Bajo el cielo de valparaiso Capítulo 14 — La Llamada de Madrid
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Capítulo 14 — La Llamada de Madrid

La llamada llegó un martes por la mañana, mientras corregía el capítulo anterior, y al ver en la pantalla el nombre de mi editora en lugar del correo habitual, sentí una punzada de ansiedad que no experimentaba desde hacía semanas.

Había llovido durante la noche, una de esas lluvias finas y tercas del puerto que no mojan del todo pero lo impregnan todo, y la ciudad olía a tierra húmeda y a madera vieja.

Descolgué en el segundo timbre, secándome las manos nerviosamente en los pantalones antes de llevarme el teléfono a la oreja.

—Marina, perdona que te llame en lugar de escribir, pero necesitaba hablar contigo directamente —dijo Carmen, con un tono que mezclaba entusiasmo profesional y cierta urgencia—.

Leí los capítulos que me enviaste la semana pasada.

Son extraordinarios. Es lo mejor que has escrito desde tu primera novela, sin ninguna duda.

Sentí una oleada de alivio y orgullo, después de dos años convencida de que quizás había perdido, para siempre, la capacidad de escribir algo que valiera la pena.

Me senté en el borde de la cama, con el corazón todavía acelerado, dejando que las palabras de Carmen terminaran de asentarse.

Durante un momento no pude decir nada, y ella, que me conocía bien, esperó al otro lado de la línea con una paciencia poco habitual en ella.

—Gracias, Carmen. No sabes lo que significa escuchar eso.

—Lo sé perfectamente. Te conozco desde hace nueve años, y llevaba dos temiendo que no volvieras.

Pero necesito preguntarte algo, y quiero que seas honesta conmigo.

¿Cuándo crees que puedas tener el manuscrito completo?

Porque si mantienes este ritmo, podríamos publicar antes de lo previsto, y hay una ventana editorial en primavera que sería perfecta para este libro.

Pero necesitaría que estuviera completamente terminado en un mes, mes y medio como máximo.

La petición me tomó por sorpresa, obligándome a hacer cálculos rápidos sobre el tiempo que me quedaba en Chile, sobre cuánto de la historia todavía necesitaba escribir, sobre cómo aquella fecha límite editorial coincidía, de manera casi cruel, con el final de mi residencia y con la pregunta sin resolver sobre mi futuro con Tomás.

Me levanté y empecé a caminar por la habitación, tres pasos hasta la ventana, tres de vuelta, como hacía de niña cuando tenía que tomar una decisión importante.

—Creo que puedo hacerlo —respondí finalmente, después de un silencio que debió de sonar más largo de lo que pretendía—. Aunque signifique escribir el final de la historia mientras todavía estoy viviendo, en cierto modo, la historia misma.

Carmen no captó del todo la ironía de mi comentario, ocupada ya en detalles logísticos sobre plazos y entregas, enumerando fechas de revisión editorial, diseño de portada y primeras pruebas de imprenta con la eficiencia de quien ha hecho aquel mismo discurso cientos de veces.

—Y otra cosa —añadió, ya casi al final—. El libro tiene algo que no tenían los anteriores. No sé cómo explicarlo. Calor. Siento que alguien lo escribió estando contento. No lo pierdas en las correcciones.

—No lo perderé —prometí.

Colgamos con un plan claro: tendría que entregar el manuscrito completo antes de mi regreso a España, lo cual significaba, en la práctica, escribir el final real de mi historia con Tomás al mismo tiempo que escribía el final ficcionalizado de la historia de mi protagonista, sin saber todavía si ambos finales coincidirían de alguna manera.

Me quedé un rato quieta con el teléfono en la mano, mirando cómo la lluvia dibujaba hilos finos sobre el cristal.

Era la mejor noticia que había recibido en años, y sin embargo sentí, junto a la alegría, un pequeño peso frío instalarse en algún lugar bajo las costillas.

Bajé a la cocina, donde Priya preparaba té con la concentración de un químico, y se lo conté de un tirón.

—¿Y por qué tienes cara de funeral? —preguntó ella, tendiéndome una taza—. Te acaban de decir que tu libro es extraordinario.

—Porque el libro termina y yo también. Quiero decir, mi estancia. Lo veo todo con una claridad espantosa, Priya. En un mes y medio tengo que entregar un final y hacer una maleta.

—Pues entonces escribe un final al que quieras llegar —dijo, con una sencillez que me dejó sin respuesta—. Y luego haz la maleta que quieras hacer.

Le conté la noticia a Tomás esa noche, durante una cena improvisada en su apartamento, un espacio pequeño pero acogedor en el Cerro Bellavista que ya empezaba a sentirse casi tan familiar para mí como la casa de la residencia, con sus paredes cubiertas de pósteres de conciertos antiguos, una estantería abarrotada de discos de vinilo y una guitarra de repuesto siempre apoyada junto a la puerta.

Había cocinado cazuela de pollo, con el esmero un poco torpe de quien cocina para impresionar, y la mesa estaba puesta con velas que, confesó, había comprado esa misma tarde.

—Eso es maravilloso, Marina —dijo, con una alegría genuina que no ocultaba, sin embargo, cierta sombra de melancolía—. Pero significa que tu libro va a terminar antes de que sepamos qué pasa con nosotros, ¿no es así?

—Significa que voy a tener que decidir cómo termina mi protagonista antes de saber cómo termino yo —admití, con una honestidad que me costó pronunciar—. Y no sé si eso es una ironía cruel o una oportunidad.

Tomás se quedó pensativo un momento, sirviéndose más vino, removiéndolo despacio en la copa antes de finalmente hablar, con una calma que no reflejaba del todo lo que debía estar sintiendo.

—Quizás no tengas que decidir cómo termina tu protagonista basándote en cómo termina lo nuestro. Quizás puedes escribir el final que ella merece, el que tenga sentido para su historia, y dejar que lo nuestro encuentre su propio final, sea cual sea, por separado.

—¿Y si el final que ella merece es quedarse contigo, aunque signifique cambiar toda su vida?

—Entonces esa será una decisión sobre tu libro, Marina. No necesariamente sobre tu vida.

—¿Y si no puedo separarlas? —pregunté, y mi voz sonó más pequeña de lo que quería—. Llevo semanas intentando distinguir dónde acaba Elena y dónde empiezo yo, y cada día me cuesta más.

Tomás dejó la copa sobre la mesa y me tomó las manos. Tenía los dedos ásperos de las cuerdas, cálidos, y los pulgares me acariciaban los nudillos con un ritmo lento, casi musical.

—Entonces no las separes. Escribe lo que sientas. Pero prométeme una cosa: que cuando decidas lo que quieres para tu vida, lo decidas por ti, no por el libro ni por mí ni por la fecha de entrega. Yo estaré aquí de todas formas, ya sea para celebrarlo o para ayudarte a hacer la maleta.

Me reí, y casi lloré a la vez, y él también se rio, y la tensión se deshizo en la penumbra de las velas.

Sus palabras, sabias y generosas en igual medida, me dieron algo de la claridad que había estado buscando, aunque no resolvieron del todo la ansiedad que sentía crecer cada día que pasaba.

Esa noche, mientras él lavaba los platos y yo, sentada en el brazo del sofá, lo miraba moverse por su pequeña cocina con una familiaridad que me dolía de tan hermosa, entendí que el reloj, tanto el editorial como el de mi estancia en Chile, ya corría de manera imparable hacia un final que ninguno de los dos, todavía, sabíamos cómo escribir.