Capítulo 11 — La Madre de Antonia
Conocí a Valentina, la madre de Antonia, de la manera menos preparada posible: llegando a recoger a la niña de su clase de música un sábado en que Tomás había tenido que ausentarse antes de tiempo por una urgencia familiar, dejándome a cargo de despedir a los últimos alumnos.
Se había ido con el rostro tenso y una disculpa a medias, y yo me quedé en la plaza con doce niños, un cesto de maracas y una responsabilidad para la que nadie me había preparado.
Los despedí uno por uno, entregándolos a madres, abuelos y hermanos mayores, memorizando apellidos y caras con una torpeza que Antonia, a mi lado, corregía con susurros cómplices: «Ese es Matías, el de las trenzas es Javiera, a esa señora no le des la mano, es muy desconfiada».
Faltaban solo dos niños por recoger cuando vi llegar, con paso rápido, a una mujer que no necesitó presentación alguna.
Era una mujer de presencia segura, vestida con la practicidad eficiente de quien tiene poco tiempo entre trabajo y maternidad, con el pelo recogido en una coleta tirante y un abrigo de oficina que sugería que había venido directamente de alguna reunión.
Tenía los mismos ojos de Antonia, grandes y oscuros, aunque en ella la mirada funcionaba como un instrumento de medición.
Me observó con una curiosidad evaluadora que no intentó disimular, mientras Antonia corría a abrazarla.
—Tú debes ser la española —dijo, extendiendo la mano con una cortesía que no terminaba de ser calidez—. Antonia habla mucho de ti.
—Espero que cosas buenas —respondí, sintiendo que aquel encuentro, aunque cortés en apariencia, cargaba con una tensión que no supe nombrar del todo.
—Cosas buenas, sí. Aunque confieso que me sorprende un poco. Tomás no suele presentarle a Antonia a nadie con quien esté saliendo, hasta que las cosas se ponen serias.
La frase, dicha sin ninguna hostilidad evidente pero con una precisión quirúrgica, me dejó sin saber muy bien cómo responder.
Abrí la boca para decir algo sobre que nada de aquello había sido planeado, que la niña y yo nos habíamos conocido por casualidad, y la cerré de nuevo, consciente de que cualquier explicación sonaría a excusa.
—Antonia es una niña muy lista —dije al fin, y era lo único que me parecía verdad y a la vez seguro.
—Lo es —respondió Valentina, y por primera vez algo se suavizó en su rostro, aunque tan brevemente que casi lo imaginé—. Demasiado lista a veces. Eso la hace pensar más de la cuenta.
No esperó mi respuesta, de todas formas; se despidió con una sonrisa profesional, tomó la mano de Antonia, que me dirigió por encima del hombro una mirada entre disculpa y complicidad, y se marchó, dejándome con la sensación incómoda de haber sido, en apenas dos minutos, evaluada y catalogada de alguna manera que yo no controlaba.
Me quedé un rato más en la plaza, recogiendo maracas con una lentitud innecesaria, mientras el sol bajaba por detrás de los cerros y los vendedores de sopaipillas empezaban a encender sus braseros.
Le conté el encuentro a Tomás esa misma noche, cuando nos vimos para cenar en un pequeño restaurante de la calle Almirante Montt, un local de manteles a cuadros donde servían un pastel de choclo que olía a infancia ajena.
Suspiró, con una expresión que mezclaba cariño y cierta exasperación afectuosa, mientras se servía una copa de vino más generosa de lo habitual.
—Valentina es protectora con Antonia, y tiene todo el derecho a serlo.
No hemos tenido muchas parejas pasando por la vida de nuestra hija, y las pocas veces que ha pasado, hemos intentado ser cuidadosos.
Fuimos buenos como pareja durante un tiempo, Marina, y después dejamos de serlo, y lo hicimos mal, con gritos, con silencios.
Antonia vio demasiado. Desde entonces, lo único que nos une es el empeño de que no vuelva a ver nada parecido.
—Entonces entiendo que me mire así.
—Que te haya conocido significa que para mí esto es serio —dijo él, mirándome por fin a los ojos—. Y creo que ella lo entendió también, aunque lo dijera con esa cara seria que pone siempre.
Sentí que algo se aflojaba en mi pecho y a la vez se apretaba en otro sitio. Que fuera serio era justamente lo que había deseado oír y lo que más me asustaba oír.
—¿Y no le preocupa que yo me vaya en dos meses?
La pregunta salió antes de que pudiera pensarla del todo, revelando una inquietud que yo misma llevaba días evitando enfrentar directamente.
Tomás se quedó en silencio un momento, jugando con el tenedor sobre el plato ya vacío, y pareció buscar, en aquel silencio prolongado, la manera correcta de responder sin minimizar lo que ambos sentíamos que estaba en juego.
—Sí me preocupa a mí, si soy honesto. Pero he decidido no dejar que eso me impida disfrutar de lo que tenemos ahora. La vida es demasiado corta para no vivir algo bueno solo porque tiene fecha de caducidad. Además, quién dice que tiene que tenerla necesariamente.
Aquella última frase se quedó flotando entre nosotros, cargada de una posibilidad que ninguno de los dos se atrevió a desarrollar en voz alta esa noche.
Pedimos el postre, un flan de caramelo oscuro que compartimos con una sola cuchara, y hablamos de cosas pequeñas, de su alumno más desastroso, de la vecina de Nicolás que le dejaba cartas en la puerta, para no hundirnos en aquella pregunta.
Pero yo sentí, con una claridad incómoda, que la cuestión sobre qué pasaría cuando terminara mi residencia ya no era hipotética, sino una cuenta atrás real que ambos, silenciosamente, habíamos empezado a ignorar de mutuo acuerdo.
Nos despedimos en la esquina de la casa de la residencia, bajo una farola que dibujaba sobre la acera un círculo de luz amarillenta.
Tomás me besó despacio, con una calma que parecía querer demostrarme que no tenía prisa, y yo me quedé mirándolo caminar cuesta abajo hasta que su silueta se mezcló con las sombras de los cerros.
Esa noche, de vuelta en mi habitación, abrí el correo y encontré un mensaje de mi editora, preguntando por el avance de la novela con un tono que, aunque amable, dejaba entrever cierta ansiedad profesional ante el silencio prolongado de mi parte.
«Marina, ¿cómo va todo por allá? Me alegra imaginarte inspirada, pero necesito saber en qué punto estamos para planificar el calendario de primavera.
Un abrazo grande, Carmen». Me di cuenta, revisando la fecha de mi último correo, de que llevaba casi tres semanas sin darle ninguna actualización sustancial, absorta como había estado en Tomás, en Antonia, en aquella ciudad que se había convertido, sin que yo lo planeara, en el centro absoluto de mi atención.
Respondí con un resumen breve del progreso, sin mencionar, por supuesto, hasta qué punto la novela se había convertido en un espejo apenas disimulado de mi propia vida.
Y al cerrar el ordenador sentí, por primera vez desde que había llegado a Chile, la sombra de una fecha límite acercándose, no solo para mi novela, sino para toda aquella vida provisional que había construido en Valparaíso, tan real y tan frágil como una postal que sabes que tendrás que guardar en un cajón algún día.