Capítulo 18 — La Duda
La crisis llegó, como suelen llegar las crisis importantes, disfrazada de algo pequeño.
Fue un mensaje de Carmen, mi editora, felicitándome por el manuscrito casi terminado y mencionando, casi de pasada, que la editorial estaba organizando una gira de presentación por varias ciudades españolas para el lanzamiento, con fechas que se extendían durante los dos meses siguientes a mi regreso.
Había adjuntado un calendario provisional: Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, Bilbao, una feria del libro en Zaragoza.
Doce citas en ocho semanas, y ni un solo hueco.
Leí el mensaje sentada en el patio de la residencia, con una taza de café enfriándose a mi lado y la gata atigrada acomodada sobre el muro, y sentí que el peso de mi vida real, la que me esperaba en España independientemente de lo que decidiera hacer con Tomás, se imponía de golpe sobre la burbuja en la que había estado viviendo durante las últimas semanas.
Era una sensación física, casi vertiginosa, como cuando uno baja de un barco después de días de mar y la tierra firme parece moverse bajo los pies.
No fue solo la gira. Fue la comprensión repentina de todo lo que aquella vida real implicaba: mi apartamento en Madrid, todavía a medio dividir con Álvaro en los trámites del divorcio; mis padres, que no sabían nada todavía de Tomás y que probablemente tendrían opiniones firmes sobre que su hija se planteara una relación a distancia con un músico chileno divorciado y con una hija adolescente; mi carrera, que finalmente parecía encarrilarse después de dos años de bloqueo, y que exigiría presencia física en España durante meses.
Cada uno de aquellos elementos, por separado, era manejable. Juntos, formaban una pared.
Se lo confesé a Priya esa misma noche, incapaz de procesar sola aquella avalancha de dudas, sentadas las dos en la cocina común, con la luz amarillenta de una sola bombilla y sendas tazas de té que ninguna de las dos llegó a terminar.
—Tengo miedo de haber construido una fantasía que no va a sobrevivir el contacto con mi vida real —admití—.
Aquí, en Valparaíso, todo parece posible.
Pero en Madrid, con mi editorial, mi familia, mi exmarido todavía presente en cada trámite legal...
no sé si voy a tener espacio real para sostener algo con Tomás.
Priya me escuchó con atención, sin apresurarse a ofrecer consuelo fácil, girando su taza entre las manos mientras procesaba lo que le estaba contando.
—¿Y qué dice Tomás de todo esto?
—Todavía no se lo he contado. No sé cómo hacerlo sin que suene como que estoy buscando una excusa para alejarme.
—¿Y la estás buscando?
La pregunta, formulada sin ningún reproche, me golpeó con más fuerza de la esperada. Me quedé mirando el vapor que subía de mi taza, buscando una respuesta honesta.
—No lo sé —dije al fin—. Creo que no. Pero tengo miedo de que una parte de mí sí la esté buscando, sin que yo me entere.
—Entonces razón de más. Si de verdad sientes eso, tienes que decírselo. No por él, sino por ti misma. No puedes construir una decisión tan importante sobre un miedo que no te atreves a nombrar en voz alta.
Sus palabras, aunque difíciles de escuchar, contenían una verdad que no podía seguir evitando. Esa noche dormí mal, dando vueltas entre sábanas que me parecían de pronto demasiado calientes, y al amanecer ya había decidido que no esperaría ni un día más.
Busqué a Tomás después de sus clases, encontrándolo todavía guardando las guitarras pequeñas en el estuche comunitario que usaba para las clases, y le pedí que camináramos hasta el mirador donde nos habíamos dado nuestro primer beso, sintiendo que aquel lugar merecía ser testigo también de esta conversación más difícil.
Subimos en silencio. Él debió de intuir algo en mi expresión, porque no hizo ninguna pregunta, y solo me tomó la mano en los tramos de escalera más empinados, con una delicadeza que me hizo sentir culpable de antemano.
El atardecer teñía el puerto de naranjas y rosas, y los barcos fondeados parecían juguetes olvidados sobre un espejo de agua. Me apoyé contra la misma baranda oxidada de aquella primera noche, respiré hondo y hablé.
—Tengo miedo —empecé, sin rodeos—. Miedo de que todo esto que hemos construido no sobreviva cuando yo vuelva a mi vida real.
Miedo de que sea más fácil amarnos aquí, en esta burbuja de vacaciones permanentes, que sostenerlo cuando yo esté en Madrid con una gira de presentaciones y tú aquí con tus clases y con Antonia.
Miedo de prometerte cosas que luego no pueda cumplir.
Tomás me escuchó sin interrumpir, con una expresión seria que no supe interpretar del todo hasta que finalmente habló.
—Yo también tengo miedo, Marina. Todos los días.
Me despierto y lo primero que pienso es cuántos días quedan.
Pero prefiero mil veces el miedo de intentarlo y fracasar que el miedo de nunca haberlo intentado.
¿Y tú? ¿De verdad crees que esto que sientes es solo producto de la burbuja, o crees que es real y simplemente te asusta lo real que es?
La pregunta me dejó sin respuesta inmediata, obligándome a examinar mi propio miedo con una honestidad que hasta entonces había evitado.
Pensé en Álvaro, en los diez años de una convivencia correcta y sin sobresaltos, en cómo había llegado a creer que el amor consistía en no hacerse daño.
Pensé en la risa que había vuelto a mi garganta.
Pensé en una niña que repartía partituras en una plaza.
—Creo que es real —admití finalmente, con la voz temblorosa—. Y creo que eso es exactamente lo que más me asusta. Porque lo real puede perderse.
Tomás me abrazó entonces, sin ofrecer soluciones fáciles ni promesas vacías, simplemente sosteniendo el peso de mi confesión con la misma calma paciente que aplicaba a todo en su vida. Sentí su corazón latiendo contra mi mejilla, más rápido de lo que su voz había dejado entrever.
—No tenemos que resolverlo todo hoy —dijo, finalmente—. Pero prométeme que, cuando el miedo aparezca, me lo vas a contar, en lugar de dejar que crezca en silencio hasta que se vuelva imposible de manejar. Y yo te prometo lo mismo.
—Te lo prometo.
Nos quedamos allí hasta que oscureció del todo y las luces de la bahía fueron encendiéndose, una tras otra.
Se lo prometí, sintiendo que aquella promesa, sencilla en apariencia, cargaba con todo el peso de una lección que ambos, cada uno a su manera, todavía estábamos aprendiendo a aplicar en nuestras propias vidas.
Bajamos abrazados, sin hablar, y por primera vez en días sentí que el miedo, nombrado en voz alta, pesaba un poco menos.