Bajo el cielo de valparaiso Capítulo 10 — El Segundo Capítulo
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Capítulo 10 — El Segundo Capítulo

Los días que siguieron a aquel primer beso transcurrieron con una intensidad nueva, como si Valparaíso entero hubiera cambiado de color sin que la ciudad misma tuviera nada que ver con ello.

Las casas del Cerro Alegre me parecían más azules, más amarillas, más desvencijadas y más hermosas; el olor a sal y a pan recién horneado que subía desde la panadería de la esquina se me antojaba un perfume personal, hecho a mi medida.

Me despertaba antes de que sonara la alarma, con una ligereza en el pecho que había olvidado por completo, y bajaba a la cocina de la residencia a preparar el café tarareando canciones a medias, lo que Nicolás, desde su rincón de la mesa, comentaba siempre con una ceja levantada.

Escribía por las mañanas con una fluidez que no reconocía en mí misma, capítulo tras capítulo de una novela que, cada vez con más claridad, dejaba de ser ficción disfrazada para convertirse en algo más parecido a una crónica apenas velada de mi propio despertar.

Mi protagonista, a la que había llamado Elena casi por azar, empezaba a abrir las ventanas de una casa que llevaba años cerrada, y yo, sentada frente a la pantalla con la luz fría de la mañana entrando por el balcón, sentía que las abría conmigo.

Nicolás y Priya, testigos privilegiados de mi transformación, adoptaron actitudes distintas ante la situación.

Nicolás bromeaba constantemente, encantado con el melodrama romántico que se desarrollaba ante sus ojos como si fuera material de sus propios cuentos.

Una mañana, mientras untaba mantequilla en una tostada con la solemnidad de un cirujano, me anunció que había decidido apostar a favor de Tomás en una quiniela imaginaria que, según él, había abierto en secreto con Yolanda.

—Cuarenta días, Marina. Mi apuesta es que no llegas a los cuarenta días sin pedirle que toque «esa» canción solo para ti.

—¿Qué canción?

—Todavía no existe. Pero existirá. Los guitarristas siempre acaban escribiendo la canción.

—Eres insoportable —le dije, y le lancé una servilleta que él esquivó con una elegancia de torero.

Priya, más reservada, me observaba con una mezcla de alegría por mí y una cautela silenciosa que finalmente verbalizó una tarde, mientras tomábamos café en el patio.

Hacía calor, uno de esos primeros días de primavera austral en que el sol parece haber olvidado el invierno, y las buganvillas del muro goteaban sobre las baldosas pétalos de un rosa casi violento.

—Solo quiero asegurarme de que estás bien, Marina —dijo, con genuina preocupación, removiendo el café con una cucharilla que no necesitaba removerlo—.

No es que dude de lo que sientes por Tomás.

Pero llegaste aquí rota, y a veces, cuando estamos rotos, nos aferramos demasiado rápido a lo primero que nos hace sentir enteras de nuevo.

Sus palabras me hicieron reflexionar, no porque dudara de lo que sentía, sino porque reconocía en ellas una preocupación válida, la misma que quizás yo habría planteado si los papeles estuvieran invertidos.

—Lo he pensado —admití—. Pero no siento que esté buscando que Tomás me complete ni me repare. Siento, más bien, que estar con él me está ayudando a encontrar partes de mí misma que llevaba años sin visitar. Eso me parece distinto.

—Distinto, sí —concedió Priya—. Aunque a veces la diferencia se ve mejor desde fuera que desde dentro. Yo estuve casada con un hombre que me hacía sentir brillante y resultó que solo me hacía sentir mirada. No es lo mismo. Tardé cuatro años en distinguirlo.

Era la primera vez que Priya mencionaba algo de su pasado sentimental, y me quedé callada un momento, agradecida por la confidencia y consciente de su peso.

—¿Y Tomás te hace sentir mirada o brillante? —preguntó, sin ironía.

Lo pensé de verdad, con la taza tibia entre las manos y los pétalos cayendo sobre la mesa.

—Escuchada —respondí al fin—. Me hace sentir escuchada. Es una tercera cosa.

