Bajo el cielo de valparaiso Capítulo 12 — Un Mes
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Capítulo 12 — Un Mes

Marcamos el primer mes en Chile con una celebración pequeña que Yolanda organizó en la casa de la residencia, insistiendo en que cada «hito temporal» de sus escritores merecía ser conmemorado, aunque fuera con una tarta comprada en la panadería del cerro y un vino que Nicolás había estado guardando «para alguna ocasión especial que todavía no sabía cuál sería».

Desde media tarde, Yolanda recorría la casa con un trapo en el hombro, colgando guirnaldas de papel de colores que había sacado de un armario donde, según ella, esperaban desde la fundación de la residencia.

—Un mes —dijo Priya, levantando su copa cuando por fin nos sentamos todos en el patio—. Y mira todo lo que ha pasado. Un libro que por fin avanza, un guitarrista que te tiene con esa sonrisa permanente, y una niña de doce años que aparentemente ya te adoptó como a su nueva tía favorita.

Reímos todos, y sentí, en aquel brindis improvisado entre casi desconocidos convertidos en algo parecido a una familia temporal, una gratitud profunda que no supe expresar del todo con palabras.

Miré alrededor de aquella mesa —Yolanda con su delantal manchado de harina, Nicolás ya en su segunda copa de vino, Priya con el cuaderno de notas todavía asomando del bolsillo trasero de sus pantalones— y pensé que, apenas un mes atrás, ninguno de ellos había existido en mi vida, y ahora no podía imaginar mis días en Valparaíso sin su presencia constante.

—Yo propongo que cada uno diga qué se lleva de este primer mes —anunció Yolanda, con el tono de quien lleva años dirigiendo aquel ritual—. Una cosa. Solo una.

Nicolás fue el primero, y para sorpresa de todos no hizo ninguna broma.

—Dos cuentos terminados. Después de cuatro años, dos cuentos. —Se encogió de hombros, como si le avergonzara la emoción—. Creo que este sitio me ha curado de la solemnidad.

—Yo, la voz de mi abuela —dijo Priya, y se le quebró un poco la frase—. Ayer, escribiendo, la oí. Sé que suena raro. La oí hablar en gujarati dentro de mi cabeza, y escribí lo que decía.

Todos me miraron a mí. Giré la copa entre los dedos, buscando la respuesta verdadera entre varias posibles.

—Me llevo la sensación de estar despierta —dije—. No sé explicarlo mejor. Llevaba tantos años dormida que no sabía que lo estaba.

Nadie dijo nada durante un instante; después Yolanda asintió con la cabeza y partió la tarta con una autoridad solemne.

Había invitado a Tomás a la pequeña celebración, y él llegó ya entrada la noche, después de terminar sus clases particulares, con su guitarra al hombro por pura costumbre más que por intención de tocar.

Se sentó junto a mí, donde habíamos trasladado la fiesta bajo la luz de unas bombillas colgadas de la parra, y escuchó con genuino interés las anécdotas que Nicolás contaba sobre Buenos Aires, las historias de Priya sobre Londres y sobre la investigación de su abuela.

Yolanda le sirvió un plato de tarta con un «por si acaso no has cenado» que no admitía réplica, y él comió con modales de invitado agradecido, preguntándole por la receta, lo que ganó a Yolanda de inmediato, si es que no estaba ganada ya.

—Deberías escribir sobre esto algún día —me dijo en voz baja, mientras los demás seguían enfrascados en su conversación—. Sobre esta casa, esta gente, este mes.

—Quizás ya lo estoy haciendo, sin decírtelo del todo.

Me miró con una sonrisa curiosa, sin presionar para que le contara más, y volvió su atención una vez más a la conversación grupal, dejándome, en aquel gesto de discreción respetuosa, otra pequeña confirmación de por qué me estaba enamorando de él con tanta facilidad.

Más tarde, cuando la fiesta ya se disolvía y los demás residentes se retiraban a sus habitaciones, Nicolás tropezando ligeramente con el último escalón y Priya sosteniéndolo del brazo con una paciencia fraternal, Tomás y yo nos quedamos solos en el patio, bajo un cielo despejado, con las bombillas todavía encendidas y las estrellas asomando entre las hojas, terminando lo último del vino.

—Marina, quiero preguntarte algo, y quiero que sepas que puedes responder lo que sea, sin que eso cambie nada entre nosotros.

—Dime.

—¿Has pensado en qué va a pasar cuando termine la residencia?

La pregunta que ambos habíamos estado evitando finalmente encontraba su camino hacia la superficie, y sentí que el estómago se me encogía, no de miedo exactamente, sino de la incomodidad de no tener todavía una respuesta clara que ofrecer.

Me quedé mirando el fondo de mi copa, buscando en el vino oscuro alguna respuesta que no estaba ahí.

—Lo he pensado, sí. Pero no tengo ninguna respuesta todavía, Tomás.

Sinceramente, llevo evitando pensarlo en profundidad, porque cada vez que lo intento, me da vértigo.

Tengo un piso en Madrid, un trabajo que depende de mis libros, una editora que espera un manuscrito.

Y tengo esto. Y no encuentro la manera de que quepan en el mismo mapa.

—A mí también me da vértigo —admitió él, con una honestidad que le agradecí—.

Tengo una hija que vive a veinte minutos de aquí, unos padres que ya no son jóvenes, una vida entera construida en estos cerros.

Pero prefiero el vértigo de pensarlo juntos que la sorpresa de que llegue sin haberlo hablado nunca.

Asentí, reconociendo la sabiduría de aquel planteamiento, aunque no me sintiera todavía preparada para ofrecer ninguna solución concreta.

—Démonos tiempo —propuse finalmente—. Todavía quedan dos meses. Quizás la respuesta aparezca sola, como me pasó con la novela.

—Me gusta esa comparación —dijo Tomás, con media sonrisa—. Aunque espero que esta vez no tardemos dos años en encontrarla.

—Yo también lo espero, créeme.

Tomás sonrió, aceptando aquella propuesta con la misma paciencia tranquila que parecía aplicar a todos los aspectos de su vida, y me atrajo hacia él en un abrazo que dijo, sin palabras, mucho más de lo que cualquiera de los dos había conseguido articular esa noche.

Nos quedamos así un largo rato, escuchando el rumor lejano del puerto, el bocinazo de un barco que anunciaba su partida y el ladrido ocasional de algún perro en un cerro vecino, sin necesidad de añadir nada más a una conversación que, por primera vez, habíamos tenido el valor de empezar.