Bajo el cielo de valparaiso Capítulo 7 — Canciones Propias
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Capítulo 7 — Canciones Propias

El jueves llegó con una lentitud desesperante, cargada de una expectación que me sorprendía a mí misma cada vez que la notaba, como quien descubre una emoción olvidada y no está segura de si tiene todavía derecho a sentirla.

Pasé la tarde cambiándome de ropa más veces de las que estaba dispuesta a admitir, hasta que finalmente me decidí por algo sencillo, un vestido azul oscuro que llevaba meses sin usar, guardado en el fondo de la maleta desde antes incluso de saber que vendría a Chile.

Priya, que me vio salir del baño ya arreglada, sonrió con una complicidad que no necesitó palabras.

—¿El guitarrista? —preguntó, aunque más como confirmación que como pregunta real.

—Solo voy a escucharlo tocar.

—Claro. Y yo solo estoy escribiendo sobre mi abuela por curiosidad histórica.

Reí, sin poder rebatir la ironía, y bajé sola hacia el bar donde Tomás me había citado, un local pequeño en el Cerro Concepción con las paredes cubiertas de fotografías antiguas de la ciudad y una tarima minúscula en un rincón, apenas iluminada por una lámpara de pie con pantalla de tela desgastada.

El camino hasta allí, que ya empezaba a conocer casi de memoria, se me hizo esa noche especialmente largo, cada escalón subido cargado de una anticipación que no sentía desde mi adolescencia.

Llegué temprano, y pedí un vino mientras esperaba, observando cómo el local se iba llenando poco a poco de un público que parecía conocer bien a Tomás: saludos efusivos, abrazos, comentarios sobre canciones anteriores que yo todavía no había escuchado.

Sentí, por un momento, la timidez de la recién llegada, la extranjera que no comparte el código compartido de aquella pequeña comunidad, hasta que Tomás me vio desde la tarima, mientras afinaba la guitarra, y me dedicó una sonrisa que me hizo sentir, de golpe, menos extraña.

Empezó a tocar poco después, y desde la primera canción entendí la diferencia entre el repertorio de versiones que había escuchado la primera vez y aquello: las canciones propias de Tomás tenían una honestidad cruda, letras sobre el mar, sobre la paternidad a medias, sobre reconstruir algo después de que se rompiera sin haberlo decidido uno mismo.

No eran perfectas técnicamente; su voz se quebraba levemente en algunas notas altas, y en un par de ocasiones perdió el compás durante un cambio de acorde.

Pero cada una sonaba como una página arrancada de un diario que él hubiera decidido, con valentía, compartir en voz alta.

Entre canción y canción, mientras afinaba o bebía un trago de agua, sus ojos buscaban los míos entre el público, brevemente, sin insistencia, como quien comprueba que algo sigue ahí sin necesidad de aferrarse a ello.

Yo, por mi parte, no aparté la mirada ninguna de esas veces, sorprendida de mi propia falta de vergüenza, de las ganas que tenía de que aquel pequeño ritual de miradas se repitiera canción tras canción.

Cantó una, hacia la mitad del set, que hablaba de una ciudad que se olvidaba de sí misma cada vez que alguien se iba, y sentí un nudo extraño en la garganta, preguntándome si aquella canción hablaba de Valentina, de Antonia, o de algún fantasma anterior del que todavía no me había hablado.

Al terminar el concierto, se sentó conmigo en la mesa, todavía con la guitarra colgada al hombro, recibiendo felicitaciones esporádicas de otros asistentes que se acercaban a saludarlo antes de irse.

—¿Qué te pareció? —preguntó, con una vulnerabilidad genuina que contrastaba con la seguridad que mostraba sobre el escenario.

—Me pareció que deberías dejar de decir que algún día vas a grabar un disco, y simplemente grabarlo.

Se rió, sorprendido por la franqueza de la respuesta.

—Eso mismo me dice Antonia, con menos delicadeza todavía.

—Antonia tiene razón. Las canciones son buenas, Tomás. De verdad.

Algo cambió en su expresión al escuchar aquello, una mezcla de gratitud y timidez que no había mostrado hasta entonces, ni siquiera sobre el escenario.

—Gracias. No sabes lo raro que es tocar canciones propias delante de gente. Las versiones son fáciles, la gente ya las conoce, ya sabe si le gustan o no antes de que empieces. Pero esto... esto es enseñar algo que hiciste tú solo, sin saber si va a servir para algo.

—Lo sé —dije, pensando en el capítulo que había escrito esa misma semana, todavía sin mostrárselo a nadie—. Yo llevo dos años con el mismo miedo, solo que con palabras en lugar de acordes.

—¿Y qué se necesita para superarlo? Porque yo llevo intentándolo desde antes de que naciera Antonia.

—No tengo ni idea —admití, riendo—. Si lo supiera, no seguiría atascada yo misma.

Nos quedamos hablando hasta que el bar empezó a vaciarse y el dueño, con una amabilidad paciente, nos indicó que ya era hora de cerrar.

Salimos juntos a la calle empedrada, bajo un cielo despejado que dejaba ver más estrellas de las que jamás había visto en Madrid, y caminamos en silencio un buen trecho, un silencio que no pedía ser llenado, hasta que llegamos al cruce donde nuestros caminos se separaban.

—Gracias por venir —dijo Tomás, ajustándose la guitarra al hombro.

—Gracias por invitarme.

Se quedó un momento más de lo estrictamente necesario, como sopesando algo, y finalmente, con una sonrisa que no terminaba de decidirse entre la timidez y la valentía, se inclinó y me dio un beso breve en la mejilla, apenas rozando la comisura de los labios, un gesto que podría haber sido completamente inocente en cualquier otro contexto pero que, entre nosotros, cargaba con todo el peso de lo que ninguno de los dos se había atrevido a decir en voz alta todavía.

—Buenas noches, Marina.

—Buenas noches, Tomás.

Caminé de vuelta a la casa de la residencia con el corazón latiendo de una manera que llevaba años sin experimentar, y supe, con una certeza que no necesitaba confirmación externa, que algo, esa noche, había cambiado irremediablemente.