Bajo el cielo de valparaiso Capítulo 13 — El Manuscrito
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Capítulo 13 — El Manuscrito

Las semanas siguientes transcurrieron con una productividad que me sorprendía cada mañana al despertar: la novela avanzaba a un ritmo que no experimentaba desde mi primer libro, y para cuando llegó la segunda lectura informal entre los residentes, ya tenía más de la mitad del manuscrito terminado, algo impensable apenas un mes atrás.

Escribía ahora con una facilidad que me resultaba casi sospechosa, como si las palabras hubieran estado esperando, todo este tiempo, simplemente a que yo tuviera algo verdadero que decir.

Mi rutina se había ordenado sola, sin que yo la planeara.

Me levantaba con la primera luz, cuando la bruma todavía cubría la bahía y los barcos del puerto eran apenas siluetas suspendidas en un algodón gris.

Bajaba a la cocina, encendía la cafetera italiana que Yolanda guardaba como un tesoro y subía de nuevo a mi habitación con una taza humeante y el cuaderno de notas bajo el brazo.

Escribía hasta el mediodía, sin móvil, sin correo, con la persiana a medio subir para que la luz entrara en diagonal sobre el teclado.

Por la tarde, caminaba. Por la noche, si no había concierto, cenaba con Tomás, o con Nicolás y Priya, o sola con un libro, y lo curioso es que ninguna de esas opciones me producía ya la ansiedad antigua de «tener que llenar el tiempo».

Llegó el día de compartir un fragmento con Nicolás y Priya, una tradición que hasta entonces había evitado con excusas variadas, alegando que mi trabajo todavía no estaba listo para ser mostrado.

Pero aquella tarde, con el capítulo sobre el primer beso de Elena recién terminado, sentí, por primera vez, la confianza suficiente para leerlo en voz alta.

Nos sentamos los tres en el patio, con el sol de la tarde todavía calentando las baldosas y un jarro de limonada que Yolanda había dejado sobre la mesa, y saqué las páginas impresas, con las manos ligeramente temblorosas por los nervios.

—Antes de empezar —advertí—, no digáis nada hasta el final. Ni una palabra. Ni una mueca.

—Prometido —dijo Priya, cruzando las manos sobre las rodillas como una alumna ejemplar.

—Yo no prometo nada —respondió Nicolás—. Mi cara tiene vida propia.

Leí despacio, consciente de que cada palabra revelaba, apenas disfrazada, mi propia experiencia de las últimas semanas.

Hablaba de un mirador, de una noche fría, de una guitarra que había dejado de sonar justo antes de que las manos de ella encontraran las de él.

Mi voz, al principio insegura, fue ganando firmeza a medida que las frases encontraban su ritmo, y cuando terminé, el silencio que siguió me pareció eterno, hasta que Priya habló finalmente.

—Marina, esto es hermoso. De verdad. Se nota que está vivo, que no lo estás inventando desde la distancia.

—Demasiado vivo, quizás —bromeó Nicolás, con una sonrisa cómplice—. Creo que reconocí el mirador donde Tomás te besó por primera vez. La descripción es bastante específica. Hasta el banco roto está.

Me sonrojé, sin poder negar la evidencia, y reí junto con ellos, aceptando la broma con el buen humor de quien ya no tiene nada que esconder ante sus amigos.

—¿Y no te preocupa que sea demasiado autobiográfico? —preguntó Priya, con genuina curiosidad literaria más que con reparo moral—. Quiero decir, ¿qué va a pensar Tomás si lee esto algún día?

La pregunta me hizo reflexionar. No le había mostrado a Tomás ni una sola línea de lo que escribía, aunque él sabía, en términos generales, que la novela se inspiraba en nuestra historia.

Pensé en el pudor con que había guardado aquellas páginas, en cómo las había tratado, sin darme cuenta, como a un secreto de adolescente.

—Creo que se lo voy a mostrar —decidí, casi en el momento de responder la pregunta—. Merece saber que está inspirando algo hermoso, no solo apareciendo como personaje sin saberlo.

—Haces bien —dijo Priya—. Mi abuela decía que las historias que se cuentan a escondidas se pudren. Las que se cuentan de frente, aunque duelan, se quedan.

Nicolás, que había estado callado durante el intercambio, jugueteando con el borde del vaso, añadió su propia reflexión, esta vez sin ningún rastro de broma en la voz.

—Yo nunca he tenido el valor de escribir sobre alguien real mientras esa persona todavía está en mi vida.

Siempre espero a que las cosas terminen, de una manera u otra, para poder escribir sobre ellas con seguridad.

Es una especie de seguro de vida literario.

Lo que tú estás haciendo, Marina, escribir sobre algo que todavía está pasando, sin saber cómo va a terminar...

eso me parece muchísimo más valiente que cualquier cosa que yo haya escrito en cuatro años.

Sus palabras me conmovieron, viniendo de alguien que normalmente prefería la ironía a la sinceridad directa, y sentí que aquel comentario, dicho sin ninguna intención de impresionar, valía más que cualquier crítica literaria formal que hubiera recibido en mi carrera.

Le apreté la mano un instante por encima de la mesa y él, incómodo ante tanta ternura, se sirvió más limonada y empezó a hablar con sorprendente interés del estado de las baldosas.

Esa misma noche, ya sola en mi habitación, reuní el valor para enviarle a Tomás por correo electrónico el capítulo del primer beso, con una nota breve explicando que era, en gran parte, ficcionalizado, pero que quería que supiera hasta qué punto había influido en mi escritura.

Escribí la nota cuatro veces. La primera sonaba a disculpa, la segunda a pedir permiso, la tercera a una declaración demasiado grandilocuente.

La cuarta, la que envié, decía simplemente: «Esto es lo que me estás haciendo escribir. Léelo cuando quieras. M.».

Pasé las horas siguientes con el estómago encogido, revisando el teléfono cada pocos minutos, incapaz de concentrarme en nada más.

Intenté leer, pero las frases se me deshacían entre los ojos.

Intenté ordenar la mesa, y moví tres veces el mismo montón de papeles de un lado a otro.

Hasta que finalmente, ya pasada la medianoche, llegó su respuesta.

Marina, lo leí tres veces. No sé si sentirme halagado o intimidado de que mis palabras suenen mejor en tu prosa que en mi propia boca.

Es hermoso. De verdad. Y me hace pensar que quizás, después de todo, sí merece la pena que este libro exista, aunque sea solo para que yo tenga la prueba de que esto que estamos viviendo fue real, pase lo que pase después.

Leí el mensaje de pie, junto a la ventana, con el puerto iluminado a lo lejos como un tablero de luces diminutas. Sonreí, y luego, sin saber exactamente por qué, se me humedecieron los ojos.

«Pase lo que pase después.» Aquella frase, tan cargada de una incertidumbre que ambos evitábamos nombrar directamente, se me quedó grabada durante días, resonando cada vez que me sentaba a escribir el siguiente capítulo, recordándome que la historia que estaba construyendo con Tomás, real como era, cargaba también con una fecha de caducidad que ninguno de los dos había conseguido todavía desactivar.

Esa noche tardé mucho en dormirme. Y cuando por fin lo hice, soñé con una casa de ventanas azules que se alejaba de mí, flotando sobre el agua, mientras yo, desde la orilla, intentaba atraparla con una cuerda demasiado corta.