Priya asintió, sin insistir más en el tema, satisfecha aparentemente con mi respuesta, y volvimos a hablar de su propio trabajo, del capítulo que estaba escribiendo sobre el exilio de su abuela en Santiago, mientras yo, en algún rincón de mi mente, seguía dándole vueltas a sus palabras, preguntándome si había alguna verdad en aquella advertencia que yo todavía no era capaz de ver con claridad.

Tomás y yo empezamos a vernos casi a diario, aunque ninguno de los dos había verbalizado formalmente qué tipo de relación estábamos construyendo.

Algunas tardes me acompañaba a caminar por los cerros, señalándome rincones que ningún turista conocía: un mirador escondido tras un edificio abandonado, una escalera secreta que conectaba dos calles aparentemente inconexas, la casa de un pintor local que exhibía sus cuadros directamente en la fachada de su vivienda, de modo que los vecinos tenían, sin proponérselo, la galería más grande de la ciudad.

Caminaba delante de mí por las callejuelas empinadas con la seguridad de quien conoce cada peldaño de memoria, y de vez en cuando se volvía para tenderme la mano en un tramo difícil, un gesto tan sencillo que me hacía sonreír cada vez como si fuera la primera.

Otras noches, yo lo acompañaba a sus conciertos, sentada siempre en la misma mesa del fondo, ya reconocida por el dueño del bar como «la española del guitarrista».

Me servía el vino sin que se lo pidiera, y una vez dejó sobre la mesa un platito de aceitunas «de parte de la casa», con un guiño tan cómplice que me ruboricé hasta las orejas.

Los sábados, a veces, me sumaba a sus clases de música en la plaza, ayudando a Antonia a repartir partituras improvisadas entre los niños más pequeños, sintiendo, en aquellos momentos, una domesticidad naciente que me asustaba y me emocionaba a partes iguales.

Fue Antonia, con la franqueza que ya empezaba a caracterizarla ante mis ojos, quien puso en palabras lo que ninguno de los adultos se había atrevido a nombrar todavía.

—¿Tú eres la polola de mi papá ahora? —me preguntó un sábado, mientras guardábamos juntas las guitarras pequeñas al final de la clase.

—No sé si «polola» es la palabra correcta —respondí, ganando tiempo mientras pensaba cómo manejar la pregunta con la honestidad que la niña merecía—. Pero sí, me gusta mucho tu papá.

—Eso ya lo sabía —dijo ella, con una seguridad que me hizo reír—. Se le nota en la cara cuando habla de ti. Igual que a ti se te nota cuando hablas de él.

—¿Tan evidentes somos?

—Muchísimo. Pero está bien. Me gustas tú. Eres divertida, y no finges que te interesa la guitarra solo para caerle bien a mi papá, como hizo la última.

—¿Hubo una última? —pregunté, con una curiosidad que no pude disimular del todo.

—Hace como un año. Duró dos meses. Decía que le encantaba la música, pero cuando le pregunté qué canciones le gustaban de mi papá, no sabía ni una sola. —Antonia hizo una mueca de desdén profesional, como si aquel fallo fuera imperdonable—. Tú al menos sabes cuáles son buenas y cuáles no.

—¿Y cuáles son buenas, según tú?

—«La escalera» es la mejor. «Marea baja» también, pero es muy triste. Y hay una que todavía no tiene nombre y que toca cuando cree que nadie lo escucha. Esa es mi favorita, pero no le digo que la conozco.

Aquella confesión, dicha con la naturalidad brutal de los doce años, me conmovió más de lo que esperaba, y sentí, en aquel momento, que la aprobación de Antonia significaba, para mí, casi tanto como cualquier declaración que Tomás pudiera hacerme directamente.

Le puse una mano sobre el hombro y ella, tras un instante de duda, apoyó la cabeza un segundo contra mi brazo, un gesto fugaz que fingimos las dos no haber hecho.

Esa noche, ya en mi habitación, con la ventana abierta y el rumor del puerto subiendo entre las casas, releí el capítulo que había escrito esa mañana, sobre Elena descubriendo, poco a poco, que el amor después del desamor no tenía por qué parecerse en nada al amor anterior, que podía ser más ligero, más honesto, menos cargado de expectativas heredadas.

Subrayé una frase, la cambié, la volví a cambiar, y finalmente la dejé como estaba.

Cerré el ordenador con la satisfacción tranquila de quien, después de mucho tiempo, empieza a reconocer su propia voz en lo que escribe.