudo en su rostro se aflojó.

El local se llenó hasta rebosar, con amigos, familia, alumnos de sus clases de música acompañados de sus padres, y hasta algunos desconocidos que se habían enterado por el boca a boca característico de una ciudad donde las noticias buenas viajaban con la misma velocidad que las malas.

Nicolás y Priya llegaron juntos, ella con un vestido de seda índigo que le había visto una sola vez, él con una corbata prestada que le daba un aire de contable desorientado.

Yolanda apareció con un ramo de flores que entregó a Tomás con un solemne «de parte de la casa de las ventanas azules».

Cecilia, la madre de Tomás, lloró abiertamente durante todo el concierto, sin ningún pudor, mientras su marido la sostenía con un brazo alrededor de los hombros y una sonrisa orgullosa que no necesitaba palabras.

Tomás tocó las ocho canciones del disco en orden, presentando cada una con una breve introducción sobre su origen, contando anécdotas que hicieron reír y, en algún caso, también emocionarse al público congregado.

De la canción de la escalera dijo que la había compuesto subiendo cargado con una compra y sin aliento; de la más triste, que había nacido en la peor semana de su vida.

La sala escuchaba con una atención casi religiosa, y cuando una copa se cayó en el fondo y el estruendo rompió el silencio, nadie se rio ni se movió, como si todos hubieran decidido proteger aquel momento.

Cuando llegó el turno de la última canción, la que llevaba mi nombre, hizo una pausa más larga de lo habitual, buscándome entre el público hasta encontrar mis ojos.

—Esta última canción se la debo a alguien que llegó a esta ciudad hace un par de meses, sin saber que iba a cambiarlo todo —dijo, con una vulnerabilidad pública que contrastaba con su timidez habitual fuera del escenario—.

Se llama Marina, y espero que algún día pueda perdonarme por haber usado su nombre sin pedirle permiso primero.

El público rió, y algunas cabezas se giraron hacia mí, con una curiosidad amable que sentí más como calidez que como incomodidad.

Priya me apretó el brazo desde un lado y Nicolás, al otro, susurró un «te lo dije» que no necesitaba explicación.

Tomás empezó a tocar, con una intensidad que superaba incluso la de las veces anteriores que la había escuchado en privado, y yo me di cuenta, escuchándola entre cientos de desconocidos, de que la canción ya no me pertenecía solo a mí: había pasado a ser de todos los que la oían, y aquello, en lugar de quitarle intimidad, la volvía más grande.

Cuando terminó, el aplauso fue tan largo que Tomás tuvo que hacer gestos pidiendo que parara, entre risas avergonzadas, y al bajar del escenario, se abrió paso entre la gente hasta llegar a mí, tomándome de la mano sin decir nada, simplemente sosteniéndola con fuerza mientras recibía las felicitaciones de todos los que se acercaban.

Tenía las palmas húmedas y los ojos brillantes.

Antonia se acercó también, con una sonrisa que era pura satisfacción de misión cumplida, vestida para la ocasión con lo que ella misma describió como «mi mejor outfit de productora ejecutiva».

—¿Viste? Te dije que solo necesitaba que alguien lo organizara.

—Fuiste una productora excelente —le dije, abrazándola con un cariño que había crecido, sin que me diera cuenta del todo, hasta convertirse en algo parecido al amor que se siente por una sobrina o una hermana pequeña.

—Ahora tienes que ayudarme con la próxima fase del plan —anunció ella, con esa seriedad absoluta que solo los doce años pueden sostener sin ninguna ironía—. Convencer a mi papá de hacer una gira. Aunque sea pequeña. Solo por Chile, para empezar.

Reí, sin poder evitarlo, sintiendo que Antonia ya tenía, con doce años, una claridad sobre lo que quería y cómo conseguirlo que a mí me había tomado toda una vida adulta desarrollar, y que apenas ahora, en aquella ciudad de colores imposibles, empezaba a reconocer en mí misma.

Esa noche, ya de madrugada, cuando el bar se vació y solo quedamos Tomás, Antonia, sus padres y yo recogiendo los últimos restos de la celebración, barriendo vasos de plástico y desenganchando guirnaldas, sentí, con una certeza que no necesitaba palabras para confirmarse, que aquella familia improvisada, construida entre música, guitarras y una ciudad que cambiaba de color con cada atardecer, se había convertido, sin que yo lo hubiera planeado del todo, en algo que ya no sabía cómo dejar atrás.