Capítulo 8 — Álvaro Escribe
Desperté a la mañana siguiente con una sensación de ligereza que casi me resultó desconocida, como si el cuerpo hubiera olvidado, con los años de matrimonio rutinario, la posibilidad misma de sentirse así.
Bajé a la cocina tarareando algo, sin darme cuenta hasta que Nicolás, con una ceja levantada sobre su taza de café, me lo hizo notar.
—Alguien tuvo una buena noche.
—Fue solo un concierto, Nicolás.
—Ya, claro. Un concierto que te tiene tarareando canciones a las nueve de la mañana con esa cara de boba enamorada.
No pude rebatirlo con demasiada convicción, así que simplemente sonreí y me serví el café, decidida a no dejar que el interrogatorio afectuoso de mi compañero de residencia arruinara el buen humor con el que había amanecido.
Priya, que entraba en ese momento a la cocina con el pelo todavía mojado de la ducha, se sumó a la broma sin necesidad de que nadie le explicara el contexto.
—Se le nota desde la puerta, Nicolás. No hace falta ni preguntarle nada.
Fue revisando el correo electrónico, ya sentada frente al escritorio con la intención de seguir escribiendo, cuando encontré un mensaje de Álvaro, el primero desde mi llegada a Chile.
El asunto decía simplemente "¿Cómo estás?
", y dudé un buen rato antes de abrirlo, temiendo que aquel mensaje pudiera desestabilizar la fragilidad recién construida de mi buen ánimo.
Me quedé mirando la pantalla varios minutos, con el cursor parpadeando sobre el asunto sin abrirlo, hasta que finalmente reuní el valor.
Marina , escribía, con el tono formal y cuidadoso que siempre había caracterizado nuestra comunicación incluso en los mejores momentos del matrimonio, espero que la residencia esté yendo bien.
He estado pensando en ti, y quería contarte que ya hemos avanzado con los trámites del divorcio.
El abogado dice que, si ambos estamos de acuerdo en los términos básicos, podría estar todo resuelto antes de que vuelvas de Chile.
Avísame si prefieres que hablemos de esto cuando regreses, no quiero interrumpir tu proceso creativo allí.
Leí el mensaje dos veces, esperando sentir algo parecido al dolor que había anticipado, pero lo que encontré, en cambio, fue una calma extraña, casi anticlimática.
El divorcio, aquel concepto que durante meses había cargado con el peso de un fracaso personal, se me presentaba ahora simplemente como un trámite más, una formalidad que confirmaba algo que ambos sabíamos desde hacía tiempo.
Recordé, sin poder evitarlo, la última Navidad que habíamos pasado juntos, sentados cada uno en un extremo del sofá viendo la televisión sin decirnos nada durante horas, y pensé, con una claridad que hasta entonces no había tenido, que aquella escena resumía mejor que cualquier discusión el estado real de nuestro matrimonio en sus últimos años.
Le respondí brevemente, agradeciendo la consideración y confirmando que estaba de acuerdo con avanzar los trámites sin necesidad de esperar a mi regreso.
Antes de cerrar el ordenador, releí una vez más el mensaje de Álvaro, buscando en él algún rastro de la persona con la que había compartido diez años de vida, y lo encontré, sí, pero como quien encuentra una fotografía antigua de alguien que ya no es exactamente quien era: reconocible, entrañable incluso, pero perteneciente a un tiempo que ya no era el presente.
Aquella tarde, necesitando procesar la mezcla de emociones que el mensaje había despertado, salí a caminar sin ningún destino concreto, y terminé, casi sin proponérmelo, en la plaza donde Tomás daba sus clases los sábados, aunque aquel día fuera martes y la plaza estuviera vacía salvo por algunos niños jugando fútbol y una pareja de ancianos paseando a un perro pequeño.
Me senté en el mismo banco donde había visto a Antonia tocar la guitarra días atrás, dejando que el ruido lejano del partido de fútbol improvisado me distrajera un poco de mis propios pensamientos.
Me senté en un banco, dejando que el sol de la tarde me calentara la cara, y saqué el teléfono para escribirle a Tomás, algo breve y sin demasiada carga, simplemente contándole que había recibido noticias de España, que el divorcio avanzaba, que me sentía extrañamente en paz con ello.
No esperaba una respuesta inmediata, dado que sabía que solía estar dando clases particulares a esa hora, pero apenas unos minutos después el teléfono vibró con su respuesta.
Me alegra que te sientas en paz. A veces las cosas que más tememos resultan ser, al final, más sencillas de lo que imaginábamos. ¿Te apetece que cenemos esta semana? Nada de conciertos ni de guitarra de por medio, solo cenar.
Sonreí leyendo el mensaje, sintiendo que aquella invitación, tan sencilla en su formulación, marcaba sin embargo un cambio importante: ya no se trataba de encuentros casuales en la calle ni de conciertos con público de por medio, sino de una cita explícita, nombrada como tal, sin ambigüedad posible.
Releí el mensaje dos veces más, como si necesitara confirmar que decía realmente lo que yo creía que decía.
Me encantaría , respondí, sin dudarlo esta vez.
Guardé el teléfono y me quedé un rato más en aquel banco, viendo jugar a los niños, sintiendo el sol chileno en la piel, y pensando que quizás, después de todo, la vida tenía la capacidad de sorprenderte precisamente cuando creías que ya había agotado todas sus posibilidades contigo.