Bajo el cielo de valparaiso Capítulo 6 — El Capítulo Roto
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Capítulo 6 — El Capítulo Roto

El lunes siguiente a la playa, me senté frente al escritorio con una determinación que no sentía desde hacía meses.

Algo en aquel fin de semana —la risa filosa de Antonia, la manera en que Tomás hablaba de sus fracasos sin vergüenza, la sal todavía pegada a mi piel— había aflojado algo dentro de mí, y las palabras, por primera vez en mucho tiempo, empezaron a salir con una facilidad que casi me asustó.

Escribí durante tres horas seguidas, sin levantar apenas la vista de la pantalla, olvidándome incluso de bajar a desayunar hasta que el estómago me lo reclamó con una insistencia imposible de ignorar.

Cuando finalmente me detuve, releí lo escrito con una mezcla de incredulidad y orgullo cauteloso.

No era perfecto. Pero era vivo, de una manera que todo lo escrito en los últimos dos años no lo había sido.

Bajé a la cocina a por un café, todavía con la mente ocupada en la escena que acababa de terminar, y encontré a Nicolás leyendo el periódico local con gesto concentrado, una taza de mate humeante a su lado.

—Escribiste —dijo, sin levantar la vista, apenas verme entrar—. Se te nota en la cara.

—¿Tanto se nota?

—Como el que acaba de enamorarse. Es la misma cara, Marina, te lo aseguro.

No respondí a la insinuación, aunque sentí que las mejillas se me encendían de una manera que llevaba años sin experimentar.

Me serví el café y salí al pequeño patio trasero de la casa, donde me senté a releer una vez más lo escrito esa mañana, buscando en cada frase alguna pista de por qué, después de tanto tiempo bloqueada, algo se había destrabado precisamente ahora.

El capítulo que había escrito no hablaba de Tomás, no directamente.

Hablaba de una mujer, muy parecida a mí aunque yo insistiera para mis adentros en que era pura ficción, que llegaba a una ciudad desconocida después del fin de un matrimonio largo y descubría, casi contra su voluntad, que todavía era capaz de sentir curiosidad por el mundo.

Era, en el fondo, exactamente lo que me estaba pasando a mí, transcrito con la distancia mínima necesaria para que se sintiera como literatura y no como confesión.

Pasé el resto de la mañana revisando aquel capítulo una y otra vez, puliendo frases, eliminando adjetivos innecesarios, hasta que sentí que había llegado a un punto en que seguir tocándolo solo podría empeorarlo.

Cerré el ordenador con una satisfacción que hacía mucho tiempo no experimentaba, la sensación precisa de haber hecho bien un trabajo que importaba.

Aquella tarde, mientras caminaba hacia el centro para comprar provisiones, me crucé de nuevo con Tomás, esta vez sin guitarra, cargando bolsas de la compra igual que yo, vestido con ropa distinta a la que solía llevar para tocar, más cómoda y desgastada, como si aquel encuentro casual lo hubiera sorprendido en una versión de sí mismo menos preparada para el público.

—¿Cómo va el libro? —preguntó, con una naturalidad que sugería que se acordaba perfectamente de nuestra conversación de días atrás.

—Hoy escribí más que en los últimos dos meses juntos.

—¿Y a qué le atribuyes el milagro?

Dudé un instante antes de responder, sopesando si decir la verdad o refugiarme en alguna excusa genérica sobre el clima o la inspiración del paisaje. Un grupo de turistas pasó junto a nosotros, fotografiando un mural cercano, y esperé a que se alejaran antes de contestar.

—Creo que al fin de semana en la playa —dije finalmente, con una honestidad que me sorprendió incluso a mí misma—. A vosotros. A Antonia diciéndome que mi libro sonaba del segundo tipo, de los que nunca se terminan. Me dio rabia, y la rabia, por lo visto, es buena para escribir.

Tomás se rió, una risa genuina que le arrugó los ojos.

—Le voy a decir que cobre por sus servicios de motivación literaria. Aunque, sinceramente, me alegra haber tenido algo que ver, aunque sea de rebote.

Caminamos juntos un tramo, comentando lo absurdo que resultaba que una niña de doce años tuviera, aparentemente, más claridad sobre el compromiso y la disciplina que cualquiera de los dos adultos presentes, hasta que nuestros caminos se separaron en una esquina.

Antes de despedirse, Tomás me preguntó, con una timidez que no le había visto hasta entonces, si me gustaría ir a escucharlo tocar esa misma semana, en un bar distinto al anterior, donde tenía un concierto más largo, con canciones propias en lugar del repertorio habitual de versiones.

—Es la primera vez en meses que me animo a tocar algo mío delante de gente que no sea Antonia obligándome a ensayar en la cocina —confesó, con una vulnerabilidad que contrastaba con su seguridad habitual—. Así que si vas, prométeme que serás indulgente.

—Me encantaría —respondí, sin ninguna de las dudas que quizás debería haber sentido, ignorando deliberadamente la vocecita en mi cabeza que me recordaba que apenas llevaba dos semanas en aquella ciudad y ya estaba aceptando, con una facilidad sospechosa, cada invitación que aquel hombre me hacía.

Volví a casa con las bolsas de la compra pesándome menos de lo habitual, y esa noche, antes de dormir, abrí de nuevo el cuaderno y escribí, debajo del nombre de Tomás y de la frase sobre aprender a que le gustara su vida de todas formas, una tercera anotación: jueves, concierto, canciones propias .

No sabía todavía qué significaba exactamente aquella cita en mi propio calendario emocional.

Pero por primera vez en mucho tiempo, esperaba algo con una impaciencia que no fingía, y aquella impaciencia, aunque todavía no quisiera nombrarla del todo, se parecía sospechosamente a la esperanza.