Capítulo 15 — El Disco
Antonia tuvo la idea, según insistió después en contarme cada vez que alguien le preguntaba.
Fue durante una tarde cualquiera, mientras guardábamos instrumentos tras la clase de sábado, cuando anunció, con la seguridad absoluta de sus doce años, que su padre iba a grabar su disco antes de que yo me fuera de Chile.
—Alguien tiene que organizarlo —me dijo, mirándome con una expectativa que no dejaba mucho margen para la negativa—. Y tú escribes libros. Sabes de plazos y de terminar cosas. Ayúdame a convencerlo.
La propuesta me pareció, al principio, un capricho encantador pero poco realista.
Tomás llevaba años hablando de grabar un disco sin dar ningún paso concreto, y dudaba que unas semanas fueran suficientes para cambiar aquel patrón.
Pero Antonia insistió, con la terquedad de quien ya ha decidido que algo va a suceder independientemente de los obstáculos, y terminé, casi sin darme cuenta, convertida en cómplice de su plan.
Nos reunimos tres tardes seguidas en el patio de la residencia, con un cuaderno de espiral entre las dos, trazando un calendario que ella titulaba, con letras mayúsculas y subrayado doble, «OPERACIÓN DISCO».
Se lo propusimos juntas una tarde, sentados los tres en la cocina del apartamento de Tomás, con Antonia liderando la exposición con una seriedad de ejecutiva de discográfica, apoyando ambas manos sobre la mesa como había visto hacer, supuse, en alguna película.
—Papá, tienes ocho canciones buenas. Yo las he contado. Marina conoce gente de la industria editorial en España, seguro sabe algo de cómo funciona esto también. Y hay un estudio pequeño en el cerro que graba discos baratos para músicos independientes. Ya pregunté.
Tomás nos miró a las dos, sorprendido por la emboscada organizada, y soltó una risa que sonó genuinamente conmovida.
—¿Se pusieron de acuerdo para esto?
—Se llama tener un plan, papá. Deberías aprender.
—Es que hay cosas que no se pueden improvisar —intentó defenderse él—. Un disco cuesta dinero, y tiempo, y sobre todo cuesta tener algo que decir.
—Tienes algo que decir —intervine yo, y me sorprendió la firmeza con que lo dije—. Lo he escuchado. Lo ha escuchado media ciudad cada jueves. Lo único que falta es que dejes de pensar que las canciones solo valen si las toca alguien más famoso que tú.
Tomás me miró un largo instante, y en sus ojos pasó algo parecido al reconocimiento de una verdad incómoda. Se rascó la nuca, como hacía cuando se sentía acorralado, y suspiró.
Discutimos los detalles durante el resto de la noche: el estudio que Antonia había encontrado, el presupuesto ajustado que Tomás podía permitirse, la posibilidad de lanzar el disco de manera independiente en plataformas digitales.
Antonia había llegado incluso con una lista escrita a mano de las ocho canciones en el orden que, según su criterio profesional, deberían aparecer en el disco, argumentando cada posición con una lógica que sorprendentemente tenía sentido: la más triste en tercer lugar, «para que la gente respire antes de la alegre»; la de la escalera en segundo, «porque es la que te engancha».
Para cuando nos despedimos, ya pasada la medianoche, Tomás había aceptado, con una mezcla de nervios y entusiasmo que no le había visto expresar tan abiertamente desde que lo conocía.
—Si esto sale mal, la culpa es toda de ustedes dos —advirtió, aunque la sonrisa en su cara desmentía cualquier reproche real.
Las semanas siguientes se llenaron de una energía nueva.
Tomás pasaba las tardes en el pequeño estudio, un local estrecho de paredes forradas de espuma gris que olía a cable caliente y a café recalentado, grabando una canción tras otra con una dedicación que parecía haber estado esperando, durante años, el empujón adecuado para manifestarse.
El ingeniero de sonido, un hombre barbudo llamado Ezequiel que había trabajado con varios músicos independientes del cerro, se mostró impresionado desde la primera sesión por la calidad de las composiciones.
—Llevas escondiendo esto demasiado tiempo —le dijo a Tomás, tras escuchar la primera toma completa, quitándose los auriculares con un gesto casi reverente—. Esto merecía haberse grabado hace años.
—Tenía miedo de que no sonara a nada —confesó Tomás.
—Suena a ti. Que es justo lo que falta en la mitad de lo que me traen.
Yo lo acompañaba cuando podía, sentada en un rincón del estudio con mi portátil, escribiendo mientras él grababa, encontrando en aquella rutina compartida una paz que no sabía que necesitaba.
Había algo hipnótico en observar el proceso de grabación, las repeticiones pacientes de una misma frase musical hasta conseguir la toma perfecta, las discusiones técnicas sobre ecualización y niveles que yo apenas entendía pero que escuchaba con fascinación genuina.
A veces, entre toma y toma, Tomás me miraba a través del cristal de la cabina y levantaba las cejas, preguntándome sin palabras si había sonado bien, y yo le respondía con el pulgar hacia arriba como una espectadora entusiasta, sintiendo que participaba, de alguna manera, en algo que importaba.
Antonia se autoproclamó «productora ejecutiva» del proyecto, y aparecía cada tarde después del colegio para supervisar el progreso con comentarios que oscilaban entre la crítica constructiva y la tiranía más despiadada.
—Esa nota estuvo mal, papá. Otra vez.
—Antonia, tienes doce años.
—Tengo buen oído. Son cosas distintas.
Ezequiel se partía de risa, y tomaba nota de las sugerencias de la niña con una seriedad fingida que a ella le encantaba. Una tarde, incluso, la dejó mover un fader durante un pasaje, y Antonia salió de la cabina con la expresión de quien acaba de ser coronada.
Reíamos mucho durante aquellas tardes, y en algún momento, viendo a Tomás y a su hija discutir cariñosamente sobre matices musicales que yo apenas alcanzaba a distinguir, sentí una nostalgia anticipada, la certeza de que aquellos momentos, tan sencillos en apariencia, formarían parte de los recuerdos que más añoraría cuando todo aquello terminara, fuera cuando fuera y de la manera que fuera.
Apunté en mi cuaderno, esa noche, una frase que luego pasó, casi sin cambios, al manuscrito: «La felicidad verdadera suele llegar disfrazada de tarde corriente».
El disco tomó forma poco a poco, ocho canciones que hablaban de paternidad, de amores rotos y reconstruidos, de una ciudad de colores imposibles.
Una de ellas, la última que grabaron, llevaba un título que Tomás eligió sin consultarme, aunque no hizo falta que lo hiciera para que yo entendiera exactamente de dónde venía: Marina .