Bajo el cielo de valparaiso Capítulo 16 — La Canción
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Capítulo 16 — La Canción

Tomás me tocó la canción por primera vez una noche en su apartamento, después de que Antonia se hubiera ido a dormir a casa de su madre.

Había insistido en que cenáramos temprano, y durante toda la cena lo noté inquieto, levantándose por cualquier excusa, cambiando de sitio una botella que no necesitaba cambiarse.

Cuando retiramos los platos, sacó la guitarra sin ninguna introducción, se sentó frente a mí en el sofá pequeño de la sala, y empezó a tocar sin decir palabra, dejando que la música explicara lo que él no se atrevía a decir directamente.

La luz de la lámpara dibujaba sobre su rostro sombras suaves, y afuera, a lo lejos, se oía el rumor intermitente de la ciudad que nunca terminaba de dormirse del todo.

Mantenía los ojos cerrados, y los dedos recorrían el mástil con una delicadeza que parecía casi un gesto privado, algo que yo no debía presenciar y sin embargo presenciaba.

La canción hablaba de una ciudad que cambiaba de color cuando alguien llegaba a habitarla, de una voz extranjera que sonaba, después de semanas, como la voz más familiar del mundo, de un miedo a que todo aquello tuviera fecha de caducidad y de la decisión consciente de amarlo de todas formas, sin garantías, sin promesas de permanencia.

La melodía era sencilla, casi de cuna, pero la letra tenía una precisión que me dejó sin aliento, como si hubiera encontrado, en apenas tres minutos de canción, las palabras exactas que yo misma llevaba semanas buscando sin éxito para mi propia novela.

Cuando terminó, me quedé en silencio un largo rato, incapaz de encontrar palabras a la altura de lo que acababa de escuchar, con los ojos húmedos que intenté, sin mucho éxito, disimular.

Tomás abrió los suyos y esperó, con la guitarra todavía sobre las rodillas y una vulnerabilidad en la cara que nunca le había visto, la de un hombre que acaba de entregar algo valioso y no sabe todavía si será bien recibido.

—Es la mejor canción que has escrito —dije finalmente, con la voz quebrada por la emoción.

—Es la más honesta que he escrito, sin duda —corrigió él, dejando la guitarra a un lado—. No sabía cómo decirte todo esto de otra manera. Las palabras normales nunca me alcanzan del todo.

—A mí tampoco. Por eso escribo libros enteros.

Se rio bajito, y yo me acerqué a él y lo besé con una intensidad que llevaba días conteniendo, sintiendo que aquella canción había roto alguna barrera que ninguno de los dos se había atrevido a cruzar del todo en las semanas anteriores.

Tenía el sabor tibio del vino y un temblor leve en las manos que me conmovió más que cualquier declaración.

—Tomás, tengo que decirte algo, y necesito que me dejes terminar antes de responder.

Él asintió, con una atención completa que le agradecí, dejando a un lado cualquier impulso de interrumpirme.

—Llevo días dándole vueltas a lo que va a pasar cuando termine la residencia.

Y no tengo ninguna respuesta definitiva todavía.

Pero sé una cosa con certeza: no quiero que esto termine solo porque el calendario dice que mi visa expira.

Quiero que busquemos alguna manera de que esto continúe, sea como sea, aunque tengamos que inventar una fórmula que nadie más ha probado antes.

Tomás sonrió, con una esperanza que no había mostrado tan abiertamente hasta entonces.

—¿Qué tipo de fórmula tienes en mente?

—No lo sé todavía. Pero sé que no quiero rendirme sin intentarlo.

Podríamos hacer algo a distancia durante un tiempo, ver qué tal funciona.

O yo podría buscar la manera de quedarme más tiempo del previsto, aunque eso signifique complicaciones con la editorial y con mi vida en Madrid.

O tú podrías, algún día, considerar España, aunque sé que eso significaría alejarte de Antonia, y sé que eso no es algo que puedas ni debas hacer a la ligera.

—Esa última opción está descartada, al menos mientras Antonia sea menor de edad —dijo Tomás, con una firmeza que respeté profundamente—.

No te lo digo para cerrar ninguna puerta, Marina.

Te lo digo porque es lo que soy. Un padre antes que cualquier otra cosa.

Si alguna vez dejara de serlo, dejarías de reconocerme.

—No te pediría nunca que dejaras de serlo.

—Lo sé. Por eso estoy dispuesto a hablar de todo lo demás. Las otras dos opciones... podríamos explorarlas. No te voy a mentir, me aterra la idea de una relación a distancia. He visto a amigos intentarlo y fracasar. Pero me aterra más la idea de dejarte ir sin haber intentado nada.

Hablamos hasta muy tarde esa noche, sentados en el suelo con la espalda apoyada en el sofá y una manta compartida sobre las piernas, esbozando posibilidades sin comprometernos todavía a ninguna en concreto.

Hicimos cuentas de vuelos, de husos horarios, de cuántas semanas al año podríamos permitirnos pasar juntos si nos organizábamos bien.

Reímos al descubrir que entre Madrid y Valparaíso había exactamente cuatro horas de diferencia en verano y cinco en invierno, y que aquella aritmética tan prosaica nos hacía sentir, de pronto, como dos adolescentes planeando una fuga.

Pero algo había cambiado en aquella conversación: ya no evitábamos el tema del futuro, sino que lo enfrentábamos juntos, como un problema a resolver en equipo en lugar de una sentencia inevitable que cada uno debía sobrellevar en soledad.

Antes de irme esa noche, Tomás me pidió que me quedara a escuchar la canción una vez más, y sentí, escuchándola por segunda vez, con la cabeza apoyada en su hombro y los ojos fijos en el techo, que ya no era solo una canción sobre nosotros, sino también, de alguna manera, una promesa: la de que, pasara lo que pasara con la logística de nuestras vidas separadas por un continente, aquello que habíamos construido en Valparaíso merecía, como mínimo, el esfuerzo de intentar que sobreviviera.

Regresé a la residencia de madrugada, cuando las primeras luces azules empezaban a teñir los cerros, tarareando la melodía sin darme cuenta, y en la puerta me esperaba, sentado en el escalón con su eterna taza de té, Nicolás, que me miró de arriba abajo y dijo solamente: «Ya existe la canción. He ganado la apuesta».