Capítulo 9 — La Cena
Tomás me citó en un pequeño restaurante del Cerro Bellavista, del lado de Valparaíso que todavía no había explorado del todo, un local sin cartel exterior visible que, según me explicó cuando llegué, apenas cinco minutos tarde, era conocido solo por quienes ya sabían que existía.
—Aquí no viene ningún turista —dijo, sosteniéndome la silla con una cortesía que no resultaba ni forzada ni anticuada, simplemente natural en él—. Es uno de mis lugares favoritos de toda la ciudad.
El local, en efecto, no tenía más de seis mesas, iluminadas con velas dentro de frascos de vidrio, y las paredes estaban decoradas con instrumentos musicales antiguos que colgaban de clavos oxidados, dándole al espacio un aire de taller de luthier reconvertido en restaurante.
El dueño, un hombre mayor de bigote poblado, saludó a Tomás por su nombre y nos recomendó personalmente los platos del día, dictados de memoria sin necesidad de consultar ninguna carta escrita.
Cenamos mariscos frescos con un vino blanco chileno que Tomás eligió con la seguridad de quien conoce bien la carta, y la conversación fluyó con una facilidad que contrastaba, dolorosamente en el recuerdo, con los últimos años de silencios incómodos con Álvaro durante las cenas, esos silencios que ambos habíamos aprendido a llenar con el móvil o con comentarios sobre el trabajo del otro, evitando cualquier terreno más profundo o más arriesgado.
—Cuéntame de tu matrimonio —dijo Tomás en algún momento, entre el plato principal y el postre, con una delicadeza que dejaba claro que la pregunta no buscaba morbo, sino comprensión genuina—. Si te apetece hablar de ello, claro. Si no, cambiamos de tema sin problema.
Dudé un momento, no por incomodidad, sino buscando la manera más honesta de resumir diez años de vida compartida.
—Álvaro es un buen hombre —empecé, sorprendiéndome de la naturalidad con que las palabras salían—.
Nunca me hizo daño, nunca me fue infiel que yo sepa, nunca hubo ningún drama que señalar.
Simplemente, con los años, dejamos de elegirnos activamente el uno al otro.
Nos quedamos juntos por costumbre, por comodidad, por miedo a lo desconocido, hasta que un día los dos nos dimos cuenta de que llevábamos meses, quizás años, viviendo como compañeros de piso educados en lugar de como pareja.
—Eso es más difícil de superar que una traición, en cierto modo —comentó Tomás, con una comprensión que solo alguien que hubiera pasado por algo parecido podía ofrecer—. Una traición te da algo concreto contra lo que enojarte. Esto que describes... es más bien un duelo sin culpable claro.
—Exactamente eso —confirmé, sintiendo que por fin alguien ponía en palabras lo que yo llevaba meses sin conseguir articular—. ¿Y tú? ¿Qué pasó con la madre de Antonia?
Tomás suspiró, removiendo el vino en su copa antes de responder, y vi cómo se tomaba un momento, buscando las palabras exactas antes de continuar.
—Nos casamos muy jóvenes, casi sin pensarlo, porque veníamos ambos de familias donde eso era lo que se hacía cuando llevabas un par de años de novios.
Antonia llegó pronto, y creo que ninguno de los dos estaba realmente preparado, ni para el matrimonio ni para la paternidad.
Nos separamos cuando ella tenía cuatro años.
No fue fácil, hubo mucho enojo, mucho reproche mutuo durante un tiempo.
Pero con los años aprendimos a criar a Antonia juntos, aunque separados, y ahora tenemos una relación bastante cordial.
Mejor de lo que jamás imaginé que sería posible.
—Se nota que Antonia está bien criada, a pesar de todo. Es una chica con una seguridad envidiable.
—Eso es sobre todo mérito de su madre —admitió Tomás, con una honestidad que me pareció admirable—. Yo pongo la música y las tardes de sábado. Ella pone la estructura y la disciplina. Entre los dos, algo bueno ha salido, parece.
Terminamos la cena hablando de música, de literatura, de las diferencias entre España y Chile que a ambos nos hacían gracia —él insistía en que nuestro acento sonaba "como si estuviéramos siempre a punto de reñir a alguien", yo insistía en que el suyo tenía una musicalidad que el español de España había perdido en algún punto de su historia—, hasta que el restaurante empezó a vaciarse y el camarero, con una discreción amable, nos indicó que ya era casi la hora de cerrar.
Caminamos de vuelta hacia el Cerro Alegre, esta vez sin prisa, deteniéndonos en algún mirador improvisado desde donde se veían las luces del puerto extendiéndose hasta el mar, hasta que Tomás, deteniéndose junto a una baranda de hierro oxidado, se giró hacia mí con una expresión seria que no le había visto hasta entonces.
—Marina, no quiero presionarte con nada.
Sé que acabas de salir de un matrimonio largo, sé que estás aquí por tres meses, sé que probablemente esto no sea lo más sensato del mundo.
Pero llevo semanas sin poder dejar de pensar en ti, y necesitaba decírtelo, aunque no sepa muy bien qué hacer con ello después.
Sentí que el corazón se me aceleraba, no por sorpresa —llevaba días sospechando que aquello se acercaba— sino por la vulnerabilidad genuina con que lo decía, sin ninguna estrategia, sin ningún cálculo, simplemente la verdad desnuda de lo que sentía.
—Yo tampoco sé qué hacer con ello —respondí, con la misma honestidad—. Pero también llevo semanas pensando en ti, Tomás. Y por primera vez en mucho tiempo, no tengo ganas de analizar demasiado lo que eso significa. Solo quiero disfrutarlo.
Se acercó despacio, dándome tiempo de apartarme si lo deseaba, y cuando nuestros labios finalmente se encontraron, bajo aquel cielo estrellado sobre un Valparaíso dormido a nuestros pies, sentí que algo, en mi interior, terminaba de deshacerse de un peso que llevaba cargando durante mucho más tiempo del que había querido admitir.