Capítulo 17 — Dos Meses
El segundo mes llegó con una mezcla de plenitud y ansiedad creciente que aprendí a sostener simultáneamente, como quien sostiene dos vasos llenos sin derramar ninguno.
La novela avanzaba a buen ritmo, ya con más de dos tercios terminados, y mi vida en Valparaíso había adquirido una textura cotidiana que empezaba a sentir, peligrosamente, como un hogar en lugar de como una estancia temporal.
Ya conocía el nombre de la mujer que vendía fruta en la esquina de Templeman, sabía qué ascensor funcionaba mejor y a qué hora pasaba el camión de la basura tocando su melodía desafinada, y había adoptado, sin proponérmelo, a una gata atigrada que dormía cada tarde sobre el muro del patio y a la que Yolanda, fingiendo indiferencia, dejaba platitos de leche.
Fue durante ese mes cuando conocí formalmente a los padres de Tomás, en un almuerzo dominical en su casa del Cerro Barón, un encuentro que Tomás había pospuesto varias veces con excusas poco convincentes hasta que finalmente admitió, entre risas nerviosas, que temía que la formalidad del gesto asustara a cualquiera de los dos.
—Mis padres son maravillosos, pero también son intensos —me advirtió mientras subíamos hacia su casa, cargando una botella de vino que había elegido con cuidado excesivo en la tienda de la esquina—.
Mi madre en particular. Va a hacerte mil preguntas y va a decidir en los primeros cinco minutos si le caes bien o no, y después de eso no hay vuelta atrás.
—¿Y si no le caigo bien?
—Te dará más sopa, para ablandarte. Es su método.
La advertencia resultó innecesaria: la madre de Tomás, una mujer menuda de energía arrolladora llamada Cecilia, me recibió en la puerta con un abrazo que no esperaba y una batería de preguntas, tal como su hijo había predicho, aunque formuladas con tanto cariño genuino que ninguna me pareció invasiva.
La casa olía a leña, a cilantro y a ropa limpia, y en las paredes del pasillo colgaban decenas de fotografías de Tomás en todas las edades, la más antigua de ellas con una guitarra de juguete casi más grande que él.
—Así que tú eres la española que tiene a mi hijo escribiendo canciones otra vez —dijo, sirviéndome un plato generoso de cazuela, una sopa espesa de carne y verduras cuyo aroma llenaba toda la casa—. Llevaba años sin componer nada nuevo. Desde el divorcio, prácticamente.
—Mamá —protestó Tomás, con la resignación de quien conoce perfectamente el patrón y sabe que protestar no sirve de nada.
—Es verdad, hijo, no te pongas sensible. Marina, cuéntame de tu libro. Tomás dice que es sobre Valparaíso.
Le hablé de Elena, de la casa cerrada, de las ventanas que se abrían una a una, y Cecilia me escuchó con las manos entrelazadas sobre el mantel y los ojos brillantes, interrumpiéndome solo para añadir más pan o para preguntar detalles que ningún entrevistador había pensado en preguntarme.
Pasamos el almuerzo entero conversando sobre literatura, sobre España, sobre las diferencias culturales que a la familia entera le resultaban fascinantes —Cecilia quedó particularmente escandalizada al enterarse de que en España se cenaba, según su criterio, «a la hora en que un chileno decente ya está durmiendo»—, y sentí, en aquella mesa llena de risas y de platos compartidos, una calidez familiar que llevaba años sin experimentar, ni siquiera durante las comidas dominicales con mi propia familia en Madrid, marcadas siempre por cierta formalidad contenida que jamás había cuestionado hasta ver, por contraste, lo distinto que podía ser.
Después del postre, un manjar casero con nueces que Cecilia sirvió en cuencos de cerámica azul, Tomás tomó la guitarra de su padre, que guardaba en un rincón del salón, y tocó dos canciones para la familia.
Su madre cantó bajito la segunda, con una voz gastada y dulce, y yo, desde mi silla, tuve que mirar por la ventana para no echarme a llorar delante de todos.
El padre de Tomás, un hombre callado que hablaba poco pero observaba mucho, llamado Hernán, me abordó al final del almuerzo, mientras ayudaba a recoger la mesa, secando platos con una parsimonia que contrastaba con la energía de su esposa.
—Mi hijo no ha sonreído así en años —dijo, sin ningún preámbulo, con la franqueza directa que parecía ser marca de familia—. No sé qué va a pasar cuando te vayas, pero quiero que sepas que, pase lo que pase, le has devuelto algo que creíamos perdido.
Sus palabras me conmovieron profundamente, y también me pesaron, añadiendo una capa más de responsabilidad emocional a una situación que ya cargaba con suficiente peso propio.
Alcancé a decir un «gracias» torpe, y Hernán asintió, sin añadir nada más, y siguió secando el mismo plato con una dedicación que parecía una forma de pudor.
Aquella noche, de camino a casa, caminando despacio bajo el cielo ya oscurecido, con las luces de los cerros encendiéndose una a una como una constelación improvisada, le confesé a Tomás lo que su padre me había dicho.
—Eso es mucha presión para depositar en alguien —comenté, con una risa nerviosa que no ocultaba del todo mi inquietud real.
—Mi papá no suele decir esas cosas a la ligera —respondió Tomás, tomándome la mano mientras caminábamos, entrelazando nuestros dedos con una naturalidad que ya no me sorprendía—. Y tiene razón, aunque no me guste admitirlo. Has cambiado algo en mí, Marina. No sé cómo explicarlo mejor que eso.
Caminamos el resto del trayecto en un silencio cómodo, cada uno perdido en sus propios pensamientos sobre lo que aquella tarde había significado, sobre las expectativas familiares que empezaban a acumularse alrededor de una relación que, técnicamente, todavía no tenía ni un mes y medio de existencia oficial, pero que ya se sentía, para ambos, como algo mucho más antiguo y arraigado que eso.
Y mientras subíamos la última escalera, pensé que quizás el tiempo, en el amor, no se medía en semanas ni en calendarios, sino en la cantidad de platos que alguien te deja secar en su cocina.